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Thursday, 23 August 2007

De cabeza y sin mirar

 
Pues sí. Más de diez días sin escribir nada en este cutre-blog. La verdad es que ni me he acordado que existía.
 
¿Que qué ha pasado? Nada, que soy un bocazas. Cuando decidí aceptar lo de México juré y perjuré que no haría ninguna tontería que impidiera mi marcha. Por supuesto, nada de liarme con nadie; en este tipo de situaciones siempre te acabas haciendo daño y, lo que es peor, haciéndoselo a otras personas.
 
Así pues se me llenó la boca de grandes propósitos… hasta que me enamoré. Ya ves tú qué gilipollez ir ladrando por ahí chorradas del tipo “ya no estoy en el mercado”, “he de centrarme en el nuevo proyecto” o “una relación ahora estaría condenada al fracaso”. Ya te daré yo a ti fracaso, anormal. No hay mayor fracaso que no querer ver lo que tienes delante.
 
Me hace gracia la gente que para escurrir el bulto ante una toma de decisiones y como queriendo esconder la cobardía sueltan eso de “no es el momento oportuno”. ¡Pues ya me dirás tú cuando es el momento oportuno! El momento es el que es. Si te entra el miedo, no quieres o no te atreves, dilo, pero no culpes al momento de tu cobardía. El momento es aquí y ahora. La vida no pide permiso: o te subes al tren que pasa o lo pierdes, eso si no se te lleva por delante.
 
La conozco desde hace más de diez años. Siempre ha estado ahí, en mayor o menor medida. Me hace reir, me hace pensar, conoce mis defectos (para eso ha necesitado los diez años), me cuida como pocas personas saben hacerlo y aún se acuerda de cómo nos conocimos. Y todo y con eso, me quiere. Es curioso. A veces nos pasamos la vida buscando la persona que nos haga sentir algo especial y no dedicamos ni unos minutos a mirar a las personas que ya estan ahí; que han estado a nuestro lado desde siempre.
 
Sí, me he enamorado, ¿qué pasa? ¿Que me voy dentro de 45 o 60 días? Ya lo sabemos. Y yo no me quería perder la sensación de volverme a enamorar. Ya sé que si las cosas salen mal me va a doler, pero es que la vida duele. Si alguien pretende pasar por ella de rositas, esquivando el sufrimiento y persiguiendo solamente el placer es que no sabe lo que le espera. Vosotros, sí, vosotros. Los que perseguís el placer a cualquier precio y esquiváis el sufrimiento cueste lo que cueste. O los que sólo valoráis la vida en función del resultado. Tengo una noticia para vosotros: al final nos morimos. Siento explicaros el final de la película, pero es para que os vayáis acostumbrando. Si os queréis hartar de palomitas mientras dejáis pasar la vida es asunto vuestro. Yo prefiero salirme del cine y vivirla en toda su intensidad: lo que me gusta y lo que no.
 
Por eso no quería privarme del placer de enamorarme. No tengo ni idea de lo que durará, pero yo me lo merezco, y ella también. Ambos nos merecemos no guardarnos un beso para mañana, o un abrazo, o un “te quiero”. Nos merecemos no andar con miedo a qué pasará. Lo que pasará lo decidiremos nosotros. Mientras llega el mañana, yo he decidido enamorarme, tirarme a la piscina desde el trampolín más alto de todos (cuando me pongo chulo me doy asco a mí mismo, de verdad). Cuando haya saltado ya veremos si hay agua en la piscina. Al fín y al cabo, eso es lo de menos. Lo que realmente nos hace sentir vivos es la intriga, la emoción del salto.
 
Ahora ya sabéis por qué no he escrito nada en diez días. No queráis ahora despistar, que sé que entráis de vez en cuando, aunque no digáis nada.
 
 
Por cierto, ya puestos a pedir, sería fantástico que alguna vez hubiera agua en la piscina, ¿no?