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Saturday, 30 June 2007

Yo te daré una noche azul

 
Ayer volví a montar a caballo después de 24 años. Hoy me duelen partes de mi cuerpo que desconocía que existieran. Es más, tengo la convicción que, siguiendo la máxima evolucionista de "la función crea el órgano", esta noche me han crecido órganos cuya única finalidad es dolerme. Más tarde, con las endorfinas aún paseando por mi cuerpo tras el paseo por el bosque, disfruté de una excelente cena en una masía: poca gente, maravillosa compañía y una sopa de cebolla como para hacerle la ola a la cocinera.
 
Hay noches especiales, y la de ayer lo fue. Muy especial. Una luna enorme bailando la danza de los velos con una niebla muy húmeda y un tanto fría que cubría el Tibidabo, mi ciudad (por ahora) y el tramo final del Llobregat. La noche pasaba y otros velos caían, lentamente, descubriendo conciencias, mostrando sentimientos, como finas gasas retiradas de una herida que necesita curarse.
 
Un amigo me decía hace unos días que, ahora que me iba, me preparara para ver como se abrían cajas de secretos que llevaban años cerradas. En esta semana ya se han abierto dos, y la de ayer fue especialmente emotiva. Antes de abrirlas, uno cree que querrá saber todo lo que esconden las cajas. Cuando empiezan a destaparse te sientes como un niño en un desván olvidado, con el afán por saberlo todo, por conocerlo todo. No es así en absoluto. A veces te basta con saber una o dos cosas que te conmuevan para hacerte dudar sobre si quieres -o debes- seguir mirando dentro. Ayer descubrí que los velos existen por algo y un afán desmedido por descubrirlo todo puede hacer más mal que bien, como ocurre en la historia del rajá de Alphonse Allais. Hay que dejar que caigan al ritmo de la danza, aunque sea tarde, y saborearlos uno a uno.
 
Hay tres máximas que procuro seguir desde hace años. La primera es decir siempre la verdad, porque es más fácil recordarla que la mentira. La segunda es no atribuirme el mérito o cargar con la culpa de algo que no haya hecho. Y la tercera es no perder la ocasión de decirle a alguien que le quiero, porque puede ser la última oportunidad que tenga. Sentirse amado, aunque sea tarde, reconforta.
 
Estoy muy contento, dolores varios aparte. En una semana dos personas me han regalado, entre otras cosas, su tiempo. Y en este tren de vida en el que vamos montados eso es todo un lujo. Me siento profundamente orgulloso de mis amigos. Aprendo muchísimas cosas de ellos y con ellos, me cuidan, me hacen sentir vivo y me dan mucho cariño: son casi todo lo que poseo. Echar la vista atrás y verlos ahí me hace sentir secretamente orgulloso y que no todo en mi vida ha sido un fracaso. Supongo que algo habré hecho bien para que sigan estando a pesar del tiempo transcurrido... y de mi carácter.
 
Llegué a casa a la hora azul, ese momento justo antes del alba en el que los animales nocturnos ya se han ido a dormir y los diurnos aún no se han despertado, y en el que todo está bañado de un extraño color azul e inmerso en un frágil y a la vez profundo silencio, ligeramente narcótico. Quiero quedarme con esta noche como recuerdo. Una noche azul, con un regusto entre relajante y agridulce, como el sabor de las victorias en batallas que no debieron librarse nunca. Nadie debería estar solo en la hora azul. Es el mejor momento para decirle a alguien que le quieres y prometerle con un beso que estarás allí cuando despierte.
 
 
Anoche ella me dijo que tirara la brújula. Cuando le pedí una razón me respondió que no tenía argumento racional alguno que darme, que era una sensación, lo que sintió al leer el blog. Yo ya me he decidido, pero me gustaría saber vuestra opinión.
 
 

Friday, 22 June 2007

Perder el Norte

 
Hoy he tenido un pequeño problema con mi navegador. Resulta que buscaba una dirección que existe físicamente, pero no consta en los mapas instalados, ni tampoco en las guías de calles. Al final he podido encontrarlo con la ayuda de un compañero que me ha dado alguna referencia útil.
 
