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Thursday, 20 December 2007

El último golpe

 

Empecé este blog hace algo más de seis meses, sin saber hasta cuando sería capaz de mantenerlo. Hoy escribo esta entrada sin fuerzas y muy jodido. Y no sé si será la última que escriba.

Después de unos días de espera he recibido respuesta de México, y las últimas esperanzas que tenía de desempatar el tema y tener fecha para mi marcha se han desvanecido. La idiosincrasia de aquel país, unida a circunstancias personales muy desagradables de la gente que desde allí gestionaba mi marcha, han desembocado en la más absoluta de las incertidumbres. Sigue sin haber fecha, pero lo peor de todo es que ahora tampoco dicen si cuentan conmigo o no. Nada de nada.

En la primera entrada ya os dije que no quería hacerme ilusiones, porque no me apetecía irme al suelo otra vez. A medida que iba pasando el tiempo era inevitable sentirse más y más implicado. Os prometo que no es fácil hacerse a la idea de marchar y dejarlo todo atrás. Implica todo un proceso de desapego, de asimilar que uno se va sin fecha de vuelta, de apretar los puños y no mirar atrás. A medida que pasaba el tiempo me iba haciendo a la idea, me iba ilusionando con el nuevo proyecto, con mi nuevo futuro incierto y estimulante. Eso durante el día, porque por las noches… Más de una y más de dos me las he pasado llorando al recordar todo lo vivido y asumiendo que lo dejaba atrás. He llorado de pena, de rabia, de cansancio. Ha sido muy, muy duro. Y os aseguro que alguna de esas noches he pensado si realmente valía la pena renunciar a tantas cosas. Esta noche es la impotencia la que me hace llorar.

No puedo seguir esperando noticias de México. Puede que digan algo la semana que viene, o el mes que viene, o el año que viene. O puede que no vuelvan a decir jamás nada. No puedo esperar eternamente.

Espero y deseo que mañana, al despertar, vea las cosas de otra manera, pero mucho me temo que no será así. Todo este proceso me ha hecho dar pasos que no tienen vuelta atrás. Me ha ayudado a ver con claridad que hay aspectos en mi vida que no puedo sostener por más tiempo. Pero todo eso no ha salido gratis. Ahora más que nunca estoy en tierra de nadie. No tengo lugar alguno al que ir, pero tampoco puedo regresar al lugar de donde vengo. Mentalmente ya me he ido de todos los sitios que conocía: el trabajo, la ciudad, muchas de las personas a las que quiero. Ya me había despedido de todo eso, con todo el dolor del mundo, pero decidido a no mirar atrás, con la vista fija en el destino. Pero el destino ha desaparecido. De hecho, no es que haya desaparecido exactamente, es que nadie sabe si el destino está o no está. Y no es un espejismo, no. No es que alguien creyera que existía la posibilidad, sino que era concreta, real. Tampoco se puede culpar a nadie, y lidiar con eso es muy difícil. En el último post comentaba que muchos de los eventos vitales no son necesariamente extraordinarios, pero algunos joden mucho. Este es uno más en mi colección. No hay nadie a quien culpar y visto objetivamente no es el fin del mundo, pero las consecuencias que tiene para mi son terriblemente duras.

Jamás me he sentido tan perdido como en este preciso momento. Sé que tengo que tomar una decisión, que tengo que moverme, pero no tengo ni idea de hacia donde caminar. Además, estoy agotado, física y mentalmente. Lo único que me apetece es hacerme un ovillo en la cama, taparme con el edredón, apagar los teléfonos y no despertar.

Sin solución de continuidad, esta misma noche ya he empezado la lista de posibles salidas. No lo he hecho solo, como podeis suponer. Hubiera sido incapaz. Me cuesta ordenar los pensamientos, me agobia tener decisiones por tomar. Todas ellas implican empezar de nuevo. Otra vez hacer todo el camino, esta vez de vuelta, pero más cansado, sin un atisbo de ilusión y preguntándome una y otra vez en voz baja para qué servirá tanto esfuerzo, tanto trabajo. Y el tiempo, implacable, apremiando.

Ya había empaquetado mis enseres; decidido las cosas que tiro, las que conservo, las que regalo. Había aprendido a guardar los besos, los abrazos. Había tirado la brújula. Había llegado a un pacto con la nostalgia y los recuerdos...

No me siento un fracasado, pero estoy muy cansado de ser un perdedor, de que mi vida esté tan desequilibrada en algunos aspectos y que no haya manera de centrarse. Creo que me salvan los amigos, las personas que están más cerca, que viven todo esto desde la trinchera y no desde la barrera, que me ven sufrir y me aguantan, me empujan y me animan. Sin ellos hace tiempo que me habría dado por vencido. En este momento tengo la sensación de que creen en mí muchísimo más que yo mismo. Jamás he creido en la suerte. Siempre he dicho que la suerte era para los tontos, y que los demás teníamos que trabajar. Pero a estas alturas del partido me asalta la duda. ¿De qué cojones sirve tanto trabajo, tanto esfuerzo? ¿Para qué trabajar tanto, si el resultado habría sido el mismo si no hubiera hecho nada?

No le pido una sonrisa a la vida. Ni siquiera una de esas zalameras que me hacían seguir en la brecha, creyendo –iluso de mí- que me tenía reservada alguna sorpresa agradable. No, no le pido una sonrisa, ni una caricia, ni un guiño. Ni siquiera las migas del pastel con las que me he conformado hasta ahora.

Jamás le he pedido nada pero hoy, a la vida, sólo le pido un respiro, un descanso. Por favor.

 

Gracias por haber estado ahí.

 

The Boxer, Simon & Garfunkel

   

 

 

20060714-jaque

Wednesday, 5 December 2007

Sol de invierno

 

Hoy ha habido una buena noticia: Maribel ha aprobado las oposiciones de profesora agregada. Para ser sincero, creo que una decisión justa no debería ser noticia, pero como es bueno para ella eso lo convierte en una noticia excelente. Por eso y porque se lo ha ganado a pulso. Independientemente de que yo crea que es una persona maravillosa y que se merece todo lo bueno que le pueda pasar, me consta que es una buena profesora, que dedica mucho tiempo y esfuerzo a su alumnado, a la investigación y a una universidad que no siempre le corresponde como debería.

Tengo mi opinión sobre la institución universitaria. Reconozco que siento debilidad por ella, porque viví una de las mejores épocas de mi vida, pero en algunos aspectos me revuelve el estómago: señores feudales y reinos de Taifas diversos, con sus luchas internas inter e intradepartamentales, parlamentarismo estilo medieval y todo eso regado con excesiva vocación funcionarial en el sentido peyorativo de la palabra. El resultado son muchas envidias, muchas puñaladas traperas, mucho medrar, mucho arribismo y bastante injusticia. Así que cuando a alguien honesto se le reconocen los méritos que demuestra desde hace tiempo es como para hacer sonar las campanas.

Pero también hay una segunda lectura optimista. Entre nuestros allegados más próximos ha habido muchas malas noticias últimamente. Joan sostiene (medio en serio, medio en broma) que alguna ley cósmica hemos debido romper, que hemos debido cabrear a los dioses,  porque parece que no levantamos cabeza. Cuando usa ese plural se refiere al “entorno común”, esa especie de clan del cual nos sentimos parte. Parejas que rompen, seres queridos que mueren, serios problemas de salud, proyectos que no cuajan, y un largo etcétera. La noticia de hoy supone una pequeña esperanza de que los tiempos estan cambiando o, al menos, de que pueden cambiar.

Cuando la vida nos da la espalda a veces nos obstinamos en mirarle el culo. Si sólo te pasa a ti, tienes el consuelo de pensar que la gente en la que te sueles apoyar está bien, y eso te reconforta y te da cierta seguridad. Al fin y al cabo en sus hombros llorarás cuando lo necesites. Pero si resulta que todas las personas del entorno tienen uno u otro problema la cosa cambia porque, ¿cómo te vas a apoyar en alguien que necesita un descanso?

Creo que el truco consiste en no mirarle el culo a la vida y, sobretodo, en no esperar que siempre te sonría. Personalmente no puedo decir que me haya prodigado sonrisas zalameras; sólo un guiño de vez en cuando, lo justo como para que no pierda el interés. Tampoco puedo decir que me haya maltratado, pero tengo la sensación de que me hace trabajar mucho para darme apenas las migas del pastel. No sé si puedo quejarme, porque no tengo con qué compararlo. En cualquier caso, tengo a mi gente cuando las cosas van peor de lo normal.

No es cierto que hayamos roto ninguna ley cósmica. Lo que pasa es que la vida se nos ha puesto de espaldas a más de uno durante un tiempo. La mayoría de los sucesos no han sido extraordinarios, si uno lo piensa detenidamente. Pero joden, eso sí. Joden y mucho. Como joden mucho es inevitable mirarle el culo a la vida: a la propia y a la de los allegados. Cuantos más culos ves, peor es la perspectiva. Y así no hay quien sea optimista.

Aún no sé por qué he acabado hablando de culos, y no precisamente para bien, como suele ser costumbre en mí. Será que mi vis sátira pierde facultades… o se está haciendo mayor.

Yo sólo quería hablar de Maribel,  contaros que me alegro infinitamente de que las cosas le vayan bien y de que tenga lo que se merece, y darle las gracias por estar ahí siempre, llueva, nieve o haga sol.

 

De vuelta a casa caigo en la cuenta de que el próximo junio hará 20 años que trabajo en lo mismo, ¡y aún no habré cumplido los cuarenta! Supongo y espero que sea cierta una frase de la canción que os pongo hoy: “Nada dura eternamente, ni siquiera la fría lluvia de Noviembre”

 

November Rain, Guns ‘n’ Roses

Thursday, 29 November 2007

¿A quien amas tú?

