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Tuesday, 18 September 2007

E logo ti... de quen ves sendo?

Siento el silencio de estos días, pero he estado demasiado entretenido para ponerme a escribir y en los pocos momentos libres que he tenido la verdad es que no he estado muy inspirado.
Me he escapado a Galiza, a despedirme de mis primos de A Coruña (a mí me gusta más la grafía A Corunha, pero bueno). Como decía Castelao, ”Galiza é matria”. A los que no lo sepáis aún, mi madre es gallega, y después de cuarenta años fuera de su tierra se le sigue notando en el acento. Recuerdo que los viajes que hacía de pequeño con mis padres a la tierra de mi madre eran un auténtico calvario: todo el mundo quería que fueras a comer/merendar/cenar a su casa. Como el tiempo es limitado, acabábamos comiendo dos veces, merendando tres y cenando otras dos. Y no estoy hablando de comidas ligeras, precisamente. Ya se sabe, esa hospitalidad gallega un tanto especial, que puede halagar mucho, pero que a mí me empalaga. Os juro que acabé harto, literal y metafóricamente hablando.
Me cansé de Galiza, la verdad. Jamás encontré mi sitio en aquellas tierras ni entre aquellas gentes. Hasta que la redescubrí hace unos años. Desde entonces, he ido acercándome poco a poco, como quien quiere pasar desapercibido y no quiere que le atosiguen. He descubierto el daño que hacen los bosques de eucaliptus, los accidentes de los petroleros, el blanqueo de dinero del narcotráfico y los gobiernos del PP. A la vez, he descubierto el pasado político de mi abuelo, el carácter luchador y superviviente de unas gentes que no dan su opinión más a menudo porque en muchos casos temen salir escaldados, la lucha de algunas (demasiado pocas) personas para mantener vivas la lengua y la cultura propias, la lluvia nocturna en Compostela, las puestas de sol en Riazor o en Fisterra o el sacrificio de los percebeiros y las mariscadoras (no discutáis jamás el precio de los percebes gallegos: no os imagináis lo que cuesta arrancárselos al mar). Y también he descubierto personas que me quieren, aunque lo digan a su manera.
He vuelto con la sensación de que he conseguido encontrar la parte de alma atlántica que me pertenece, con un montón de fotografías, con los momentos de esas personas que me quieren y a quienes quiero, y con las miradas (unha mirada meiga deses teus ollos), las risas y los besos de Lucía y Alba, las hijas de mi prima. Sólo por eso ya merecía la pena ir, y merece la pena volver.
Pero también necesitaba volver a casa y sentir los abrazos y los besos de Ana. Ahora ya sabéis su nombre. Probablemente no os importe saberlo, pero yo necesitaba decirlo. Últimamente es como si navegara en una embarcación un tanto frágil en medio de una tormenta tras otra. No es que me importe, todo lo contrario, pero de vez en cuando necesito darme un descanso y fondear en algún lugar tranquilo: a veces es desahogarme con alguien que me escucha, otras veces escuchar música y otras ponerle nombre a las personas, los sentimientos y las emociones. Hablar en voz alta, escribir, compartir con los demás, hace que todo se vuelva más real, para bien o para mal, como si antes sólo existiera en la cabeza de uno. Es como el chiste del náufrago y Claudia Schiffer (si no lo sabéis lo buscáis en el Google, que para eso está) o como el árbol que cae en medio del bosque pero no lo ve ni oye nadie.
Pues eso, que necesitaba volver con Ana. Porque me hace sentir vivo, porque me hace sentir querido, porque permite que afloren mis fantasmas y, a la vez, me da fuerzas para bailar con ellos y, poco a poco, ver que no son tan terribles. Porque me ayuda a dejar tras la puerta de entrada todo aquello que es superficial; porque me despide y me recibe con una sonrisa. Porque me gusta la persona que veo reflejada en sus ojos cuando me miro en y a través de ellos. Joan tenía razón: no soy el mismo de hace apenas unos meses.
Se han vuelto a llevar el portátil al servicio técnico. Espero que me lo sustituyan por otro nuevo, pero, sorprendentemente, estoy mucho menos cabreado de lo que cabría esperar en mí. Si me siento inspirado os lo cuento otro día.
Os dejo una foto de la costa de A Coruña. La máquina fotográfica es alucinante (gràcies, Tete), pero el fotógrafo sigue siendo un negado, así que escapaos cuando podáis, subid al Monte San Pedro y disfrutad de las vistas, el viento y el mar.