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Sunday, 12 August 2007

Comiendo sashimi de vida a dos carrillos

 
Al sur de la frontera, al oeste del sol. Ese es el título del último libro que he devorado. Su autor, Haruki Murakami, tiene un estilo directo, crudo, descarnado. Es como comer ventresca de atún crudo, como saborear la vida en toda su intensidad. Empecé con "Tokio blues". Lo leí en un día de lluvia, el mes de agosto del año pasado. No pude soltarlo hasta acabarlo. Después vino "Kafka a la platja" y acabé pidiendo un día de asuntos propios para acabarlo. Este último me ha gustado más, si cabe. El hecho que el protagonista sea un tipo de mi edad, más o menos, con sus tribulaciones, buscando ubicarse en su mundo y enfrentándose a la soledad me ha acercado mucho más que los otros dos, y me ha dado más munición para seguir pensando qué quiero ser cuando sea mayor.
 
No es el único libro con el que estoy lidiando. Aprovechando una tarde de gasto compulsivo (aunque moderado) compré cinco libros de Fromm. El año pasado, en menos de 3 meses regalé "El miedo a la libertad" y alguien tomó prestado (sin intención de devolverlo) "L'art d'estimar", así que decidí que lo mejor que podía hacer era volver a comprarlos. Aparte de esos dos, aproveché la ocasión para hacerme con "Del tener al ser", "El corazón del hombre" y "Per una ètica humanística". No sé si me dará tiempo a leerlos todos antes de irme, pero son lo suficientemente pequeños para poder meterlos en algún rincón del equipaje.
 
A lo que iba. Estoy con "L'art d'estimar", una vez más. Me parece un libro absolutamente actual, quitando algún comentario que hoy resultaría políticamente incorrecto. Creo, como decía el añorado Antonio Caparrós, que Fromm tenía, si no todas, casi todas las respuestas. "Lee a Fromm; vuelve a Fromm. Ahí está todo", me dijo apenas unos días antes de que la parca decidiera privarle de su merecido retiro. Soy de la opinión de que no hay que lamentarse por perder a alguien excepcional, sino alegrarse de haberle conocido y recordar lo que se ha aprendido con él o ella, pero a veces la muerte es una hija de puta.
 
Pues eso, que estoy releyendo esa fabulosa obra para poder compartirla con alguien a quien quiero mucho y que me está regalando unos momentos increíbles. Además, me está despertando sensaciones que llevaban demasiado tiempo dormidas. Y un sentimiento nuevo. No sé si estoy enamorado. Si es así, no es como otras veces. Es mucho más sosegado, casi lento. Los miedos son los de siempre, y amplificados, pero también me siento más capaz de lidiar con ellos. Estoy más seguro de mí, y de ella. Por primera vez en dos años, tengo un apetito voraz, unas ansias enormes, de sensaciones. Pero no como un adicto, sino por el placer de sentirlas en toda su complejidad; por la necesidad de paladearlas. Sentarme en silencio con ella, a escuchar, a oler la noche. Sólo necesito eso. ¡Y al mundo que le den! No sé lo que pasará mañana, ni me preocupa demasiado. No pienso dejar que eso arruine ni uno solo de los minutos que paso a su lado. Creo que nos lo hemos dicho todo, y lo que callamos se sobreentiende, así que mejor no estropear el momento. No hay promesas imposibles de cumplir, así que no habrá reproches futuros. Hoy puedo decir que me siento feliz. No sólo satisfecho con mi vida, que también, sino feliz. ¿Mañana? Mañana será otro día y no sé lo que sucederá, pero hoy es hoy. Cuando mañana llegue ya veremos lo que hago. Como decía Einstein, no me preocupo por el futuro: llega demasiado deprisa.
 
Mientras escribo esto ha empezado a llover, como suele llover en esta ciudad: a trompicones y con mala leche; para joder. Me parece justo. Ya sé que siempre ha llovido así en esta parte de Catalunya, pero prefiero pensar que es la manera que tiene de vengarse de quienes la han convertido en lo que es ahora. A ver si a golpe de manguera se le acaba quitando el barniz...
 
La lluvia me hace sentir eufórico. No soporto el calor, y menos el bochorno previo a las tormentas de verano, así que cuando se pone a llover, sobretodo con este viento, es como si me liberara. Es el momento ideal para prepararse un té y ponerse a leer. Lástima que tenga que madrugar.
 
Me sentaría en un sofá contigo, a tu lado, con George Winston de fondo, muy bajito, para poder escuchar el ruido que haces al respirar mientras lees apoyada en mi regazo. Me apetece compartir el libro hasta que uno de los dos decida cerrarlo, vencido por el sueño o por el anhelo de abrazar al otro.
 
 
Ignoro qué pasará mañana, pero esta noche no quiero dormir.