 

Tengo un día inusualmente melancólico. No sé si ha sido el tener que caminar por esta ciudad o la música que escuchaba mientras caminaba, pero en un momento determinado me ha invadido una súbita tristeza.

 

Caminaban juntos de la mano. Él cabizbajo, como abatido. Ella no dejaba de mirarle con infinita ternura, con unos ojos marcadamente vidriosos y una leve sonrisa en su rostro. Con las manos que tenían libres estiraban sendos carritos, con sus escasas pertenencias: un par de mantas, unas bolsas de basura que escondían el contenido, una botella de refresco y un tetrabrik de vino barato. Caminaban arrastrando los pies, con el paso propio de quien no tiene prisa por llegar a ninguna parte porque nada ni nadie le espera.

Debía tener unos 70 años, más o menos. A sus pies, unos paquetes de pañuelos de papel y un letrero hecho con un cartón y escrito a mano. “Se solicita una ayuda. Gracias”. Abrigado con una fina chaqueta de punto algo raída, sentado al sol, con los brazos cruzados sobre el pecho para no perder calor. Barba de dos días, canosa, y unas gafas de pasta gruesa, con las patillas sujetas por esparadrapo. Los zapatos, viejos pero muy cuidados. Los ojos, pequeños y apagados, mirando al suelo, como temerosos.

 

Escribo esto sentado en un banco de piedra del Passeig de Gràcia, viendo a la gente correr arriba y abajo. Algunos hablando por el móvil. Otros parados ante los escaparates y vitrinas de una joyería de lujo o de las tiendas de moda más exclusiva. Quizás están escogiendo su próximo regalo, el siguiente cromo que añadir a su álbum. Puertas adentro, ajenos al ajetreo, los dependientes agasajan a los clientes con la mejor de sus sonrisas, ensayada hasta la saciedad. Somos un país de nuevos ricos. De ricos que han confundido el valor con el precio.

 

Me ha dado por pensar en lo que tuve, en lo que perdí y en lo que dejé escapar. En lo que jamás tendré y en lo que llevo toda una vida buscando. Creo que nada de todo eso puede comprarse con dinero, así que no sé qué narices hago yo sentado en este maldito banco, frente a esos cristales incólumes. Siento que no es mi sitio, que esto no es real, que es sólo un escaparate y que la vida real, la que siento como propia, la que te da un revolcón a la que te descuidas, está en otros lugares.

Está en la mirada ebria y enamorada de la vagabunda. Está en los zapatos del viejo, última trinchera de su dignidad.

Está en todos y cada uno de los sufrimientos de mis amigos, de la gente que quiero. En cada uno de sus miedos, de sus fantasmas. En cada espina de su corazón, en cada herida de su orgullo. Ojalá pudiera hacerles ver que hay otra manera de vivir, que la vida es otra cosa, que de ellos depende sanar esas heridas, que cada cicatriz te enseña algo de un valor incalculable y que pretender que no existen es el primer paso para que se infecten.

Ojalá pudiera ayudarles a encontrar algo parecido a la felicidad, pero solamente puedo estar ahí y quererles. A mi manera, pero quererles.

Me sumerjo en la corriente humana, con un nudo en la garganta, los auriculares puestos y la música muy alta. Me siento como un náufrago en un mar multicolor, con reflejos de gafas de sol y cristales ahumados. Pienso en todo lo que tengo, que no es mucho pero es bastante y me pregunto cuántos necesitan lo que yo tengo. Ojalá pudiera dárselo, pero no es mío. Como casi todo lo que realmente poseo, no puedo darlo, venderlo o regalarlo; sólo puedo compartirlo. Me abrazo a esa sensación como a una tabla de salvación mientras avanzo por la corriente y apresuro el paso, confiando en llegar a casa antes de que no pueda contener las lágrimas.

   

Nos pasamos la vida buscando que nos quieran, pero con demasiada frecuencia no nos dejamos.

 

 

 

Telegraph Road, Dire Straits

 

 

Friday, 16 November 2007

En la sala de espera

 
Muchos días sin decir nada. No sabía qué decir y tampoco tenía demasiadas ganas de devanarme los sesos pensando en algo. Vamos, que estaba vago. Mejor dicho, lo estoy. No es que no haya noticias, pero es como si el tiempo se hubiera enlentecido. Como si nada se moviera. Así que casi mejor os hago un resumen telegráfico.
 
Mi corazón sigue bombeando fuerte, a veces demasiado. Uno hace planes y quiere ver las cosas de determinada manera, pero después la vida se encarga de cambiarte el menú. Bueno, pues en eso estamos. Por unos días en los que tenga que comer alcachofas no creo que me vaya a morir; es cuestión de taparse la nariz y tragar rápido.
 
Varios familiares de amigos muy cercanos andan con problemas graves de salud. Intento relativizarlo todo y no sobredimensionar más de la cuenta. Al fin y al cabo, ni soy médico ni puedo hacer nada por ellos, pero no puedo evitar preocuparme mucho. Mis amigos son importantes para mí. Muy importantes.
 
Después de más de un mes me han comunicado que me sustituyen el portátil. Bueno, más de un mes, varias llamadas y tres faxes enviados, cada vez con más mala leche. Salgo ganando ligeramente con el cambio, pero hubiera preferido no tener tantos follones. Ya sé que hablar de un portátil suena superficial, dadas las circunstancias, pero es uno de los temas que me agobiaban.
 
El tema de México es como una pesadilla. Si la propia idiosincrasia del país ya hacía difícil la situación, ciertos problemas personales de la gente de allí la han complicado más. Sé que lo mío es una gilipollez comparado con el panorama que tienen, y que puedo parecer tremendamente egoísta a los ojos de quienes conocen el asunto, pero no puedo evitar sentirme ansioso ante las continuas demoras. Esta permanente espera sin noticias me exaspera. No si lo habéis vivido alguna vez, pero no poder hacer planes a corto, medio o largo plazo me tiene muy descolocado y me agota cada vez más.
 
A finales de enero tengo que dejar el piso donde he vivido todos estos años en Barcelona, así que ya le he pedido a un amigo que me admita como okupa/refugiado. Odio haber llegado a este punto, pero es otra complicación más derivada del retraso en la marcha: los amigos tienen que comerse un marrón que no les tocaba, y aguantarme más de lo que ya hacen.
 
Todo junto no pinta muy bien, lo sé, pero tampoco es el fin del mundo. Algunos días me levanto cabreado; otros parece que veo las cosas de manera más positiva. No estoy para tirar cohetes, no os voy a engañar. Sólo quiero marcharme lo antes posible y empezar de nuevo, o lo que sea. ¿Os suena esa sensación de llegar a casa después de un día agotador, cerrar la puerta, apoyarse en ella, bajar la cabeza y soltar un soplido como diciendo: “Joder, ya era hora”? Para mí, esa puerta es la de embarque. Después vendrán otros problemas, pero serán diferentes.
 
 
No sé si me hago viejo o, simplemente, estoy cansado de los viejos problemas y necesito otros nuevos.
 
P.D.: Ya sé que visitáis con cierta regularidad este cutre-blog, y que mi inconstancia no es precisamente un incentivo, pero dejad algún comentario de vez en cuando. Puede ser anónimo, por si os apetece insultarme ;)
 
 

Sunday, 14 October 2007

Déjame que te cuente

 
Aquí estoy de nuevo, después de otro largo silencio. Con la tontería llevo cuatro meses con este blog, es decir, tres meses más de lo que creía que duraría. Aunque no hay demasiados comentarios, sé que algunas personas lo visitan con regularidad (algunas incluso a la misma hora cada día), así que si ellas tienen esa constancia supongo que yo también debo tenerla.
Me he escapado al pueblo. Le debía una visita a Mercedes. No porque sea protocolario, sino porque realmente necesitaba verla, saber cómo estaba y decirle de corazón lo mucho que he sentido lo de Juan. También necesitaba darle las gracias por todo lo que hicieron por mí. Conviene no olvidar lo que fuimos una vez; si lo hacemos, corremos el riesgo de olvidar también quiénes somos.
He aprovechado también para tomarme algo con mi ahijada. Sí, tengo una, aunque soy muy mal padrino. Un desastre, en serio. No se puede esperar mucho de mí  cuando se trata de ser padrino de boda o de alguna criatura: soy como soy y no acabo comportándome como se espera o como se supone que debería hacerlo. Sea como sea, me ha encantado verla. Alba es una chica de casi catorce años, con las dudas propias de su edad pero con un corazón enorme, una gran sensibilidad, la cabeza bastante bien organizada y una sonrisa preciosa. Realmente, sus padres pueden estar muy orgullosos de ella.
También pude escaparme a cenar con una amiga de la familia a quien quiero muchísimo. Es quizás la única persona que me dedicó atención cuando murió mi abuelo, y quien tiene muchas cosas que contarme de mi infancia; esas pequeñas anécdotas que uno ha vivido pero no recuerda, y que tienen mucha importancia para entender cómo y por qué uno es como es, con sus filias y sus fobias. No sé qué hubiera sido de mí sin Pepita. Probablemente sería el mismo, pero no entendería muchas cosas. Ella, su padre y su hermano me abrían una ventana de aire fresco y me ofrecían un sitio donde escaparme para contar todo aquello que me agobiaba y no podía decir en ningún otro lugar. Si es bueno saber que te quieren y aún más sentirte querido, es fantástico recordarlo cuando algunas personas hace ya tiempo que se fueron. Me emociona rememorar ciertos detalles y descubrir muchos años después que, de una manera muy discreta, tuvieron muchísima importancia.
Hoy mi padre cumple 70 años. Creo que le hubiera gustado que estuviera con él para celebrarlo, pero soy un mal hijo, y además creo que cumplir 70 no es diferente a cumplir 69 o 71. Si mi vida hubiera sido diferente quizás ahora lo estaríamos celebrando con sus nietos y nos veríamos más a menudo, pero no es así. Me conformo con saber que goza de buena salud, que me quiere y que se siente orgulloso de lo que ha hecho en la vida. Tiene motivos sobrados, independientemente de los resultados. Si algún día llego a ser mayor, quiero ser como él.
Y una perla más. Después de muchísimos años, volví a oir a mi madre cantar. El viernes, justo al levantarme, mi madre estaba preparando algo en la cocina… ¡Cantando! Me devolvió a mi infancia. Estuve a punto de pedirle que cantara “La Zarzamora”, o alguna de las canciones que le recuerdo de cuando era pequeño, pero preferí no decir nada y escucharla mientras sonreía. Sólo faltaba el olor a croquetas recién hechas, de vuelta de la peluquería un sábado por la mañana y viendo la televisión en blanco y negro para completar el recuerdo sensorial de mi infancia. Es curioso, pero durante muchos años las coplas me parecieron insoportables. No podía con las folclóricas de turno, dándose golpes en el pecho y gritando como si se les desgarrara el corazón. Puro teatro. Sigo sin aguantarlas, pero cuando descubrí a Carlos Cano y le escuché cantar, casi susurrando, las mismas canciones, mi opinión cambió. Quizás Quintero, León y Quiroga no ganarán jamás un premio de literatura, pero hay algo en esas canciones y, sobretodo, en la manera como las canta Carlos Cano, que me conmueve profundamente. Mi madre las canta a su manera, más parecida a la de Cano que a la de las folclóricas, afortunadamente. Quizás sea lo más parecido a una nana que recuerdo.
 
