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Thursday, 30 August 2007

Lo peor no es enamorarse

 

Ayer tuve un día algo intenso, pero acabé muy contento porque parte del rompecabezas de mi vida empezó a cobrar cierto sentido. Hoy, no sé aún por qué, me he levantado gamberro y criticón. Como tenía ganas de escribir pero me sentía demasiado vago para pensar en mis miserias, he decidido usar las desgracias de los demás, que también se aprende de ellas si uno las mira con cariño o algo parecido.
 
En menos de un año seis parejas que conozco (algunas más próximas y otras menos) se han separado. Y no estoy hablando precisamente de relaciones de corto recorrido, sino de parejas que llevaban entre cinco y diecisiete años de convivencia (sí, sí, diecisiete; un uno y un siete, así: 17). En algún caso las razones son más concretas, pero, en general, la impresión que da al hablar con una y otra parte es que se había llegado a un callejón sin salida, se había acabado la ilusión y ya hacía tiempo que no tenían nada que darse el uno al otro, salvo disgustos.
 
Queda mal que lo diga a estas alturas y a toro pasado, pero en algunos casos (no en todos, que quede clarito) se veía venir por la teoría de los errores acumulados en forma de bola de nieve (no tengo datos científicos que sostengan conclusión alguna, pero siempre queda bien decir que uno tiene una teoría, ¿verdad?). Intentaré explicarme, a ver si no estoy demasiado espeso.
 
Supongamos una pareja que lleva más o menos tres años de relación (el tiempo es lo de menos, pero sobre esa época suele darse el primer bajón). El enamoramiento hace tiempo que se acabó y la rutina empieza a aposentarse en sus vidas. Alguien debería explicar a los chavales de secundaria que el enamoramiento es un estado de idiotez maravilloso pero transitorio (muy transitorio, muy maravilloso y muy idiota), que dura dos años a todo estirar. Metafóricamente (para aquellos que prefieran el estilo de “la abejita y la flor”) sería un fuego muy vivo, pero de maderas que se consumen muy deprisa. Si uno no pone troncos de maderas más densas que le permitan disfrutar de brasas cuando se apaguen las llamas más altas, se quedará con las cenizas. Y el amor no es como el Ave Fénix. Así que si durante el enamoramiento uno no se pone a construir algo más sólido la relación se apagará con el último rescoldo de la pasión ( ¡Puaj! Me ha quedado como una homilía de Escrivá de Balaguer)
 
Bien. Teníamos a la pareja entrando en la rutina y, como es más que probable, con las primeras discusiones serias. Es decir, la primera crisis. ¿Qué suele hacer mucha gente en estos casos? ¿Frenar, tomarse un tiempo de reflexión para ver qué es lo que no funciona y arreglarlo? Nada de eso. Optan por la táctica del avestruz: casémonos para superar la crisis. Claro, muy inteligente. Es como si para dejar de fumar me hago adicto a la heroína. Desde luego, hay quienes no necesitan estar enamorados para ser idiotas.
 
Venga, pues ya tenemos a los dos tortolitos liando a Dios y a su madre, montando una boda por todo lo alto (cuanto más grave sea la crisis más ostentosa se aconseja la boda, por supuesto), metiéndose en hipoteca (que eso sí que ata, y no el matrimonio) y largándose a una maravillosa luna de miel.
 
Aquellas parejas que sobrevivan a la luna de miel (que algunas no vuelven juntas, ojo) tienen un márgen de dos años más hasta la siguiente crisis, que no es que sea nueva, sino la misma de antes de casarse que se presenta de nuevo con el regalo de boda. ¿Qué hacen? Pues vuelta al avestruz, pero corregido y reforzado por la vía ornitológica: llamemos a la cigüeña y tengamos un hijo. Hay que reconocer que los preparativos son más divertidos que los de una boda, pero las consecuencias son bastante más graves. La llegada del retoño les brinda un par de años más de tregua entre bautizos, visitas varias de los familiares, fotos de estudio, búsqueda de guardería (o explotación de los abuelos) y domiciliación de la nómina de uno de los cónyuges en la farmacia más cercana en vez del banco para pagar todos los medicamentos, biberones, esterilizadores de biberones, humidificadores y un sinfín de accesorios (necesarios e innecesarios) del bebé.
 
