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Sunday, 30 September 2007

39

 
Pues nada. Un año más que poner en la cuenta.
 
No estoy demasiado animado, la verdad. Los años en si no me afectan más allá de los típicos achaques de salud: algún cólico nefrítico, el colesterol, el ácido úrico, etc. Teniendo en cuenta los excesos que he hecho durante mi vida no puede decirse que esté mal; podría ser mucho peor.
 
Creo que me pesa más la situación y un análisis algo negativo de la situación. Ya sabéis, eso que nos pasa a los hombres cuando se acercan los cuarenta. Claro que a la mayoría les da por pensar que llevan muchos años sacrificándose, que las cosas ya no son como antes, que quieren volver a sentirse jóvenes y todo eso. Lo solucionan comprándose un deportivo descapotable (los que pueden), ligando con jovencitas (de nuevo, los que pueden) y algunos se acaban incluso separando de la mujer (los que se atreven).
 
Pero eso le pasa a quienes tienen algo de lo que arrepentirse. Quienes han hecho muchas cosas y creen que algunas no fueron acertadas. No es mi caso, ciertamente. No me arrepiento de nada de lo que he hecho en mi vida, y ese es el problema: no creo que haya hecho demasiado. Tengo 39 años, una situación laboral triste, no tengo ahorros y estoy a punto de embarcarme en una aventura a miles de kilómetros de todo lo que conozco porque me ha resultado imposible ser como la mayoría. No tengo piso de propiedad, le debo un montón de dinero a los bancos, mi trabajo no me estimula lo más mínimo ni me permite estabilidad económica, colecciono fracasos en las relaciones de pareja y lo peor es que ya no soy capaz de recordar mis sueños de juventud, si es que los tuve alguna vez.
 
Supongo que en otro momento seré capaz de ver las cosas de otro color y con otro humor. Hoy me conformo con el apoyo de mis amigos y, sobretodo, con sentirme querido, muy querido, por Ana.
 
Quiero pasar pronto esta página, cerrar este capítulo de mi vida que me está desgastando mucho más de lo que pude imaginar nunca, y empezar de nuevo, sea donde sea. Ya sé que no puedo esconderme, pero siento la necesidad de salir corriendo, no importa hacia qué lugar.
 
 
 
 

Tuesday, 18 September 2007

E logo ti... de quen ves sendo?

Siento el silencio de estos días, pero he estado demasiado entretenido para ponerme a escribir y en los pocos momentos libres que he tenido la verdad es que no he estado muy inspirado.
Me he escapado a Galiza, a despedirme de mis primos de A Coruña (a mí me gusta más la grafía A Corunha, pero bueno). Como decía Castelao, ”Galiza é matria”. A los que no lo sepáis aún, mi madre es gallega, y después de cuarenta años fuera de su tierra se le sigue notando en el acento. Recuerdo que los viajes que hacía de pequeño con mis padres a la tierra de mi madre eran un auténtico calvario: todo el mundo quería que fueras a comer/merendar/cenar a su casa. Como el tiempo es limitado, acabábamos comiendo dos veces, merendando tres y cenando otras dos. Y no estoy hablando de comidas ligeras, precisamente. Ya se sabe, esa hospitalidad gallega un tanto especial, que puede halagar mucho, pero que a mí me empalaga. Os juro que acabé harto, literal y metafóricamente hablando.
Me cansé de Galiza, la verdad. Jamás encontré mi sitio en aquellas tierras ni entre aquellas gentes. Hasta que la redescubrí hace unos años. Desde entonces, he ido acercándome poco a poco, como quien quiere pasar desapercibido y no quiere que le atosiguen. He descubierto el daño que hacen los bosques de eucaliptus, los accidentes de los petroleros, el blanqueo de dinero del narcotráfico y los gobiernos del PP. A la vez, he descubierto el pasado político de mi abuelo, el carácter luchador y superviviente de unas gentes que no dan su opinión más a menudo porque en muchos casos temen salir escaldados, la lucha de algunas (demasiado pocas) personas para mantener vivas la lengua y la cultura propias, la lluvia nocturna en Compostela, las puestas de sol en Riazor o en Fisterra o el sacrificio de los percebeiros y las mariscadoras (no discutáis jamás el precio de los percebes gallegos: no os imagináis lo que cuesta arrancárselos al mar). Y también he descubierto personas que me quieren, aunque lo digan a su manera.
He vuelto con la sensación de que he conseguido encontrar la parte de alma atlántica que me pertenece, con un montón de fotografías, con los momentos de esas personas que me quieren y a quienes quiero, y con las miradas (unha mirada meiga deses teus ollos), las risas y los besos de Lucía y Alba, las hijas de mi prima. Sólo por eso ya merecía la pena ir, y merece la pena volver.
Pero también necesitaba volver a casa y sentir los abrazos y los besos de Ana. Ahora ya sabéis su nombre. Probablemente no os importe saberlo, pero yo necesitaba decirlo. Últimamente es como si navegara en una embarcación un tanto frágil en medio de una tormenta tras otra. No es que me importe, todo lo contrario, pero de vez en cuando necesito darme un descanso y fondear en algún lugar tranquilo: a veces es desahogarme con alguien que me escucha, otras veces escuchar música y otras ponerle nombre a las personas, los sentimientos y las emociones. Hablar en voz alta, escribir, compartir con los demás, hace que todo se vuelva más real, para bien o para mal, como si antes sólo existiera en la cabeza de uno. Es como el chiste del náufrago y Claudia Schiffer (si no lo sabéis lo buscáis en el Google, que para eso está) o como el árbol que cae en medio del bosque pero no lo ve ni oye nadie.
Pues eso, que necesitaba volver con Ana. Porque me hace sentir vivo, porque me hace sentir querido, porque permite que afloren mis fantasmas y, a la vez, me da fuerzas para bailar con ellos y, poco a poco, ver que no son tan terribles. Porque me ayuda a dejar tras la puerta de entrada todo aquello que es superficial; porque me despide y me recibe con una sonrisa. Porque me gusta la persona que veo reflejada en sus ojos cuando me miro en y a través de ellos. Joan tenía razón: no soy el mismo de hace apenas unos meses.
Se han vuelto a llevar el portátil al servicio técnico. Espero que me lo sustituyan por otro nuevo, pero, sorprendentemente, estoy mucho menos cabreado de lo que cabría esperar en mí. Si me siento inspirado os lo cuento otro día.
Os dejo una foto de la costa de A Coruña. La máquina fotográfica es alucinante (gràcies, Tete), pero el fotógrafo sigue siendo un negado, así que escapaos cuando podáis, subid al Monte San Pedro y disfrutad de las vistas, el viento y el mar.