Por unas horas volví a los años de mi infancia. Esos que no recordaba. Vuelvo a la ciudad sin nostalgia, pero con una sonrisa enorme. Y conociéndome un poco más.
 
 

Sunday, 30 September 2007

39

 
Pues nada. Un año más que poner en la cuenta.
 
No estoy demasiado animado, la verdad. Los años en si no me afectan más allá de los típicos achaques de salud: algún cólico nefrítico, el colesterol, el ácido úrico, etc. Teniendo en cuenta los excesos que he hecho durante mi vida no puede decirse que esté mal; podría ser mucho peor.
 
Creo que me pesa más la situación y un análisis algo negativo de la situación. Ya sabéis, eso que nos pasa a los hombres cuando se acercan los cuarenta. Claro que a la mayoría les da por pensar que llevan muchos años sacrificándose, que las cosas ya no son como antes, que quieren volver a sentirse jóvenes y todo eso. Lo solucionan comprándose un deportivo descapotable (los que pueden), ligando con jovencitas (de nuevo, los que pueden) y algunos se acaban incluso separando de la mujer (los que se atreven).
 
Pero eso le pasa a quienes tienen algo de lo que arrepentirse. Quienes han hecho muchas cosas y creen que algunas no fueron acertadas. No es mi caso, ciertamente. No me arrepiento de nada de lo que he hecho en mi vida, y ese es el problema: no creo que haya hecho demasiado. Tengo 39 años, una situación laboral triste, no tengo ahorros y estoy a punto de embarcarme en una aventura a miles de kilómetros de todo lo que conozco porque me ha resultado imposible ser como la mayoría. No tengo piso de propiedad, le debo un montón de dinero a los bancos, mi trabajo no me estimula lo más mínimo ni me permite estabilidad económica, colecciono fracasos en las relaciones de pareja y lo peor es que ya no soy capaz de recordar mis sueños de juventud, si es que los tuve alguna vez.
 
Supongo que en otro momento seré capaz de ver las cosas de otro color y con otro humor. Hoy me conformo con el apoyo de mis amigos y, sobretodo, con sentirme querido, muy querido, por Ana.
 
Quiero pasar pronto esta página, cerrar este capítulo de mi vida que me está desgastando mucho más de lo que pude imaginar nunca, y empezar de nuevo, sea donde sea. Ya sé que no puedo esconderme, pero siento la necesidad de salir corriendo, no importa hacia qué lugar.
 
 
 
 

Tuesday, 18 September 2007

E logo ti... de quen ves sendo?

Siento el silencio de estos días, pero he estado demasiado entretenido para ponerme a escribir y en los pocos momentos libres que he tenido la verdad es que no he estado muy inspirado.
Me he escapado a Galiza, a despedirme de mis primos de A Coruña (a mí me gusta más la grafía A Corunha, pero bueno). Como decía Castelao, ”Galiza é matria”. A los que no lo sepáis aún, mi madre es gallega, y después de cuarenta años fuera de su tierra se le sigue notando en el acento. Recuerdo que los viajes que hacía de pequeño con mis padres a la tierra de mi madre eran un auténtico calvario: todo el mundo quería que fueras a comer/merendar/cenar a su casa. Como el tiempo es limitado, acabábamos comiendo dos veces, merendando tres y cenando otras dos. Y no estoy hablando de comidas ligeras, precisamente. Ya se sabe, esa hospitalidad gallega un tanto especial, que puede halagar mucho, pero que a mí me empalaga. Os juro que acabé harto, literal y metafóricamente hablando.
Me cansé de Galiza, la verdad. Jamás encontré mi sitio en aquellas tierras ni entre aquellas gentes. Hasta que la redescubrí hace unos años. Desde entonces, he ido acercándome poco a poco, como quien quiere pasar desapercibido y no quiere que le atosiguen. He descubierto el daño que hacen los bosques de eucaliptus, los accidentes de los petroleros, el blanqueo de dinero del narcotráfico y los gobiernos del PP. A la vez, he descubierto el pasado político de mi abuelo, el carácter luchador y superviviente de unas gentes que no dan su opinión más a menudo porque en muchos casos temen salir escaldados, la lucha de algunas (demasiado pocas) personas para mantener vivas la lengua y la cultura propias, la lluvia nocturna en Compostela, las puestas de sol en Riazor o en Fisterra o el sacrificio de los percebeiros y las mariscadoras (no discutáis jamás el precio de los percebes gallegos: no os imagináis lo que cuesta arrancárselos al mar). Y también he descubierto personas que me quieren, aunque lo digan a su manera.
He vuelto con la sensación de que he conseguido encontrar la parte de alma atlántica que me pertenece, con un montón de fotografías, con los momentos de esas personas que me quieren y a quienes quiero, y con las miradas (unha mirada meiga deses teus ollos), las risas y los besos de Lucía y Alba, las hijas de mi prima. Sólo por eso ya merecía la pena ir, y merece la pena volver.
Pero también necesitaba volver a casa y sentir los abrazos y los besos de Ana. Ahora ya sabéis su nombre. Probablemente no os importe saberlo, pero yo necesitaba decirlo. Últimamente es como si navegara en una embarcación un tanto frágil en medio de una tormenta tras otra. No es que me importe, todo lo contrario, pero de vez en cuando necesito darme un descanso y fondear en algún lugar tranquilo: a veces es desahogarme con alguien que me escucha, otras veces escuchar música y otras ponerle nombre a las personas, los sentimientos y las emociones. Hablar en voz alta, escribir, compartir con los demás, hace que todo se vuelva más real, para bien o para mal, como si antes sólo existiera en la cabeza de uno. Es como el chiste del náufrago y Claudia Schiffer (si no lo sabéis lo buscáis en el Google, que para eso está) o como el árbol que cae en medio del bosque pero no lo ve ni oye nadie.
Pues eso, que necesitaba volver con Ana. Porque me hace sentir vivo, porque me hace sentir querido, porque permite que afloren mis fantasmas y, a la vez, me da fuerzas para bailar con ellos y, poco a poco, ver que no son tan terribles. Porque me ayuda a dejar tras la puerta de entrada todo aquello que es superficial; porque me despide y me recibe con una sonrisa. Porque me gusta la persona que veo reflejada en sus ojos cuando me miro en y a través de ellos. Joan tenía razón: no soy el mismo de hace apenas unos meses.
Se han vuelto a llevar el portátil al servicio técnico. Espero que me lo sustituyan por otro nuevo, pero, sorprendentemente, estoy mucho menos cabreado de lo que cabría esperar en mí. Si me siento inspirado os lo cuento otro día.
Os dejo una foto de la costa de A Coruña. La máquina fotográfica es alucinante (gràcies, Tete), pero el fotógrafo sigue siendo un negado, así que escapaos cuando podáis, subid al Monte San Pedro y disfrutad de las vistas, el viento y el mar.



Sunday, 2 September 2007

Te debía un café, pero sólo tengo esto

 
Ha muerto Juan Donaire. Le tuve como profesor de Física y tutor en COU. Era una de esas personas francas y directas, que te miraba a los ojos cuando hablaba y te obsequiaba con una sonrisa sarcástica cuando pretendía pincharte o no se creía tus excusas, pero también con una sonrisa abierta y honesta, de esas que te llegan, cuando algo le parecía divertido. Eso sí, siempre guardando las formas, aunque en ocasiones se le notara que le gustaría traspasar esa línea que separa el protocolo de la complicidad. ¿O es que la estaba traspasando?
 
Pero era mucho más que eso. Él y su esposa (Mercedes, profesora de Química y casi más una madre que una profesora) son los padres de quien fue un buen amigo durante mucho tiempo, aunque últimamente nos hayamos distanciado. Recuerdo algunas anécdotas, como cuando me pilló haciendo novillos en el bar del instituto y acabó invitándome a un café mientras charlábamos de lo humano y lo divino. O como cuando nos presentamos Paco y yo a las 7 de la mañana en su casa para consultarle unas dudas a su esposa unas horas antes del exámen final de Química. No nos dejaron ir hasta que no tuvimos ninguna duda... y hasta que aceptamos desayunar como uno más de sus seis hijos.
 
