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Saturday, 16 June 2007

Adiós, Barcelona

 
Hace apenas un par de horas que he acabado de leer "L'ombra del vent", de Carlos Ruiz Zafón. Me ha robado el sueño de dos noches, me ha hecho recordar mi llegada a la ciudad, me ha roto el corazón y me ha dejado naufragando en un mar de lágrimas.
 
Barcelona, mi Barcelona, no es la hechicera que dicen que fue. No lo ha sido jamás para mí. Tampoco es la Rosa de Fuego ni la ciudad rebelde y progresista. Lejos, muy lejos, queda la descripción de Engels: En ninguna otra ciudad del mundo se habían levantado tantas barricadas y desencadenado tantas revoluciones como en Barcelona. La Barcelona que dejo es una ciudad ciclotímica, en plena fase hipomaníaca, donde la Busca quiere ser la Biga; donde no quedan barricadas desde donde disparar y han sido sustituidas por carteles anunciando los precios en los bares, mobiliario urbano diverso y muchas, muchísimas promociones inmobiliarias. Es una ciudad pagada de si misma. Barcelona es mujer, por los cuatro costados, pero no la mujer que conocí hace 21 años. Entonces era una trabajadora con pocos pretendientes, una luchadora. Después la cortejaron demasiado, la quisieron maquillar, embellecer y dignificar... Y entre todos acabamos haciendo de ella una versión "fashion" de las putas del Chino que hacían su agosto con la visita de los barcos de la VI Flota americana, solo que ya no atracan esos barcos, sino cruceros, y a las putas hace mucho tiempo que las desalojaron del Chino y en su lugar ampliaron el Liceu. Cambiamos una puta honrada por una "escort" pretenciosa.
 
Quisiera ver la ciudad como la ve mi primo Pablo. Apenas lleva aquí algo más de un año, pero se le nota enamorado de la ciudad. Sabe que es en parte un escaparate y es capaz de ser crítico, pero me temo que llegó seducido por una idea de Barcelona que aún no ha desaparecido en su corazón o en su cabeza. Creo que está embelesado con ella, aunque le cueste reconocerlo. En cierto modo me siento como el amante despechado después de muchos años de relación tortuosa, del maldito amor-odio, de intentos contínuos por enamorarme, de sentirme seducido, de promesas demoradas una y otra vez. No tengo celos de mi primo, pero sí una sana envidia y aún soy capaz de reconocer en su voz la misma emoción que una vez sentí.
 
Soy consciente que yo tampoco soy el mismo, que 21 años son muchos (el tango miente), que por mi vida han pasado algunas Barcelonas hechas carne y que todo eso pasa factura. Pero no me creo un pesimista ni un nostálgico recalcitrante; sólo estoy tremendamente decepcionado. No quiero quedarme para ver como llega el otoño y el árbol de la euforia pierde sus hojas. No quiero ver a mi ciudad deprimida, y sé que sucederá tarde o temprano. Lo sé porque yo también soy un ciclotímico. Quizás ese sea el problema, que nuestros ciclos están desfasados.
 
El libro me ha devuelto a la Barcelona que amé, ha rescatado canciones que hacía tiempo que no escuchaba y me ha devuelto a mujeres que creía haber olvidado. Pero por encima de todo me ha recordado que me voy y me he sentido triste, infinitamente triste, por primera vez desde que decidí marcharme. Por primera vez y última.
 
Sólo ahora, con el corazón roto como solamente el amor sabe romperlo, he recordado el poema de Kavafis que me mandó Enma. A pesar de mis ojos llenos de amargura, o quizás gracias a ellos, he conseguido leerlo y comprenderlo.
 
El Dios abandona a Antonio
 
Cuando a medianoche se escuche
pasar una invisible comparsa
con música maravillosa y grandes voces,
tu suerte que declina, tus obras fracasadas
los planes de tu vida que resultaron errados
no llores vanamente.
Como un hombre preparado desde tiempo atrás,
como un valiente
di tu adiós a Alejandría, que se aleja.
No te engañes
no digas que fue un sueño.
No aceptes tan vanas esperanzas.
Como un hombre preparado desde tiempo atrás,
como un valiente
como corresponde a quien de tal ciudad fue digno
acércate con paso firme a la ventana,
y escucha con emoción -no con lamentos
ni ruegos de débiles- como último placer,
los sones, los maravillosos instrumentos de la
comparsa misteriosa
y di tu adiós a esa Alejandría
que pierdes para siempre.
Konstantinos Kavafis
Hace tiempo que en esta ciudad no queda sitio para quienes cambian el mundo a golpe de hacha. Canjeamos el orgullo por la autocomplacencia, y así nos va en nuestra jaula de oro.