Al volver a casa he decidido empezar a organizar las cosas que voy a guardar, las que voy a tirar y las que me voy a llevar de viaje, y he encontrado una brújula que me regaló mi última pareja. En un ejercicio de nostalgia, he abierto la caja de metal y he empezado a jugar con ella, dando vueltas. De pronto, me he dado cuenta que la brújula no funcionaba bien, marcaba justo al revés: el Este donde está el Oeste, el Norte donde está el Sur. Tal como acabó mi relación con quien me la regaló, tengo la tentación de pensar que lo hizo con toda la intención del mundo: así no hay manera de encontrarse. Quizás funcionó mientras yo creí que mi Norte estaba al Sur. Sea como sea, aún me estoy debatiendo entre tirarla por inútil (la brújula) o guardarla por nostálgico (yo); lo que es seguro es que no me la llevaré.
 
A veces sabemos dónde queremos llegar, pero no sabemos cómo. Otras veces sabemos cómo llegar, pero no sabemos dónde lo haremos. Tendremos suerte si no perdemos demasiado tiempo o fuerzas en ello, o si, aunque nos perdamos, lo que aprendemos en el camino vale la pena. Pero sin alguien que nos guie, que nos ayude cuando nos sintamos perdidos o que nos haga ver (aun a nuestro pesar) que estamos equivocados, el viaje no acabará bien. Porque ese alguien es quien, con toda seguridad, nos estará esperando sea donde sea que acabemos, y será quien nos tienda la mano y nos ayude a volver cuando nos hayamos perdido definitivamente. Sin quejas, sin reproches.
 
Me han dicho que mi modelo de navegador no funciona en México, pero no me preocupa: mis amigos siguen teniendo el mismo número de teléfono.
 
 
 

Saturday, 16 June 2007

Adiós, Barcelona

 
Hace apenas un par de horas que he acabado de leer "L'ombra del vent", de Carlos Ruiz Zafón. Me ha robado el sueño de dos noches, me ha hecho recordar mi llegada a la ciudad, me ha roto el corazón y me ha dejado naufragando en un mar de lágrimas.
 
Barcelona, mi Barcelona, no es la hechicera que dicen que fue. No lo ha sido jamás para mí. Tampoco es la Rosa de Fuego ni la ciudad rebelde y progresista. Lejos, muy lejos, queda la descripción de Engels: En ninguna otra ciudad del mundo se habían levantado tantas barricadas y desencadenado tantas revoluciones como en Barcelona. La Barcelona que dejo es una ciudad ciclotímica, en plena fase hipomaníaca, donde la Busca quiere ser la Biga; donde no quedan barricadas desde donde disparar y han sido sustituidas por carteles anunciando los precios en los bares, mobiliario urbano diverso y muchas, muchísimas promociones inmobiliarias. Es una ciudad pagada de si misma. Barcelona es mujer, por los cuatro costados, pero no la mujer que conocí hace 21 años. Entonces era una trabajadora con pocos pretendientes, una luchadora. Después la cortejaron demasiado, la quisieron maquillar, embellecer y dignificar... Y entre todos acabamos haciendo de ella una versión "fashion" de las putas del Chino que hacían su agosto con la visita de los barcos de la VI Flota americana, solo que ya no atracan esos barcos, sino cruceros, y a las putas hace mucho tiempo que las desalojaron del Chino y en su lugar ampliaron el Liceu. Cambiamos una puta honrada por una "escort" pretenciosa.
 
Quisiera ver la ciudad como la ve mi primo Pablo. Apenas lleva aquí algo más de un año, pero se le nota enamorado de la ciudad. Sabe que es en parte un escaparate y es capaz de ser crítico, pero me temo que llegó seducido por una idea de Barcelona que aún no ha desaparecido en su corazón o en su cabeza. Creo que está embelesado con ella, aunque le cueste reconocerlo. En cierto modo me siento como el amante despechado después de muchos años de relación tortuosa, del maldito amor-odio, de intentos contínuos por enamorarme, de sentirme seducido, de promesas demoradas una y otra vez. No tengo celos de mi primo, pero sí una sana envidia y aún soy capaz de reconocer en su voz la misma emoción que una vez sentí.
 
Soy consciente que yo tampoco soy el mismo, que 21 años son muchos (el tango miente), que por mi vida han pasado algunas Barcelonas hechas carne y que todo eso pasa factura. Pero no me creo un pesimista ni un nostálgico recalcitrante; sólo estoy tremendamente decepcionado. No quiero quedarme para ver como llega el otoño y el árbol de la euforia pierde sus hojas. No quiero ver a mi ciudad deprimida, y sé que sucederá tarde o temprano. Lo sé porque yo también soy un ciclotímico. Quizás ese sea el problema, que nuestros ciclos están desfasados.
 