Y nos dieron mucho más durante los cuatro años que compartimos. Nos dieron apoyo moral, un hombro donde llorar cuando las cosas no iban bien, alguna que otra colleja espiritual para que espabiláramos cuando nos dormíamos en los laureles y, sobretodo, muchísimo respeto siempre.
 
Soy un tipo afortunado en muchos sentidos. Uno de ellos es que en mi vida he encontrado muchas personas interesantes que me han aportado elementos esenciales para desarrollarme como persona. No me corresponde a mí decir si esos elementos han servido para algo en mi caso, pero les agradezco muchísimo que, en una época en la que uno está buscando desesperadamente su sitio en el mundo, me enseñaran cosas que no están en los libros. Puedo decir que he tenido profesores y también he tenido maestros. Juan era ambas cosas.
 
Hacía apenas unos meses que se había jubilado y, aunque no le veía desde tiempo atrás, estoy seguro que disfrutaba de su tiempo. Se lo había ganado a pulso durante muchos años. Hace unos días os decía que la muerte es una hija de puta. Sé que esa expresión le disgustaba profundamente a Juan, pero la mantengo. El mundo, este mundo terriblemente tacaño con el esfuerzo y tan dado al premio fácil, ha perdido a una persona recta y justa. Personalmente he perdido una de las personas que me guiaron en los tiempos difíciles. Sé que nada dura eternamente, pero hubiera preferido cruzar el charco dejando aquí mi pasado intacto. Como hubiera dicho él, mi tristeza por su pérdida es directamente proporcional a mi alegría por haberle conocido.
 
Hoy no hay música, lo siento. Ronda en mi cabeza el susurro del viento en los pinos y el murmullo de las olas batiendo en las rocas, en esos días en los que el temporal de levante pintaba de gris el cielo y te incitaba como sirenas con su canto a saltarte las clases del instituto.
 
 
Ya me gustaría haber encontrado mi lugar en el mundo, pero al menos no he acabado en cualquier parte. Gracias por todo, Juan.
 
 

Thursday, 30 August 2007

Lo peor no es enamorarse

 

Ayer tuve un día algo intenso, pero acabé muy contento porque parte del rompecabezas de mi vida empezó a cobrar cierto sentido. Hoy, no sé aún por qué, me he levantado gamberro y criticón. Como tenía ganas de escribir pero me sentía demasiado vago para pensar en mis miserias, he decidido usar las desgracias de los demás, que también se aprende de ellas si uno las mira con cariño o algo parecido.
 
En menos de un año seis parejas que conozco (algunas más próximas y otras menos) se han separado. Y no estoy hablando precisamente de relaciones de corto recorrido, sino de parejas que llevaban entre cinco y diecisiete años de convivencia (sí, sí, diecisiete; un uno y un siete, así: 17). En algún caso las razones son más concretas, pero, en general, la impresión que da al hablar con una y otra parte es que se había llegado a un callejón sin salida, se había acabado la ilusión y ya hacía tiempo que no tenían nada que darse el uno al otro, salvo disgustos.
 
Queda mal que lo diga a estas alturas y a toro pasado, pero en algunos casos (no en todos, que quede clarito) se veía venir por la teoría de los errores acumulados en forma de bola de nieve (no tengo datos científicos que sostengan conclusión alguna, pero siempre queda bien decir que uno tiene una teoría, ¿verdad?). Intentaré explicarme, a ver si no estoy demasiado espeso.
 
Supongamos una pareja que lleva más o menos tres años de relación (el tiempo es lo de menos, pero sobre esa época suele darse el primer bajón). El enamoramiento hace tiempo que se acabó y la rutina empieza a aposentarse en sus vidas. Alguien debería explicar a los chavales de secundaria que el enamoramiento es un estado de idiotez maravilloso pero transitorio (muy transitorio, muy maravilloso y muy idiota), que dura dos años a todo estirar. Metafóricamente (para aquellos que prefieran el estilo de “la abejita y la flor”) sería un fuego muy vivo, pero de maderas que se consumen muy deprisa. Si uno no pone troncos de maderas más densas que le permitan disfrutar de brasas cuando se apaguen las llamas más altas, se quedará con las cenizas. Y el amor no es como el Ave Fénix. Así que si durante el enamoramiento uno no se pone a construir algo más sólido la relación se apagará con el último rescoldo de la pasión ( ¡Puaj! Me ha quedado como una homilía de Escrivá de Balaguer)
 
Bien. Teníamos a la pareja entrando en la rutina y, como es más que probable, con las primeras discusiones serias. Es decir, la primera crisis. ¿Qué suele hacer mucha gente en estos casos? ¿Frenar, tomarse un tiempo de reflexión para ver qué es lo que no funciona y arreglarlo? Nada de eso. Optan por la táctica del avestruz: casémonos para superar la crisis. Claro, muy inteligente. Es como si para dejar de fumar me hago adicto a la heroína. Desde luego, hay quienes no necesitan estar enamorados para ser idiotas.
 
Venga, pues ya tenemos a los dos tortolitos liando a Dios y a su madre, montando una boda por todo lo alto (cuanto más grave sea la crisis más ostentosa se aconseja la boda, por supuesto), metiéndose en hipoteca (que eso sí que ata, y no el matrimonio) y largándose a una maravillosa luna de miel.
 
Aquellas parejas que sobrevivan a la luna de miel (que algunas no vuelven juntas, ojo) tienen un márgen de dos años más hasta la siguiente crisis, que no es que sea nueva, sino la misma de antes de casarse que se presenta de nuevo con el regalo de boda. ¿Qué hacen? Pues vuelta al avestruz, pero corregido y reforzado por la vía ornitológica: llamemos a la cigüeña y tengamos un hijo. Hay que reconocer que los preparativos son más divertidos que los de una boda, pero las consecuencias son bastante más graves. La llegada del retoño les brinda un par de años más de tregua entre bautizos, visitas varias de los familiares, fotos de estudio, búsqueda de guardería (o explotación de los abuelos) y domiciliación de la nómina de uno de los cónyuges en la farmacia más cercana en vez del banco para pagar todos los medicamentos, biberones, esterilizadores de biberones, humidificadores y un sinfín de accesorios (necesarios e innecesarios) del bebé.
 
Vale, ya han pasado dos años y la señora crisis se vuelve a presentar (cual pariente de esos pesados) en casa de nuestra querida pareja, ahora convertidos en progenitores. Claro, si es que no podía ser todo tan bonito…
 
Bueno. ¿Qué diríais que hace nuestra pareja? Muy bien, premio a la señorita del fondo (no me guiñe el ojo, por favor, que estoy comprometido). Vuelven a la carga con el avestruz y su táctica: otro hijo. Claro, es que encargarlo resulta de lo más placentero (o quizás la nómina no llegaba para comprar preservativos).
 
Pero resulta que, hasta ese momento, cada giro que tomaban, cada decisión, les llevaba por un nuevo derrotero (que no sé si viene de derrota, pero para el caso queda que ni pintado). Y en esa novedad es donde radicaba el “éxito” de esconder la cabeza e ignorar el problema. Con el segundo embarazo suele pasar lo siguiente: la mujer se da cuenta (el hombre tardaría nueve embarazos más, como mínimo) de que todo lo que está viviendo ya lo ha experimentado antes; como una sensación de dejà vu, pero con mala hostia. Empieza a repasar los pasos que han dado e identifica la crisis como algo crónico, reconoce que no han solucionado nada y, lo que es peor, que han perdido entre una cosa y otra cuatro años de su vida (año más, año menos). Vamos a ver, parejita. Si los hijos unieran, a los niños les pondríamos por nombre “Pegamento” y a las niñas “Nuestra Señora de la Cola de Impacto”.
 
Como podéis suponer, en la mayor parte de los casos (algunos son resistentes hasta para la desgracia), esa reflexión acaba con la crisis... y de paso con el matrimonio, claro.
 
En resúmen. Ya sé que no soy el más indicado para hablar de relaciones de pareja, pero digo yo que no ha de ser tan difícil sentarse uno frente al otro (he dicho "frente al", no "encima del"), hablar con cierta sinceridad e intentar solventar los problemas. Al fín y al cabo, sólo sois dos personas, jóvenes en la mayor parte de los casos, y con un futuro por delante (en el caso que decidáis romper). Así que si decidís casaros, procurad invitar a poca gente y no tocar demasiado las narices al personal (mejor si os casáis por lo civil, aunque algunos deberían hacerlo por lo penal). Si dentro de diez o veinte años (Va, ni para ti ni para mí: que sean treinta) aún creéis que podéis seguir juntos, entonces montad una fiesta a lo grande.
 
 
Espero no tener que arrepentirme jamás de haber escrito esto (aunque haya sido bajo los efectos de sustancias psicoactivas ilegales pero toleradas), pero, si en algún momento cometo el mismo error, ojalá mis amigos sean compasivos conmigo y no me lo restrieguen por la cara al grito de “¡Jódete, bocazas!”.
 
 
 
 

Thursday, 23 August 2007

De cabeza y sin mirar

 
Pues sí. Más de diez días sin escribir nada en este cutre-blog. La verdad es que ni me he acordado que existía.
 
¿Que qué ha pasado? Nada, que soy un bocazas. Cuando decidí aceptar lo de México juré y perjuré que no haría ninguna tontería que impidiera mi marcha. Por supuesto, nada de liarme con nadie; en este tipo de situaciones siempre te acabas haciendo daño y, lo que es peor, haciéndoselo a otras personas.
 