Sunday, 2 September 2007

Te debía un café, pero sólo tengo esto

 
Ha muerto Juan Donaire. Le tuve como profesor de Física y tutor en COU. Era una de esas personas francas y directas, que te miraba a los ojos cuando hablaba y te obsequiaba con una sonrisa sarcástica cuando pretendía pincharte o no se creía tus excusas, pero también con una sonrisa abierta y honesta, de esas que te llegan, cuando algo le parecía divertido. Eso sí, siempre guardando las formas, aunque en ocasiones se le notara que le gustaría traspasar esa línea que separa el protocolo de la complicidad. ¿O es que la estaba traspasando?
 
Pero era mucho más que eso. Él y su esposa (Mercedes, profesora de Química y casi más una madre que una profesora) son los padres de quien fue un buen amigo durante mucho tiempo, aunque últimamente nos hayamos distanciado. Recuerdo algunas anécdotas, como cuando me pilló haciendo novillos en el bar del instituto y acabó invitándome a un café mientras charlábamos de lo humano y lo divino. O como cuando nos presentamos Paco y yo a las 7 de la mañana en su casa para consultarle unas dudas a su esposa unas horas antes del exámen final de Química. No nos dejaron ir hasta que no tuvimos ninguna duda... y hasta que aceptamos desayunar como uno más de sus seis hijos.
 
Y nos dieron mucho más durante los cuatro años que compartimos. Nos dieron apoyo moral, un hombro donde llorar cuando las cosas no iban bien, alguna que otra colleja espiritual para que espabiláramos cuando nos dormíamos en los laureles y, sobretodo, muchísimo respeto siempre.
 
Soy un tipo afortunado en muchos sentidos. Uno de ellos es que en mi vida he encontrado muchas personas interesantes que me han aportado elementos esenciales para desarrollarme como persona. No me corresponde a mí decir si esos elementos han servido para algo en mi caso, pero les agradezco muchísimo que, en una época en la que uno está buscando desesperadamente su sitio en el mundo, me enseñaran cosas que no están en los libros. Puedo decir que he tenido profesores y también he tenido maestros. Juan era ambas cosas.
 
Hacía apenas unos meses que se había jubilado y, aunque no le veía desde tiempo atrás, estoy seguro que disfrutaba de su tiempo. Se lo había ganado a pulso durante muchos años. Hace unos días os decía que la muerte es una hija de puta. Sé que esa expresión le disgustaba profundamente a Juan, pero la mantengo. El mundo, este mundo terriblemente tacaño con el esfuerzo y tan dado al premio fácil, ha perdido a una persona recta y justa. Personalmente he perdido una de las personas que me guiaron en los tiempos difíciles. Sé que nada dura eternamente, pero hubiera preferido cruzar el charco dejando aquí mi pasado intacto. Como hubiera dicho él, mi tristeza por su pérdida es directamente proporcional a mi alegría por haberle conocido.
 
Hoy no hay música, lo siento. Ronda en mi cabeza el susurro del viento en los pinos y el murmullo de las olas batiendo en las rocas, en esos días en los que el temporal de levante pintaba de gris el cielo y te incitaba como sirenas con su canto a saltarte las clases del instituto.
 
 
Ya me gustaría haber encontrado mi lugar en el mundo, pero al menos no he acabado en cualquier parte. Gracias por todo, Juan.