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Thursday, 20 December 2007

El último golpe

 

Empecé este blog hace algo más de seis meses, sin saber hasta cuando sería capaz de mantenerlo. Hoy escribo esta entrada sin fuerzas y muy jodido. Y no sé si será la última que escriba.

Después de unos días de espera he recibido respuesta de México, y las últimas esperanzas que tenía de desempatar el tema y tener fecha para mi marcha se han desvanecido. La idiosincrasia de aquel país, unida a circunstancias personales muy desagradables de la gente que desde allí gestionaba mi marcha, han desembocado en la más absoluta de las incertidumbres. Sigue sin haber fecha, pero lo peor de todo es que ahora tampoco dicen si cuentan conmigo o no. Nada de nada.

En la primera entrada ya os dije que no quería hacerme ilusiones, porque no me apetecía irme al suelo otra vez. A medida que iba pasando el tiempo era inevitable sentirse más y más implicado. Os prometo que no es fácil hacerse a la idea de marchar y dejarlo todo atrás. Implica todo un proceso de desapego, de asimilar que uno se va sin fecha de vuelta, de apretar los puños y no mirar atrás. A medida que pasaba el tiempo me iba haciendo a la idea, me iba ilusionando con el nuevo proyecto, con mi nuevo futuro incierto y estimulante. Eso durante el día, porque por las noches… Más de una y más de dos me las he pasado llorando al recordar todo lo vivido y asumiendo que lo dejaba atrás. He llorado de pena, de rabia, de cansancio. Ha sido muy, muy duro. Y os aseguro que alguna de esas noches he pensado si realmente valía la pena renunciar a tantas cosas. Esta noche es la impotencia la que me hace llorar.

No puedo seguir esperando noticias de México. Puede que digan algo la semana que viene, o el mes que viene, o el año que viene. O puede que no vuelvan a decir jamás nada. No puedo esperar eternamente.

Espero y deseo que mañana, al despertar, vea las cosas de otra manera, pero mucho me temo que no será así. Todo este proceso me ha hecho dar pasos que no tienen vuelta atrás. Me ha ayudado a ver con claridad que hay aspectos en mi vida que no puedo sostener por más tiempo. Pero todo eso no ha salido gratis. Ahora más que nunca estoy en tierra de nadie. No tengo lugar alguno al que ir, pero tampoco puedo regresar al lugar de donde vengo. Mentalmente ya me he ido de todos los sitios que conocía: el trabajo, la ciudad, muchas de las personas a las que quiero. Ya me había despedido de todo eso, con todo el dolor del mundo, pero decidido a no mirar atrás, con la vista fija en el destino. Pero el destino ha desaparecido. De hecho, no es que haya desaparecido exactamente, es que nadie sabe si el destino está o no está. Y no es un espejismo, no. No es que alguien creyera que existía la posibilidad, sino que era concreta, real. Tampoco se puede culpar a nadie, y lidiar con eso es muy difícil. En el último post comentaba que muchos de los eventos vitales no son necesariamente extraordinarios, pero algunos joden mucho. Este es uno más en mi colección. No hay nadie a quien culpar y visto objetivamente no es el fin del mundo, pero las consecuencias que tiene para mi son terriblemente duras.

Jamás me he sentido tan perdido como en este preciso momento. Sé que tengo que tomar una decisión, que tengo que moverme, pero no tengo ni idea de hacia donde caminar. Además, estoy agotado, física y mentalmente. Lo único que me apetece es hacerme un ovillo en la cama, taparme con el edredón, apagar los teléfonos y no despertar.

Sin solución de continuidad, esta misma noche ya he empezado la lista de posibles salidas. No lo he hecho solo, como podeis suponer. Hubiera sido incapaz. Me cuesta ordenar los pensamientos, me agobia tener decisiones por tomar. Todas ellas implican empezar de nuevo. Otra vez hacer todo el camino, esta vez de vuelta, pero más cansado, sin un atisbo de ilusión y preguntándome una y otra vez en voz baja para qué servirá tanto esfuerzo, tanto trabajo. Y el tiempo, implacable, apremiando.

Ya había empaquetado mis enseres; decidido las cosas que tiro, las que conservo, las que regalo. Había aprendido a guardar los besos, los abrazos. Había tirado la brújula. Había llegado a un pacto con la nostalgia y los recuerdos...

No me siento un fracasado, pero estoy muy cansado de ser un perdedor, de que mi vida esté tan desequilibrada en algunos aspectos y que no haya manera de centrarse. Creo que me salvan los amigos, las personas que están más cerca, que viven todo esto desde la trinchera y no desde la barrera, que me ven sufrir y me aguantan, me empujan y me animan. Sin ellos hace tiempo que me habría dado por vencido. En este momento tengo la sensación de que creen en mí muchísimo más que yo mismo. Jamás he creido en la suerte. Siempre he dicho que la suerte era para los tontos, y que los demás teníamos que trabajar. Pero a estas alturas del partido me asalta la duda. ¿De qué cojones sirve tanto trabajo, tanto esfuerzo? ¿Para qué trabajar tanto, si el resultado habría sido el mismo si no hubiera hecho nada?

No le pido una sonrisa a la vida. Ni siquiera una de esas zalameras que me hacían seguir en la brecha, creyendo –iluso de mí- que me tenía reservada alguna sorpresa agradable. No, no le pido una sonrisa, ni una caricia, ni un guiño. Ni siquiera las migas del pastel con las que me he conformado hasta ahora.

Jamás le he pedido nada pero hoy, a la vida, sólo le pido un respiro, un descanso. Por favor.

 

Gracias por haber estado ahí.

 

The Boxer, Simon & Garfunkel

   

 

 

20060714-jaque