El libro me ha devuelto a la Barcelona que amé, ha rescatado canciones que hacía tiempo que no escuchaba y me ha devuelto a mujeres que creía haber olvidado. Pero por encima de todo me ha recordado que me voy y me he sentido triste, infinitamente triste, por primera vez desde que decidí marcharme. Por primera vez y última.
 
Sólo ahora, con el corazón roto como solamente el amor sabe romperlo, he recordado el poema de Kavafis que me mandó Enma. A pesar de mis ojos llenos de amargura, o quizás gracias a ellos, he conseguido leerlo y comprenderlo.
 
El Dios abandona a Antonio
 
Cuando a medianoche se escuche
pasar una invisible comparsa
con música maravillosa y grandes voces,
tu suerte que declina, tus obras fracasadas
los planes de tu vida que resultaron errados
no llores vanamente.
Como un hombre preparado desde tiempo atrás,
como un valiente
di tu adiós a Alejandría, que se aleja.
No te engañes
no digas que fue un sueño.
No aceptes tan vanas esperanzas.
Como un hombre preparado desde tiempo atrás,
como un valiente
como corresponde a quien de tal ciudad fue digno
acércate con paso firme a la ventana,
y escucha con emoción -no con lamentos
ni ruegos de débiles- como último placer,
los sones, los maravillosos instrumentos de la
comparsa misteriosa
y di tu adiós a esa Alejandría
que pierdes para siempre.
Konstantinos Kavafis
Hace tiempo que en esta ciudad no queda sitio para quienes cambian el mundo a golpe de hacha. Canjeamos el orgullo por la autocomplacencia, y así nos va en nuestra jaula de oro.
 
 

Monday, 11 June 2007

Te echaré de menos

 
Me voy a vivir a México.
 
Así, sin preámbulos, sin matices, sin titubeos... Sin vaselina.
 
Tengo la sensación de estar tomando la decisión correcta. Claro que tampoco eran tantas las opciones. Estaba (¿estoy?) harto, muy harto, de la vida que llevaba. Todos los proyectos que he intentado en los últimos 5 años, tanto laborales como personales, se han ido al garete. Como dice Joan, a veces por falta de ganas, de fuerzas, de valor o de conocimientos, y otras por pura mala leche. Tenía previsto tomarme un año sabático y pensar en lo que quería ser de mayor; después mi padre me convenció de irme un año a Inglaterra, a probar fortuna. Y después salió la oferta mexicana.
 
No tengo especial ilusión, y creo que por dos motivos. El primero es que no quiero hacerme ilusiones de ningún tipo. Ya me he dado bastantes batacazos y no me apetece irme al suelo otra vez. Al menos hasta que me haya levantado del todo. El segundo es que, aún agradeciendo muchísimo la oportunidad, siempre le queda a uno la sensación de fracaso, de tener que irse porque no ha encontrado nada mejor aquí. Probablemente si buscara mejor encontraría alguna oportunidad en Barcelona o alrededores, pero creo que tampoco me apetece. Vuelvo a sentir la misma relación de amor-odio con mi ciudad. La misma que tuve al llegar hace casi 21 años. Tengo la sensación de haber llegado al final de un ciclo, como cuando decidí que mi vida no estaba en el pueblo y con 12 años tenía muy claro que quería irme de allí. Pues lo mismo ahora: no queda nada para mí aquí. Y si lo hay yo no lo veo, lo que viene a ser lo mismo.
 
Ahora ya lo sabéis. Os echaré de menos. No tengo ni idea de qué será de mi vida, así que no haré promesas que no pueda cumplir. Ojalá pudiera despedirme de todo el mundo, pero mucho me temo que será difícil. Espero volver a veros algún día, aunque tampoco lo puedo asegurar. Si podemos mantener el contacto ya será un éxito. Intentaré mantener actualizado este espacio, al menos para contar en la medida de lo posible cómo van las cosas. Conociendo mi dispersión y mi falta de disciplina, es más que probable que no lo consiga.
 
En fín. Por si no os vuelvo a ver, pero sobretodo por si os vuelvo a ver, quiero deciros que os quiero mucho y que me ha encantado hacer un tramo del viaje con vosotros. Quizás algún día coincidamos en otra estación y en otro trayecto, pero si no es así no pasa nada. Lo vivido no nos lo quita nadie.
 
¡Y yo que sólo miraba al oeste para ver las puestas de sol!
 
Besos,
 
Santi