Vale, ya han pasado dos años y la señora crisis se vuelve a presentar (cual pariente de esos pesados) en casa de nuestra querida pareja, ahora convertidos en progenitores. Claro, si es que no podía ser todo tan bonito…
 
Bueno. ¿Qué diríais que hace nuestra pareja? Muy bien, premio a la señorita del fondo (no me guiñe el ojo, por favor, que estoy comprometido). Vuelven a la carga con el avestruz y su táctica: otro hijo. Claro, es que encargarlo resulta de lo más placentero (o quizás la nómina no llegaba para comprar preservativos).
 
Pero resulta que, hasta ese momento, cada giro que tomaban, cada decisión, les llevaba por un nuevo derrotero (que no sé si viene de derrota, pero para el caso queda que ni pintado). Y en esa novedad es donde radicaba el “éxito” de esconder la cabeza e ignorar el problema. Con el segundo embarazo suele pasar lo siguiente: la mujer se da cuenta (el hombre tardaría nueve embarazos más, como mínimo) de que todo lo que está viviendo ya lo ha experimentado antes; como una sensación de dejà vu, pero con mala hostia. Empieza a repasar los pasos que han dado e identifica la crisis como algo crónico, reconoce que no han solucionado nada y, lo que es peor, que han perdido entre una cosa y otra cuatro años de su vida (año más, año menos). Vamos a ver, parejita. Si los hijos unieran, a los niños les pondríamos por nombre “Pegamento” y a las niñas “Nuestra Señora de la Cola de Impacto”.
 
Como podéis suponer, en la mayor parte de los casos (algunos son resistentes hasta para la desgracia), esa reflexión acaba con la crisis... y de paso con el matrimonio, claro.
 
En resúmen. Ya sé que no soy el más indicado para hablar de relaciones de pareja, pero digo yo que no ha de ser tan difícil sentarse uno frente al otro (he dicho "frente al", no "encima del"), hablar con cierta sinceridad e intentar solventar los problemas. Al fín y al cabo, sólo sois dos personas, jóvenes en la mayor parte de los casos, y con un futuro por delante (en el caso que decidáis romper). Así que si decidís casaros, procurad invitar a poca gente y no tocar demasiado las narices al personal (mejor si os casáis por lo civil, aunque algunos deberían hacerlo por lo penal). Si dentro de diez o veinte años (Va, ni para ti ni para mí: que sean treinta) aún creéis que podéis seguir juntos, entonces montad una fiesta a lo grande.
 
 
Espero no tener que arrepentirme jamás de haber escrito esto (aunque haya sido bajo los efectos de sustancias psicoactivas ilegales pero toleradas), pero, si en algún momento cometo el mismo error, ojalá mis amigos sean compasivos conmigo y no me lo restrieguen por la cara al grito de “¡Jódete, bocazas!”.
 
 
 
 

Thursday, 23 August 2007

De cabeza y sin mirar

 
Pues sí. Más de diez días sin escribir nada en este cutre-blog. La verdad es que ni me he acordado que existía.
 
¿Que qué ha pasado? Nada, que soy un bocazas. Cuando decidí aceptar lo de México juré y perjuré que no haría ninguna tontería que impidiera mi marcha. Por supuesto, nada de liarme con nadie; en este tipo de situaciones siempre te acabas haciendo daño y, lo que es peor, haciéndoselo a otras personas.
 
Así pues se me llenó la boca de grandes propósitos… hasta que me enamoré. Ya ves tú qué gilipollez ir ladrando por ahí chorradas del tipo “ya no estoy en el mercado”, “he de centrarme en el nuevo proyecto” o “una relación ahora estaría condenada al fracaso”. Ya te daré yo a ti fracaso, anormal. No hay mayor fracaso que no querer ver lo que tienes delante.
 
Me hace gracia la gente que para escurrir el bulto ante una toma de decisiones y como queriendo esconder la cobardía sueltan eso de “no es el momento oportuno”. ¡Pues ya me dirás tú cuando es el momento oportuno! El momento es el que es. Si te entra el miedo, no quieres o no te atreves, dilo, pero no culpes al momento de tu cobardía. El momento es aquí y ahora. La vida no pide permiso: o te subes al tren que pasa o lo pierdes, eso si no se te lleva por delante.
 
La conozco desde hace más de diez años. Siempre ha estado ahí, en mayor o menor medida. Me hace reir, me hace pensar, conoce mis defectos (para eso ha necesitado los diez años), me cuida como pocas personas saben hacerlo y aún se acuerda de cómo nos conocimos. Y todo y con eso, me quiere. Es curioso. A veces nos pasamos la vida buscando la persona que nos haga sentir algo especial y no dedicamos ni unos minutos a mirar a las personas que ya estan ahí; que han estado a nuestro lado desde siempre.
 