Así pues se me llenó la boca de grandes propósitos… hasta que me enamoré. Ya ves tú qué gilipollez ir ladrando por ahí chorradas del tipo “ya no estoy en el mercado”, “he de centrarme en el nuevo proyecto” o “una relación ahora estaría condenada al fracaso”. Ya te daré yo a ti fracaso, anormal. No hay mayor fracaso que no querer ver lo que tienes delante.
 
Me hace gracia la gente que para escurrir el bulto ante una toma de decisiones y como queriendo esconder la cobardía sueltan eso de “no es el momento oportuno”. ¡Pues ya me dirás tú cuando es el momento oportuno! El momento es el que es. Si te entra el miedo, no quieres o no te atreves, dilo, pero no culpes al momento de tu cobardía. El momento es aquí y ahora. La vida no pide permiso: o te subes al tren que pasa o lo pierdes, eso si no se te lleva por delante.
 
La conozco desde hace más de diez años. Siempre ha estado ahí, en mayor o menor medida. Me hace reir, me hace pensar, conoce mis defectos (para eso ha necesitado los diez años), me cuida como pocas personas saben hacerlo y aún se acuerda de cómo nos conocimos. Y todo y con eso, me quiere. Es curioso. A veces nos pasamos la vida buscando la persona que nos haga sentir algo especial y no dedicamos ni unos minutos a mirar a las personas que ya estan ahí; que han estado a nuestro lado desde siempre.
 
Sí, me he enamorado, ¿qué pasa? ¿Que me voy dentro de 45 o 60 días? Ya lo sabemos. Y yo no me quería perder la sensación de volverme a enamorar. Ya sé que si las cosas salen mal me va a doler, pero es que la vida duele. Si alguien pretende pasar por ella de rositas, esquivando el sufrimiento y persiguiendo solamente el placer es que no sabe lo que le espera. Vosotros, sí, vosotros. Los que perseguís el placer a cualquier precio y esquiváis el sufrimiento cueste lo que cueste. O los que sólo valoráis la vida en función del resultado. Tengo una noticia para vosotros: al final nos morimos. Siento explicaros el final de la película, pero es para que os vayáis acostumbrando. Si os queréis hartar de palomitas mientras dejáis pasar la vida es asunto vuestro. Yo prefiero salirme del cine y vivirla en toda su intensidad: lo que me gusta y lo que no.
 
Por eso no quería privarme del placer de enamorarme. No tengo ni idea de lo que durará, pero yo me lo merezco, y ella también. Ambos nos merecemos no guardarnos un beso para mañana, o un abrazo, o un “te quiero”. Nos merecemos no andar con miedo a qué pasará. Lo que pasará lo decidiremos nosotros. Mientras llega el mañana, yo he decidido enamorarme, tirarme a la piscina desde el trampolín más alto de todos (cuando me pongo chulo me doy asco a mí mismo, de verdad). Cuando haya saltado ya veremos si hay agua en la piscina. Al fín y al cabo, eso es lo de menos. Lo que realmente nos hace sentir vivos es la intriga, la emoción del salto.
 
Ahora ya sabéis por qué no he escrito nada en diez días. No queráis ahora despistar, que sé que entráis de vez en cuando, aunque no digáis nada.
 
 
Por cierto, ya puestos a pedir, sería fantástico que alguna vez hubiera agua en la piscina, ¿no?
 
 
 
 

Sunday, 12 August 2007

Comiendo sashimi de vida a dos carrillos

 
Al sur de la frontera, al oeste del sol. Ese es el título del último libro que he devorado. Su autor, Haruki Murakami, tiene un estilo directo, crudo, descarnado. Es como comer ventresca de atún crudo, como saborear la vida en toda su intensidad. Empecé con "Tokio blues". Lo leí en un día de lluvia, el mes de agosto del año pasado. No pude soltarlo hasta acabarlo. Después vino "Kafka a la platja" y acabé pidiendo un día de asuntos propios para acabarlo. Este último me ha gustado más, si cabe. El hecho que el protagonista sea un tipo de mi edad, más o menos, con sus tribulaciones, buscando ubicarse en su mundo y enfrentándose a la soledad me ha acercado mucho más que los otros dos, y me ha dado más munición para seguir pensando qué quiero ser cuando sea mayor.
 
No es el único libro con el que estoy lidiando. Aprovechando una tarde de gasto compulsivo (aunque moderado) compré cinco libros de Fromm. El año pasado, en menos de 3 meses regalé "El miedo a la libertad" y alguien tomó prestado (sin intención de devolverlo) "L'art d'estimar", así que decidí que lo mejor que podía hacer era volver a comprarlos. Aparte de esos dos, aproveché la ocasión para hacerme con "Del tener al ser", "El corazón del hombre" y "Per una ètica humanística". No sé si me dará tiempo a leerlos todos antes de irme, pero son lo suficientemente pequeños para poder meterlos en algún rincón del equipaje.
 
A lo que iba. Estoy con "L'art d'estimar", una vez más. Me parece un libro absolutamente actual, quitando algún comentario que hoy resultaría políticamente incorrecto. Creo, como decía el añorado Antonio Caparrós, que Fromm tenía, si no todas, casi todas las respuestas. "Lee a Fromm; vuelve a Fromm. Ahí está todo", me dijo apenas unos días antes de que la parca decidiera privarle de su merecido retiro. Soy de la opinión de que no hay que lamentarse por perder a alguien excepcional, sino alegrarse de haberle conocido y recordar lo que se ha aprendido con él o ella, pero a veces la muerte es una hija de puta.
 
Pues eso, que estoy releyendo esa fabulosa obra para poder compartirla con alguien a quien quiero mucho y que me está regalando unos momentos increíbles. Además, me está despertando sensaciones que llevaban demasiado tiempo dormidas. Y un sentimiento nuevo. No sé si estoy enamorado. Si es así, no es como otras veces. Es mucho más sosegado, casi lento. Los miedos son los de siempre, y amplificados, pero también me siento más capaz de lidiar con ellos. Estoy más seguro de mí, y de ella. Por primera vez en dos años, tengo un apetito voraz, unas ansias enormes, de sensaciones. Pero no como un adicto, sino por el placer de sentirlas en toda su complejidad; por la necesidad de paladearlas. Sentarme en silencio con ella, a escuchar, a oler la noche. Sólo necesito eso. ¡Y al mundo que le den! No sé lo que pasará mañana, ni me preocupa demasiado. No pienso dejar que eso arruine ni uno solo de los minutos que paso a su lado. Creo que nos lo hemos dicho todo, y lo que callamos se sobreentiende, así que mejor no estropear el momento. No hay promesas imposibles de cumplir, así que no habrá reproches futuros. Hoy puedo decir que me siento feliz. No sólo satisfecho con mi vida, que también, sino feliz. ¿Mañana? Mañana será otro día y no sé lo que sucederá, pero hoy es hoy. Cuando mañana llegue ya veremos lo que hago. Como decía Einstein, no me preocupo por el futuro: llega demasiado deprisa.
 
Mientras escribo esto ha empezado a llover, como suele llover en esta ciudad: a trompicones y con mala leche; para joder. Me parece justo. Ya sé que siempre ha llovido así en esta parte de Catalunya, pero prefiero pensar que es la manera que tiene de vengarse de quienes la han convertido en lo que es ahora. A ver si a golpe de manguera se le acaba quitando el barniz...
 
La lluvia me hace sentir eufórico. No soporto el calor, y menos el bochorno previo a las tormentas de verano, así que cuando se pone a llover, sobretodo con este viento, es como si me liberara. Es el momento ideal para prepararse un té y ponerse a leer. Lástima que tenga que madrugar.
 
Me sentaría en un sofá contigo, a tu lado, con George Winston de fondo, muy bajito, para poder escuchar el ruido que haces al respirar mientras lees apoyada en mi regazo. Me apetece compartir el libro hasta que uno de los dos decida cerrarlo, vencido por el sueño o por el anhelo de abrazar al otro.
 
 
Ignoro qué pasará mañana, pero esta noche no quiero dormir.
 
 
 
 
 

Sunday, 5 August 2007

En tránsito

 
El portátil sigue haciendo el tonto. Ha aguantado 36 horas sin apagarse y descargando archivos, pero me parece que se apagó en cuanto dejó de descargar. No lo entiendo, la verdad. A veces parece que funciona perfectamente y otras se apaga en menos de 3 horas. Eso sí, se sigue calentando muchísimo y sigo sin entender la razón.
 
Le pasa como a mi corazón, que últimamente tiene unos vaivenes importantes. Siempre ha sido de sangre caliente y reacción fácil, pero anda algo inquieto, y tampoco sé la razón.
 
No estoy seguro de haber hecho bien al decir a mis amigos que me iba. Creo que hubiera sido mejor dejarlo para un par de días antes. Quizás es que el retraso en la marcha lo está complicando todo. En las caras y en los comportamientos de la gente más cercana veo cierto miedo. La semana pasada una amiga me dijo llorando que tenía la certeza que no me volvería a ver más, que sabía que no volvería jamás a casa.
 
Ojalá yo supiera donde está mi hogar. Dicen que el hogar está donde se halla el corazón, donde cuelgas tu sombrero y no sé cuantas cosas más, pero yo jamás he sentido que tenía uno, y me gustaría conocer esa sensación. Siempre he vivido en un estado de provisionalidad, como si nada de lo que tuviera fuera a durar mucho.
 
Ando atribulado, cognitiva y emocionalmente. Ahora que no queda ningún obstáculo para irme y sólo falta esperar la fecha de incorporación empiezo a darle vueltas a algo tan básico e intrascendente como hacer las maletas. ¿Como coño mete uno su vida en dos maletas? Lo realmente importante no ocupa lugar físico, pero poco a poco voy descubriendo cosas que necesito llevarme y creo que necesitaré algo más de espacio.
 
