Pages

Monday, 16 July 2007

Fin de semana agridulce

 
A veces la vida tiene sus golpes escondidos, algo así como noches de jazmín y mañanas de hiel.
 
Todo el viernes y el sábado por la mañana estuvimos paseando por la Barcelona antigua con mi prima de A Coruña y dos compañeras suyas. Una delicia reencontrarme y, muy probablemente, despedirme de la ciudad con un paseo por su historia, (re)descubriendo colores y olores (a veces nauseabundos) y procurando que mi aversión a las masas no se me notara demasiado. Fueron horas de vino y miel, de rosas y helechos, con esa languidez propia de los calores del verano.
 
El sábado al mediodía tuvo sabor a algodón de azúcar. Docenas de fotos a las hijas de mi prima. Me encanta ver el mundo a través de los ojos de los niños: todo parece más sencillo, más grande, mejor. No hay nada que se contagie más y más rápidamente que la risa de un niño. Lástima que, a medida que pasan los años, dejemos de reír tan a menudo.
 
Hoy no estoy demasiado fino para escribir. Las noticias que llegaron de Morelia el sábado por la noche no invitan a la alegría, precisamente. Todo el proceso se ha alargado hasta octubre o noviembre, y estoy demasiado escaldado como para ser optimista, aunque quienes están allí me digan que no hay de qué preocuparse. Creo que tendré que buscar planes alternativos. No me puedo permitir otro batacazo. No a estas alturas.
 
Esto de separar lo que uno deja atrás y lo que se lleva consigo tiene sus sorpresas. He encontrado viejas cartas; de amor y de desamor. Es gratificante darse cuenta que hay cosas que no cambian, y que aún soy capaz de sentir de la misma manera que lo hacía hace diez años.
 
He guardado las cartas en la caja de terciopelo, con la etiqueta "Desván".