Sí, me he enamorado, ¿qué pasa? ¿Que me voy dentro de 45 o 60 días? Ya lo sabemos. Y yo no me quería perder la sensación de volverme a enamorar. Ya sé que si las cosas salen mal me va a doler, pero es que la vida duele. Si alguien pretende pasar por ella de rositas, esquivando el sufrimiento y persiguiendo solamente el placer es que no sabe lo que le espera. Vosotros, sí, vosotros. Los que perseguís el placer a cualquier precio y esquiváis el sufrimiento cueste lo que cueste. O los que sólo valoráis la vida en función del resultado. Tengo una noticia para vosotros: al final nos morimos. Siento explicaros el final de la película, pero es para que os vayáis acostumbrando. Si os queréis hartar de palomitas mientras dejáis pasar la vida es asunto vuestro. Yo prefiero salirme del cine y vivirla en toda su intensidad: lo que me gusta y lo que no.
 
Por eso no quería privarme del placer de enamorarme. No tengo ni idea de lo que durará, pero yo me lo merezco, y ella también. Ambos nos merecemos no guardarnos un beso para mañana, o un abrazo, o un “te quiero”. Nos merecemos no andar con miedo a qué pasará. Lo que pasará lo decidiremos nosotros. Mientras llega el mañana, yo he decidido enamorarme, tirarme a la piscina desde el trampolín más alto de todos (cuando me pongo chulo me doy asco a mí mismo, de verdad). Cuando haya saltado ya veremos si hay agua en la piscina. Al fín y al cabo, eso es lo de menos. Lo que realmente nos hace sentir vivos es la intriga, la emoción del salto.
 
Ahora ya sabéis por qué no he escrito nada en diez días. No queráis ahora despistar, que sé que entráis de vez en cuando, aunque no digáis nada.
 
 
Por cierto, ya puestos a pedir, sería fantástico que alguna vez hubiera agua en la piscina, ¿no?
 
 
 
 

Sunday, 12 August 2007

Comiendo sashimi de vida a dos carrillos

 
Al sur de la frontera, al oeste del sol. Ese es el título del último libro que he devorado. Su autor, Haruki Murakami, tiene un estilo directo, crudo, descarnado. Es como comer ventresca de atún crudo, como saborear la vida en toda su intensidad. Empecé con "Tokio blues". Lo leí en un día de lluvia, el mes de agosto del año pasado. No pude soltarlo hasta acabarlo. Después vino "Kafka a la platja" y acabé pidiendo un día de asuntos propios para acabarlo. Este último me ha gustado más, si cabe. El hecho que el protagonista sea un tipo de mi edad, más o menos, con sus tribulaciones, buscando ubicarse en su mundo y enfrentándose a la soledad me ha acercado mucho más que los otros dos, y me ha dado más munición para seguir pensando qué quiero ser cuando sea mayor.
 
No es el único libro con el que estoy lidiando. Aprovechando una tarde de gasto compulsivo (aunque moderado) compré cinco libros de Fromm. El año pasado, en menos de 3 meses regalé "El miedo a la libertad" y alguien tomó prestado (sin intención de devolverlo) "L'art d'estimar", así que decidí que lo mejor que podía hacer era volver a comprarlos. Aparte de esos dos, aproveché la ocasión para hacerme con "Del tener al ser", "El corazón del hombre" y "Per una ètica humanística". No sé si me dará tiempo a leerlos todos antes de irme, pero son lo suficientemente pequeños para poder meterlos en algún rincón del equipaje.
 
A lo que iba. Estoy con "L'art d'estimar", una vez más. Me parece un libro absolutamente actual, quitando algún comentario que hoy resultaría políticamente incorrecto. Creo, como decía el añorado Antonio Caparrós, que Fromm tenía, si no todas, casi todas las respuestas. "Lee a Fromm; vuelve a Fromm. Ahí está todo", me dijo apenas unos días antes de que la parca decidiera privarle de su merecido retiro. Soy de la opinión de que no hay que lamentarse por perder a alguien excepcional, sino alegrarse de haberle conocido y recordar lo que se ha aprendido con él o ella, pero a veces la muerte es una hija de puta.
 