Pues al mismo ritmo voy descubriendo cosas aquí. Objetos, momentos y personas que me atan, que hace unos meses hubieran hecho que no me planteara jamás irme a otro lugar. Pero debo hacerlo. No sólo porque objetivamente creo que es una buena oportunidad en mi vida, sino porque también necesito saber si todo eso que siento es cierto; si todos esos motivos tienen tanto peso o sólo soy yo y mi circunstancia quienes le estamos dando un peso específico emocional mayor.
 
La música puedo grabarla y llevarla en un disco duro; las fotografías, escanearlas; los libros puedo comprarlos allí (aunque tampoco leo tanto); la ropa... total, para la que uso también puedo encontrarla allí.
 
¿Como se lleva uno los abrazos, las sonrisas, las caricias? ¿Donde guardas un susurro a medianoche, un "te quiero" bajo la lluvia o un beso al despertar?
 
Sí, ya sé que parece el anuncio de las compresas, pero poneos en mi lugar por un momento. Queda muy bien decir que hay cosas que uno recuerda eternamente, pero todos sabemos lo frágil que es la memoria, que se deteriora con el tiempo. El único consuelo es pensar que lo olvidado ya no duele. A mi pesar tendré que confiar en el buen criterio de mi memoria y en la fortaleza de mi corazón.
 
 
Sabes que has llegado a casa cuando te ves reflejado en los ojos de quienes amas. Mientras tanto sigues siendo un extranjero, no importa donde estés. Debe ser fantástico poder ir donde te plazca, pero es muy duro sentir que uno no tiene un lugar al que regresar.
 
 
 

Friday, 3 August 2007

No se puede tener todo, no

 
Ayer fue un día sencillamente fantástico. Ojalá hubiera sido una semana. Cualquier cosa que añada no lo mejorará, así que mejor me callo. Abajo os dejo unas fotografías. Creedme, no hacen justicia al lugar, entre otras cosas porque el fotógrafo es un negado.
 
Pero, claro, no podía faltar la de arena (muchas gracias a quienes me han dicho que la buena era la de cal; si me va mal con lo de la psicología en México siempre puedo dedicarme a la albañilería). A las 10 de la mañana me traen el portátil. El mensajero de DHL ya se sabe mi nombre, mi número de teléfono y el piso de memoria. Conecto el dichoso ordenador y lo dejo trabajando, a ver cómo se defiende...
 
Pues mal, se defiende mal. Fatal. Tres horas después mi fabuloso horno con internet, correo electrónico, reproductor mp3 y no-sé-cuantas-cosas-más decide que vuelve a apagarse. ¿No será que tengo un controlador aéreo infiltrado y se me está poniendo en huelga, ahora que es veranito? No, mucho más sencillo. Parece que sigue sin funcionar. Vuelta a llamar al servicio de atención al cliente. Ya estoy cabreado, así que el lunes nos pondremos serios con el tema. Por hoy mejor no seguir, que ya me tiene hasta la coronilla.
 
¡Ah! Una cosita más, así de pasada. El director del master me ha dicho que tengo que pasar por su despacho en septiembre... ¡¡Para recoger el título!! Si fuera tan maleducado como el niñato ese que conduce coches saldría gritando ''Toma, toma, toma!!", pero no estoy por la labor. Me siento demasiado contento y, además, la satisfacción es interior.
 
Muchas gracias a todos y todas las que me habéis ayudado y apoyado estos últimos tres meses mientras finalizaba los trabajos pendientes. Sé que he estado muy borde en algunos momentos (más de lo habitual, si es que eso es posible) y que queríais tanto o más que yo que los acabara (claro, si no los acabo no me puedo ir, y lo estáis deseando, pillines). Así que muchas gracias a todos y todas. Me he sacado una espina muy grande, eso también lo sabéis. Eso sí, sabed que si alguien se merecía que lo acabara ese es mi padre. Sin él no habría podido pagar jamás ni esos estudios ni muchos otros a lo largo de mi vida. Además, no ha dejado de insistir (a veces con mejor fortuna, y otras con peor) para que lo terminara. Es mi héroe. Lleva toda la vida batallando para hacerme un hombre de provecho y a estas alturas aún no se ha dado por vencido. Cuando sea mayor quiero ser como él.
 
No sé si algún día me atreveré a hablaros de mi padre o de mi abuelo, así que os dejo una canción que describe bastante bien lo que siento por ellos.
 
 
 



 

Wednesday, 25 July 2007

De cal y arena

 
Nunca he sabido si la de cal es la buena o la mala, aunque tampoco me importa mucho, la verdad. Sea como sea hay una noticia mala y otra buena. No, la buena no tiene nada que ver con México, ya me gustaría a mí.
 
La mala es que se me ha vuelto a joder el portátil. Los de Acer tienen un servicio técnico rapidísimo, pero me parece que o yo no me expliqué bien o ellos lo entendieron mal. El caso es que me devolvieron el ordenador con placa base nueva... pero seguía apagándose después de calentarse hasta decir basta. Como vitrocerámica está bien, pero lo que necesito es un portátil. Ya se lo han llevado otra vez y parece que ahora creen que puede ser el transformador. Si cuando me lo devuelvan sigue igual les pediré que me lo cambien por otro... o por un horno con menos funciones.
 
La buena es que acabé la memoria del máster. Por favor, aquellos que me conocéis reprimid ese grito de ¡Aleluya! que pugna por salir de vuestras gargantas. La he acabado, pero estoy a la espera que me digan si está correcta o si tengo que cambiar muchas cosas. No sé si me queda algún amigo creyente; si es así, rezadle una novena a San Andrés, que dicen que trae suerte.
 
Estoy reventado, la verdad. Me tomo una semana de vacaciones y guardo el resto para cuando tenga que mudarme. Preferiria guardar el mes entero, pero es que necesito urgentemente una semana de no hacer nada, de no pensar en nada y de intoxicarme con lo que sea (menos la televisión). Acepto, y espero, propuestas. A poder ser muy deshonestas. Estoy místico, pero no soy célibe.
 
Llevo un par de días que no sé qué me pasa, pero me noto guerrero, como cuando tenía 18 o 19 años. Supongo que por eso escucho música de aquella época. Os dejo una de Sabino Méndez, ese gran cronista de la Barcelona de los 80 que tuvo la mala suerte de compartir banda con el ego de Loquillo.
 
 
 

Tuesday, 17 July 2007

Al fín una buena noticia

 
No, no es de México. De allí he recibido ánimos de Joan. Sigo viendo las cosas desde mi óptica y desde mi mentalidad. Claro, no tengo otra. El problema es que allí tienen una manera de funcionar muy diferente a como funcionamos aquí y, dado mi carácter ansioso, a años luz de la mia. Supongo que es cuestión de tranquilizarse, relativizar el tiempo y esperar que todo salga bien al final. Bueno, los que crean pueden ponerle un par de velas a la Virgen de Guadalupe.
 
En resúmen: no hay fechas, ni datos, ni nada de nada. lo único que parece seguro es que les ha gustado mi currículum y que están muy interesados en que vaya. Algo es algo.
 
La buena noticia es que mañana me entregan el portátil averiado. Han pasado los de mensajería esta mañana por casa y me han dejado el aviso. La verdad es que estoy sorprendido. Me dijeron dos semanas y lo han clavado; me han informado de lo que iban a sustituir (la placa base) y me han mandado mensajes para tenerme al día. Tengo la sensación de que echaré de menos esa seriedad.
 
A ver si se contagian las buenas noticias y empiezan a llegar más.
 
Por cierto. Ya hace un mes que empecé este cutre-blog. Me sorprende que aún siga escribiendo. Todo un éxito teniendo en cuenta mi conocida inconstancia.
 
 

Monday, 16 July 2007

Fin de semana agridulce

 
A veces la vida tiene sus golpes escondidos, algo así como noches de jazmín y mañanas de hiel.
 
Todo el viernes y el sábado por la mañana estuvimos paseando por la Barcelona antigua con mi prima de A Coruña y dos compañeras suyas. Una delicia reencontrarme y, muy probablemente, despedirme de la ciudad con un paseo por su historia, (re)descubriendo colores y olores (a veces nauseabundos) y procurando que mi aversión a las masas no se me notara demasiado. Fueron horas de vino y miel, de rosas y helechos, con esa languidez propia de los calores del verano.
 
El sábado al mediodía tuvo sabor a algodón de azúcar. Docenas de fotos a las hijas de mi prima. Me encanta ver el mundo a través de los ojos de los niños: todo parece más sencillo, más grande, mejor. No hay nada que se contagie más y más rápidamente que la risa de un niño. Lástima que, a medida que pasan los años, dejemos de reír tan a menudo.
 
Hoy no estoy demasiado fino para escribir. Las noticias que llegaron de Morelia el sábado por la noche no invitan a la alegría, precisamente. Todo el proceso se ha alargado hasta octubre o noviembre, y estoy demasiado escaldado como para ser optimista, aunque quienes están allí me digan que no hay de qué preocuparse. Creo que tendré que buscar planes alternativos. No me puedo permitir otro batacazo. No a estas alturas.
 
Esto de separar lo que uno deja atrás y lo que se lleva consigo tiene sus sorpresas. He encontrado viejas cartas; de amor y de desamor. Es gratificante darse cuenta que hay cosas que no cambian, y que aún soy capaz de sentir de la misma manera que lo hacía hace diez años.
 
He guardado las cartas en la caja de terciopelo, con la etiqueta "Desván".
 
