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Sunday, 2 September 2007

Te debía un café, pero sólo tengo esto

 
Ha muerto Juan Donaire. Le tuve como profesor de Física y tutor en COU. Era una de esas personas francas y directas, que te miraba a los ojos cuando hablaba y te obsequiaba con una sonrisa sarcástica cuando pretendía pincharte o no se creía tus excusas, pero también con una sonrisa abierta y honesta, de esas que te llegan, cuando algo le parecía divertido. Eso sí, siempre guardando las formas, aunque en ocasiones se le notara que le gustaría traspasar esa línea que separa el protocolo de la complicidad. ¿O es que la estaba traspasando?
 
Pero era mucho más que eso. Él y su esposa (Mercedes, profesora de Química y casi más una madre que una profesora) son los padres de quien fue un buen amigo durante mucho tiempo, aunque últimamente nos hayamos distanciado. Recuerdo algunas anécdotas, como cuando me pilló haciendo novillos en el bar del instituto y acabó invitándome a un café mientras charlábamos de lo humano y lo divino. O como cuando nos presentamos Paco y yo a las 7 de la mañana en su casa para consultarle unas dudas a su esposa unas horas antes del exámen final de Química. No nos dejaron ir hasta que no tuvimos ninguna duda... y hasta que aceptamos desayunar como uno más de sus seis hijos.
 
Y nos dieron mucho más durante los cuatro años que compartimos. Nos dieron apoyo moral, un hombro donde llorar cuando las cosas no iban bien, alguna que otra colleja espiritual para que espabiláramos cuando nos dormíamos en los laureles y, sobretodo, muchísimo respeto siempre.
 
Soy un tipo afortunado en muchos sentidos. Uno de ellos es que en mi vida he encontrado muchas personas interesantes que me han aportado elementos esenciales para desarrollarme como persona. No me corresponde a mí decir si esos elementos han servido para algo en mi caso, pero les agradezco muchísimo que, en una época en la que uno está buscando desesperadamente su sitio en el mundo, me enseñaran cosas que no están en los libros. Puedo decir que he tenido profesores y también he tenido maestros. Juan era ambas cosas.
 
Hacía apenas unos meses que se había jubilado y, aunque no le veía desde tiempo atrás, estoy seguro que disfrutaba de su tiempo. Se lo había ganado a pulso durante muchos años. Hace unos días os decía que la muerte es una hija de puta. Sé que esa expresión le disgustaba profundamente a Juan, pero la mantengo. El mundo, este mundo terriblemente tacaño con el esfuerzo y tan dado al premio fácil, ha perdido a una persona recta y justa. Personalmente he perdido una de las personas que me guiaron en los tiempos difíciles. Sé que nada dura eternamente, pero hubiera preferido cruzar el charco dejando aquí mi pasado intacto. Como hubiera dicho él, mi tristeza por su pérdida es directamente proporcional a mi alegría por haberle conocido.
 
Hoy no hay música, lo siento. Ronda en mi cabeza el susurro del viento en los pinos y el murmullo de las olas batiendo en las rocas, en esos días en los que el temporal de levante pintaba de gris el cielo y te incitaba como sirenas con su canto a saltarte las clases del instituto.
 
 
Ya me gustaría haber encontrado mi lugar en el mundo, pero al menos no he acabado en cualquier parte. Gracias por todo, Juan.