Pues eso, que estoy releyendo esa fabulosa obra para poder compartirla con alguien a quien quiero mucho y que me está regalando unos momentos increíbles. Además, me está despertando sensaciones que llevaban demasiado tiempo dormidas. Y un sentimiento nuevo. No sé si estoy enamorado. Si es así, no es como otras veces. Es mucho más sosegado, casi lento. Los miedos son los de siempre, y amplificados, pero también me siento más capaz de lidiar con ellos. Estoy más seguro de mí, y de ella. Por primera vez en dos años, tengo un apetito voraz, unas ansias enormes, de sensaciones. Pero no como un adicto, sino por el placer de sentirlas en toda su complejidad; por la necesidad de paladearlas. Sentarme en silencio con ella, a escuchar, a oler la noche. Sólo necesito eso. ¡Y al mundo que le den! No sé lo que pasará mañana, ni me preocupa demasiado. No pienso dejar que eso arruine ni uno solo de los minutos que paso a su lado. Creo que nos lo hemos dicho todo, y lo que callamos se sobreentiende, así que mejor no estropear el momento. No hay promesas imposibles de cumplir, así que no habrá reproches futuros. Hoy puedo decir que me siento feliz. No sólo satisfecho con mi vida, que también, sino feliz. ¿Mañana? Mañana será otro día y no sé lo que sucederá, pero hoy es hoy. Cuando mañana llegue ya veremos lo que hago. Como decía Einstein, no me preocupo por el futuro: llega demasiado deprisa.
 
Mientras escribo esto ha empezado a llover, como suele llover en esta ciudad: a trompicones y con mala leche; para joder. Me parece justo. Ya sé que siempre ha llovido así en esta parte de Catalunya, pero prefiero pensar que es la manera que tiene de vengarse de quienes la han convertido en lo que es ahora. A ver si a golpe de manguera se le acaba quitando el barniz...
 
La lluvia me hace sentir eufórico. No soporto el calor, y menos el bochorno previo a las tormentas de verano, así que cuando se pone a llover, sobretodo con este viento, es como si me liberara. Es el momento ideal para prepararse un té y ponerse a leer. Lástima que tenga que madrugar.
 
Me sentaría en un sofá contigo, a tu lado, con George Winston de fondo, muy bajito, para poder escuchar el ruido que haces al respirar mientras lees apoyada en mi regazo. Me apetece compartir el libro hasta que uno de los dos decida cerrarlo, vencido por el sueño o por el anhelo de abrazar al otro.
 
 
Ignoro qué pasará mañana, pero esta noche no quiero dormir.
 
 
 
 
 

Sunday, 5 August 2007

En tránsito

 
El portátil sigue haciendo el tonto. Ha aguantado 36 horas sin apagarse y descargando archivos, pero me parece que se apagó en cuanto dejó de descargar. No lo entiendo, la verdad. A veces parece que funciona perfectamente y otras se apaga en menos de 3 horas. Eso sí, se sigue calentando muchísimo y sigo sin entender la razón.
 
Le pasa como a mi corazón, que últimamente tiene unos vaivenes importantes. Siempre ha sido de sangre caliente y reacción fácil, pero anda algo inquieto, y tampoco sé la razón.
 
No estoy seguro de haber hecho bien al decir a mis amigos que me iba. Creo que hubiera sido mejor dejarlo para un par de días antes. Quizás es que el retraso en la marcha lo está complicando todo. En las caras y en los comportamientos de la gente más cercana veo cierto miedo. La semana pasada una amiga me dijo llorando que tenía la certeza que no me volvería a ver más, que sabía que no volvería jamás a casa.
 
Ojalá yo supiera donde está mi hogar. Dicen que el hogar está donde se halla el corazón, donde cuelgas tu sombrero y no sé cuantas cosas más, pero yo jamás he sentido que tenía uno, y me gustaría conocer esa sensación. Siempre he vivido en un estado de provisionalidad, como si nada de lo que tuviera fuera a durar mucho.
 
Ando atribulado, cognitiva y emocionalmente. Ahora que no queda ningún obstáculo para irme y sólo falta esperar la fecha de incorporación empiezo a darle vueltas a algo tan básico e intrascendente como hacer las maletas. ¿Como coño mete uno su vida en dos maletas? Lo realmente importante no ocupa lugar físico, pero poco a poco voy descubriendo cosas que necesito llevarme y creo que necesitaré algo más de espacio.
 
