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Thursday, 29 November 2007

¿A quien amas tú?

 

Tengo un día inusualmente melancólico. No sé si ha sido el tener que caminar por esta ciudad o la música que escuchaba mientras caminaba, pero en un momento determinado me ha invadido una súbita tristeza.

 

Caminaban juntos de la mano. Él cabizbajo, como abatido. Ella no dejaba de mirarle con infinita ternura, con unos ojos marcadamente vidriosos y una leve sonrisa en su rostro. Con las manos que tenían libres estiraban sendos carritos, con sus escasas pertenencias: un par de mantas, unas bolsas de basura que escondían el contenido, una botella de refresco y un tetrabrik de vino barato. Caminaban arrastrando los pies, con el paso propio de quien no tiene prisa por llegar a ninguna parte porque nada ni nadie le espera.

Debía tener unos 70 años, más o menos. A sus pies, unos paquetes de pañuelos de papel y un letrero hecho con un cartón y escrito a mano. “Se solicita una ayuda. Gracias”. Abrigado con una fina chaqueta de punto algo raída, sentado al sol, con los brazos cruzados sobre el pecho para no perder calor. Barba de dos días, canosa, y unas gafas de pasta gruesa, con las patillas sujetas por esparadrapo. Los zapatos, viejos pero muy cuidados. Los ojos, pequeños y apagados, mirando al suelo, como temerosos.

 

Escribo esto sentado en un banco de piedra del Passeig de Gràcia, viendo a la gente correr arriba y abajo. Algunos hablando por el móvil. Otros parados ante los escaparates y vitrinas de una joyería de lujo o de las tiendas de moda más exclusiva. Quizás están escogiendo su próximo regalo, el siguiente cromo que añadir a su álbum. Puertas adentro, ajenos al ajetreo, los dependientes agasajan a los clientes con la mejor de sus sonrisas, ensayada hasta la saciedad. Somos un país de nuevos ricos. De ricos que han confundido el valor con el precio.

 

Me ha dado por pensar en lo que tuve, en lo que perdí y en lo que dejé escapar. En lo que jamás tendré y en lo que llevo toda una vida buscando. Creo que nada de todo eso puede comprarse con dinero, así que no sé qué narices hago yo sentado en este maldito banco, frente a esos cristales incólumes. Siento que no es mi sitio, que esto no es real, que es sólo un escaparate y que la vida real, la que siento como propia, la que te da un revolcón a la que te descuidas, está en otros lugares.

Está en la mirada ebria y enamorada de la vagabunda. Está en los zapatos del viejo, última trinchera de su dignidad.

Está en todos y cada uno de los sufrimientos de mis amigos, de la gente que quiero. En cada uno de sus miedos, de sus fantasmas. En cada espina de su corazón, en cada herida de su orgullo. Ojalá pudiera hacerles ver que hay otra manera de vivir, que la vida es otra cosa, que de ellos depende sanar esas heridas, que cada cicatriz te enseña algo de un valor incalculable y que pretender que no existen es el primer paso para que se infecten.

Ojalá pudiera ayudarles a encontrar algo parecido a la felicidad, pero solamente puedo estar ahí y quererles. A mi manera, pero quererles.

Me sumerjo en la corriente humana, con un nudo en la garganta, los auriculares puestos y la música muy alta. Me siento como un náufrago en un mar multicolor, con reflejos de gafas de sol y cristales ahumados. Pienso en todo lo que tengo, que no es mucho pero es bastante y me pregunto cuántos necesitan lo que yo tengo. Ojalá pudiera dárselo, pero no es mío. Como casi todo lo que realmente poseo, no puedo darlo, venderlo o regalarlo; sólo puedo compartirlo. Me abrazo a esa sensación como a una tabla de salvación mientras avanzo por la corriente y apresuro el paso, confiando en llegar a casa antes de que no pueda contener las lágrimas.

   

Nos pasamos la vida buscando que nos quieran, pero con demasiada frecuencia no nos dejamos.

 

 

 

Telegraph Road, Dire Straits