 
 

Thursday, 5 July 2007

Malas noticias (jalapeño style)

 
Pues ahora resulta que México es un país cuasi-normal, donde tienen elecciones y todo eso. Y se ve que donde tengo que ir va a haber elecciones dentro de un tiempo, y no-sé-quién aprovechará para inaugurar el hospital donde debería empezar a trabajar un día de estos, en plena campaña electoral, que siempre es rentable electoralmente aunque después la gente no vote o se amañen las elecciones. También parece ser que las contrataciones para el personal del hospital empezarían sobre septiembre, más o menos, pero no es seguro. Eso sí, después de dos meses me han dado una dirección de correo electrónico de la persona que será mi jefe, aunque me han dicho que quizás no sea la correcta, ya que hace unos días borró un par de cuentas y no saben si la que tengo está operativa o no. De todas formas ya me han advertido que consulta muy poco su correo electrónico.
 
Os lo cuento tal cual me lo han contado a mí. Bueno, lo de rentable electoralmente es cosecha propia, pero el resto es verídico. Así las cosas, el hecho que se me estropeara el portátil nuevo, comprado hace un mes, y que el empleado de atención al cliente me dijera que tengo que esperar unas dos semanas me ha sabido casi a gloria: al fín alguien que pone plazos más o menos serios. El trato del servicio técnico y post-venta de Acer os juro que me está sorprendiendo. Claro que hubiera agradecido mucho más no haber tenido que utilizarlo.
 
Para acabar de rematar, me llegan hoy mismo más noticias de allí. Joan me dice que hay unas mujeres de bandera (y yo en plena etapa mística) y hace un calor de mil diablos (con lo que me gustan a mi las temperaturas por encima de los 30º). ¿Se me nota mucho la cara de entusiasmo?
 
Bueno, os contaré un secretillo. Había una opción temporal mientras no se abre el hospital, que era ir a trabajar para la policía científica del estado. Sí, sí, lo que estáis pensando: CSI Morelia. Pero resulta que en vez de darme un Hummer como al de CSI Miami resulta que me daban formación militar. Qué queréis que os diga; uno ya no está para ciertos trotes y los que me conocéis sabéis de sobra qué opinión me merecen quienes llevan uniforme, de cualquier tipo (excepción hecha de las minifaldas plisadas a cuadros; fetichista que es uno).
 
Resumiendo. No sé si acabaré trabajando de algo relacionado con la psicología, pero tal como van las cosas estoy seguro que no me voy a aburrir, y puede que acabe tomando batidos de Valium, Tranxilium y Orfidal para desayunar.
 
 
Hoy no os pongo enlaces de musica. Estaba escuchando algunas canciones de Huapacha Combo (me parecía lo más adecuado dadas las circunstancias; incluso puede que sea demasiado serio para ese país, que es de chiste), pero las letras no aparecen en Internet.
 

Sunday, 1 July 2007

Más buenas noticias

 
Bueno, parece que últimamente estoy en racha. Mi tutor de prácticas del máster me ha llamado para decirme que sólo hay que hacerle unos pequeños retoques a la memoria. No se imagina lo mucho que se lo agradezco, porque ya voy justito de fuerzas y de ideas. Bueno, de esto último nunca he ido muy sobrado. Cuando escribo esto ya he modificado lo que tocaba y se lo he vuelto a mandar, a ver qué opina. He tenido mucha suerte de tenerle como tutor. En un campo profesional en el que me siento como un pingüino en un desierto consiguió implicarme de una manera muy especial. Quizás el hecho que ambos atravesáramos épocas un tanto difíciles en el ámbito personal ayudó mucho a la comunicación. De todos modos, es un profesional excelente y he aprendido mucho con él.
 
También es mi primer día de mis (cortas) vacaciones. Sólo duran hasta el viernes, pero me están sentando bien, por ahora. Aparte del tema de la memoria, lo he dedicado a seguir grabando discos para llevarme mi música de viaje, a hablar por teléfono con los amigos, a comprar cuatro cosas para quitarle las telarañas a la nevera y a pasear un rato cuando la temperatura lo permitía.
 
Otra buena noticia. El viernes me enteré que mi amigo Óscar ya está metido en la grabación del segundo disco de su banda. Me ha hecho una especial ilusión, aunque con un punto agridulce. En el primero me pidió que le ayudara con los teclados y así lo hice. Cuando me propuso lo mismo para el segundo tuve que decirle que no podía. En aquella época andaba demasiado liado y me supo fatal no echarle una mano, porque se merece todo el apoyo del mundo. No es que me entusiasme especialmente su música, pero sí la honestidad con la que la hace y, sobretodo, la ilusión que pone. Además, me parece un guitarrista con muchísima sensibilidad, y el primero que conozco cuyo talento es infinitamente superior a su ego. Y eso, tal como está el mundo del heavy hoy en día, me parece todo un mérito. Quizás mañana me escape al estudio de grabación, para animarle y para escuchar los esbozos de lo que será el disco. Aprovecharé para comer con la banda y el ingeniero de sonido, que es un tipo fantástico y un excelente profesional.
 
Quienes me conocen saben de mi pasión por la música. Ese ha sido el único punto gris de los últimos días: aceptar que será muy difícil componer, tocar el piano y cosas por el estilo cuando esté en México. Algún día, cuando haya digerido todo esto, quizás os cuente las cosas con más detalle, pero hoy prefiero dejarlo así.
 
La mejor noticia la dejo para el final, para irme con buen sabor de boca. El jueves me voy a un pueblecito del pirineo, escondido entre montañas, donde no hay cobertura de móvil y que parece sacado de un catálogo de juguetes. Es probablemente el lugar donde más tranquilo estoy; donde puedo hacer vacaciones incluso de mí mismo. Cuando me compré el coche solía escaparme algunos sábados por la mañana, pasaba unas horas allí para cargar las pilas y volvía como nuevo. Debe hacer un par de años que no voy y necesitaba volver antes de irme. Reconozco que no me apetecía demasiado ir solo, así que voy con una buena amiga a quien también le encanta ese pueblecito. Desde luego, tengo mucha suerte con los amigos. No os voy a decir aquí qué pueblo es. Quien lo quiera saber, que me lo pregunte.
 
Hoy tocaba escuchar algo suave. A estas horas de la noche y de vacaciones me ha dado por meditar acerca de lo que me viene encima y lo que dejo atrás.
 
 
 
 
 

Saturday, 30 June 2007

Yo te daré una noche azul

 
Ayer volví a montar a caballo después de 24 años. Hoy me duelen partes de mi cuerpo que desconocía que existieran. Es más, tengo la convicción que, siguiendo la máxima evolucionista de "la función crea el órgano", esta noche me han crecido órganos cuya única finalidad es dolerme. Más tarde, con las endorfinas aún paseando por mi cuerpo tras el paseo por el bosque, disfruté de una excelente cena en una masía: poca gente, maravillosa compañía y una sopa de cebolla como para hacerle la ola a la cocinera.
 
Hay noches especiales, y la de ayer lo fue. Muy especial. Una luna enorme bailando la danza de los velos con una niebla muy húmeda y un tanto fría que cubría el Tibidabo, mi ciudad (por ahora) y el tramo final del Llobregat. La noche pasaba y otros velos caían, lentamente, descubriendo conciencias, mostrando sentimientos, como finas gasas retiradas de una herida que necesita curarse.
 
Un amigo me decía hace unos días que, ahora que me iba, me preparara para ver como se abrían cajas de secretos que llevaban años cerradas. En esta semana ya se han abierto dos, y la de ayer fue especialmente emotiva. Antes de abrirlas, uno cree que querrá saber todo lo que esconden las cajas. Cuando empiezan a destaparse te sientes como un niño en un desván olvidado, con el afán por saberlo todo, por conocerlo todo. No es así en absoluto. A veces te basta con saber una o dos cosas que te conmuevan para hacerte dudar sobre si quieres -o debes- seguir mirando dentro. Ayer descubrí que los velos existen por algo y un afán desmedido por descubrirlo todo puede hacer más mal que bien, como ocurre en la historia del rajá de Alphonse Allais. Hay que dejar que caigan al ritmo de la danza, aunque sea tarde, y saborearlos uno a uno.
 
Hay tres máximas que procuro seguir desde hace años. La primera es decir siempre la verdad, porque es más fácil recordarla que la mentira. La segunda es no atribuirme el mérito o cargar con la culpa de algo que no haya hecho. Y la tercera es no perder la ocasión de decirle a alguien que le quiero, porque puede ser la última oportunidad que tenga. Sentirse amado, aunque sea tarde, reconforta.
 
Estoy muy contento, dolores varios aparte. En una semana dos personas me han regalado, entre otras cosas, su tiempo. Y en este tren de vida en el que vamos montados eso es todo un lujo. Me siento profundamente orgulloso de mis amigos. Aprendo muchísimas cosas de ellos y con ellos, me cuidan, me hacen sentir vivo y me dan mucho cariño: son casi todo lo que poseo. Echar la vista atrás y verlos ahí me hace sentir secretamente orgulloso y que no todo en mi vida ha sido un fracaso. Supongo que algo habré hecho bien para que sigan estando a pesar del tiempo transcurrido... y de mi carácter.
 
Llegué a casa a la hora azul, ese momento justo antes del alba en el que los animales nocturnos ya se han ido a dormir y los diurnos aún no se han despertado, y en el que todo está bañado de un extraño color azul e inmerso en un frágil y a la vez profundo silencio, ligeramente narcótico. Quiero quedarme con esta noche como recuerdo. Una noche azul, con un regusto entre relajante y agridulce, como el sabor de las victorias en batallas que no debieron librarse nunca. Nadie debería estar solo en la hora azul. Es el mejor momento para decirle a alguien que le quieres y prometerle con un beso que estarás allí cuando despierte.
 