Pues al mismo ritmo voy descubriendo cosas aquí. Objetos, momentos y personas que me atan, que hace unos meses hubieran hecho que no me planteara jamás irme a otro lugar. Pero debo hacerlo. No sólo porque objetivamente creo que es una buena oportunidad en mi vida, sino porque también necesito saber si todo eso que siento es cierto; si todos esos motivos tienen tanto peso o sólo soy yo y mi circunstancia quienes le estamos dando un peso específico emocional mayor.
 
La música puedo grabarla y llevarla en un disco duro; las fotografías, escanearlas; los libros puedo comprarlos allí (aunque tampoco leo tanto); la ropa... total, para la que uso también puedo encontrarla allí.
 
¿Como se lleva uno los abrazos, las sonrisas, las caricias? ¿Donde guardas un susurro a medianoche, un "te quiero" bajo la lluvia o un beso al despertar?
 
Sí, ya sé que parece el anuncio de las compresas, pero poneos en mi lugar por un momento. Queda muy bien decir que hay cosas que uno recuerda eternamente, pero todos sabemos lo frágil que es la memoria, que se deteriora con el tiempo. El único consuelo es pensar que lo olvidado ya no duele. A mi pesar tendré que confiar en el buen criterio de mi memoria y en la fortaleza de mi corazón.
 
 
Sabes que has llegado a casa cuando te ves reflejado en los ojos de quienes amas. Mientras tanto sigues siendo un extranjero, no importa donde estés. Debe ser fantástico poder ir donde te plazca, pero es muy duro sentir que uno no tiene un lugar al que regresar.
 
 
 

Friday, 3 August 2007

No se puede tener todo, no

 
Ayer fue un día sencillamente fantástico. Ojalá hubiera sido una semana. Cualquier cosa que añada no lo mejorará, así que mejor me callo. Abajo os dejo unas fotografías. Creedme, no hacen justicia al lugar, entre otras cosas porque el fotógrafo es un negado.
 
Pero, claro, no podía faltar la de arena (muchas gracias a quienes me han dicho que la buena era la de cal; si me va mal con lo de la psicología en México siempre puedo dedicarme a la albañilería). A las 10 de la mañana me traen el portátil. El mensajero de DHL ya se sabe mi nombre, mi número de teléfono y el piso de memoria. Conecto el dichoso ordenador y lo dejo trabajando, a ver cómo se defiende...
 
Pues mal, se defiende mal. Fatal. Tres horas después mi fabuloso horno con internet, correo electrónico, reproductor mp3 y no-sé-cuantas-cosas-más decide que vuelve a apagarse. ¿No será que tengo un controlador aéreo infiltrado y se me está poniendo en huelga, ahora que es veranito? No, mucho más sencillo. Parece que sigue sin funcionar. Vuelta a llamar al servicio de atención al cliente. Ya estoy cabreado, así que el lunes nos pondremos serios con el tema. Por hoy mejor no seguir, que ya me tiene hasta la coronilla.
 
¡Ah! Una cosita más, así de pasada. El director del master me ha dicho que tengo que pasar por su despacho en septiembre... ¡¡Para recoger el título!! Si fuera tan maleducado como el niñato ese que conduce coches saldría gritando ''Toma, toma, toma!!", pero no estoy por la labor. Me siento demasiado contento y, además, la satisfacción es interior.
 
Muchas gracias a todos y todas las que me habéis ayudado y apoyado estos últimos tres meses mientras finalizaba los trabajos pendientes. Sé que he estado muy borde en algunos momentos (más de lo habitual, si es que eso es posible) y que queríais tanto o más que yo que los acabara (claro, si no los acabo no me puedo ir, y lo estáis deseando, pillines). Así que muchas gracias a todos y todas. Me he sacado una espina muy grande, eso también lo sabéis. Eso sí, sabed que si alguien se merecía que lo acabara ese es mi padre. Sin él no habría podido pagar jamás ni esos estudios ni muchos otros a lo largo de mi vida. Además, no ha dejado de insistir (a veces con mejor fortuna, y otras con peor) para que lo terminara. Es mi héroe. Lleva toda la vida batallando para hacerme un hombre de provecho y a estas alturas aún no se ha dado por vencido. Cuando sea mayor quiero ser como él.
 
No sé si algún día me atreveré a hablaros de mi padre o de mi abuelo, así que os dejo una canción que describe bastante bien lo que siento por ellos.