 
Anoche ella me dijo que tirara la brújula. Cuando le pedí una razón me respondió que no tenía argumento racional alguno que darme, que era una sensación, lo que sintió al leer el blog. Yo ya me he decidido, pero me gustaría saber vuestra opinión.
 
 

Friday, 22 June 2007

Perder el Norte

 
Hoy he tenido un pequeño problema con mi navegador. Resulta que buscaba una dirección que existe físicamente, pero no consta en los mapas instalados, ni tampoco en las guías de calles. Al final he podido encontrarlo con la ayuda de un compañero que me ha dado alguna referencia útil.
 
Al volver a casa he decidido empezar a organizar las cosas que voy a guardar, las que voy a tirar y las que me voy a llevar de viaje, y he encontrado una brújula que me regaló mi última pareja. En un ejercicio de nostalgia, he abierto la caja de metal y he empezado a jugar con ella, dando vueltas. De pronto, me he dado cuenta que la brújula no funcionaba bien, marcaba justo al revés: el Este donde está el Oeste, el Norte donde está el Sur. Tal como acabó mi relación con quien me la regaló, tengo la tentación de pensar que lo hizo con toda la intención del mundo: así no hay manera de encontrarse. Quizás funcionó mientras yo creí que mi Norte estaba al Sur. Sea como sea, aún me estoy debatiendo entre tirarla por inútil (la brújula) o guardarla por nostálgico (yo); lo que es seguro es que no me la llevaré.
 
A veces sabemos dónde queremos llegar, pero no sabemos cómo. Otras veces sabemos cómo llegar, pero no sabemos dónde lo haremos. Tendremos suerte si no perdemos demasiado tiempo o fuerzas en ello, o si, aunque nos perdamos, lo que aprendemos en el camino vale la pena. Pero sin alguien que nos guie, que nos ayude cuando nos sintamos perdidos o que nos haga ver (aun a nuestro pesar) que estamos equivocados, el viaje no acabará bien. Porque ese alguien es quien, con toda seguridad, nos estará esperando sea donde sea que acabemos, y será quien nos tienda la mano y nos ayude a volver cuando nos hayamos perdido definitivamente. Sin quejas, sin reproches.
 
Me han dicho que mi modelo de navegador no funciona en México, pero no me preocupa: mis amigos siguen teniendo el mismo número de teléfono.
 
 
 

Saturday, 16 June 2007

Adiós, Barcelona

 
Hace apenas un par de horas que he acabado de leer "L'ombra del vent", de Carlos Ruiz Zafón. Me ha robado el sueño de dos noches, me ha hecho recordar mi llegada a la ciudad, me ha roto el corazón y me ha dejado naufragando en un mar de lágrimas.
 
Barcelona, mi Barcelona, no es la hechicera que dicen que fue. No lo ha sido jamás para mí. Tampoco es la Rosa de Fuego ni la ciudad rebelde y progresista. Lejos, muy lejos, queda la descripción de Engels: En ninguna otra ciudad del mundo se habían levantado tantas barricadas y desencadenado tantas revoluciones como en Barcelona. La Barcelona que dejo es una ciudad ciclotímica, en plena fase hipomaníaca, donde la Busca quiere ser la Biga; donde no quedan barricadas desde donde disparar y han sido sustituidas por carteles anunciando los precios en los bares, mobiliario urbano diverso y muchas, muchísimas promociones inmobiliarias. Es una ciudad pagada de si misma. Barcelona es mujer, por los cuatro costados, pero no la mujer que conocí hace 21 años. Entonces era una trabajadora con pocos pretendientes, una luchadora. Después la cortejaron demasiado, la quisieron maquillar, embellecer y dignificar... Y entre todos acabamos haciendo de ella una versión "fashion" de las putas del Chino que hacían su agosto con la visita de los barcos de la VI Flota americana, solo que ya no atracan esos barcos, sino cruceros, y a las putas hace mucho tiempo que las desalojaron del Chino y en su lugar ampliaron el Liceu. Cambiamos una puta honrada por una "escort" pretenciosa.
 
Quisiera ver la ciudad como la ve mi primo Pablo. Apenas lleva aquí algo más de un año, pero se le nota enamorado de la ciudad. Sabe que es en parte un escaparate y es capaz de ser crítico, pero me temo que llegó seducido por una idea de Barcelona que aún no ha desaparecido en su corazón o en su cabeza. Creo que está embelesado con ella, aunque le cueste reconocerlo. En cierto modo me siento como el amante despechado después de muchos años de relación tortuosa, del maldito amor-odio, de intentos contínuos por enamorarme, de sentirme seducido, de promesas demoradas una y otra vez. No tengo celos de mi primo, pero sí una sana envidia y aún soy capaz de reconocer en su voz la misma emoción que una vez sentí.
 
Soy consciente que yo tampoco soy el mismo, que 21 años son muchos (el tango miente), que por mi vida han pasado algunas Barcelonas hechas carne y que todo eso pasa factura. Pero no me creo un pesimista ni un nostálgico recalcitrante; sólo estoy tremendamente decepcionado. No quiero quedarme para ver como llega el otoño y el árbol de la euforia pierde sus hojas. No quiero ver a mi ciudad deprimida, y sé que sucederá tarde o temprano. Lo sé porque yo también soy un ciclotímico. Quizás ese sea el problema, que nuestros ciclos están desfasados.
 
El libro me ha devuelto a la Barcelona que amé, ha rescatado canciones que hacía tiempo que no escuchaba y me ha devuelto a mujeres que creía haber olvidado. Pero por encima de todo me ha recordado que me voy y me he sentido triste, infinitamente triste, por primera vez desde que decidí marcharme. Por primera vez y última.
 
Sólo ahora, con el corazón roto como solamente el amor sabe romperlo, he recordado el poema de Kavafis que me mandó Enma. A pesar de mis ojos llenos de amargura, o quizás gracias a ellos, he conseguido leerlo y comprenderlo.
 
El Dios abandona a Antonio
 
Cuando a medianoche se escuche
pasar una invisible comparsa
con música maravillosa y grandes voces,
tu suerte que declina, tus obras fracasadas
los planes de tu vida que resultaron errados
no llores vanamente.
Como un hombre preparado desde tiempo atrás,
como un valiente
di tu adiós a Alejandría, que se aleja.
No te engañes
no digas que fue un sueño.
No aceptes tan vanas esperanzas.
Como un hombre preparado desde tiempo atrás,
como un valiente
como corresponde a quien de tal ciudad fue digno
acércate con paso firme a la ventana,
y escucha con emoción -no con lamentos
ni ruegos de débiles- como último placer,
los sones, los maravillosos instrumentos de la
comparsa misteriosa
y di tu adiós a esa Alejandría
que pierdes para siempre.
Konstantinos Kavafis
Hace tiempo que en esta ciudad no queda sitio para quienes cambian el mundo a golpe de hacha. Canjeamos el orgullo por la autocomplacencia, y así nos va en nuestra jaula de oro.
 
 

Monday, 11 June 2007

Te echaré de menos

 
Me voy a vivir a México.
 
Así, sin preámbulos, sin matices, sin titubeos... Sin vaselina.
 
Tengo la sensación de estar tomando la decisión correcta. Claro que tampoco eran tantas las opciones. Estaba (¿estoy?) harto, muy harto, de la vida que llevaba. Todos los proyectos que he intentado en los últimos 5 años, tanto laborales como personales, se han ido al garete. Como dice Joan, a veces por falta de ganas, de fuerzas, de valor o de conocimientos, y otras por pura mala leche. Tenía previsto tomarme un año sabático y pensar en lo que quería ser de mayor; después mi padre me convenció de irme un año a Inglaterra, a probar fortuna. Y después salió la oferta mexicana.
 
No tengo especial ilusión, y creo que por dos motivos. El primero es que no quiero hacerme ilusiones de ningún tipo. Ya me he dado bastantes batacazos y no me apetece irme al suelo otra vez. Al menos hasta que me haya levantado del todo. El segundo es que, aún agradeciendo muchísimo la oportunidad, siempre le queda a uno la sensación de fracaso, de tener que irse porque no ha encontrado nada mejor aquí. Probablemente si buscara mejor encontraría alguna oportunidad en Barcelona o alrededores, pero creo que tampoco me apetece. Vuelvo a sentir la misma relación de amor-odio con mi ciudad. La misma que tuve al llegar hace casi 21 años. Tengo la sensación de haber llegado al final de un ciclo, como cuando decidí que mi vida no estaba en el pueblo y con 12 años tenía muy claro que quería irme de allí. Pues lo mismo ahora: no queda nada para mí aquí. Y si lo hay yo no lo veo, lo que viene a ser lo mismo.
 
Ahora ya lo sabéis. Os echaré de menos. No tengo ni idea de qué será de mi vida, así que no haré promesas que no pueda cumplir. Ojalá pudiera despedirme de todo el mundo, pero mucho me temo que será difícil. Espero volver a veros algún día, aunque tampoco lo puedo asegurar. Si podemos mantener el contacto ya será un éxito. Intentaré mantener actualizado este espacio, al menos para contar en la medida de lo posible cómo van las cosas. Conociendo mi dispersión y mi falta de disciplina, es más que probable que no lo consiga.
 
En fín. Por si no os vuelvo a ver, pero sobretodo por si os vuelvo a ver, quiero deciros que os quiero mucho y que me ha encantado hacer un tramo del viaje con vosotros. Quizás algún día coincidamos en otra estación y en otro trayecto, pero si no es así no pasa nada. Lo vivido no nos lo quita nadie.
 
¡Y yo que sólo miraba al oeste para ver las puestas de sol!
 
Besos,
 
Santi