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Sunday, 14 October 2007

Déjame que te cuente

 
Aquí estoy de nuevo, después de otro largo silencio. Con la tontería llevo cuatro meses con este blog, es decir, tres meses más de lo que creía que duraría. Aunque no hay demasiados comentarios, sé que algunas personas lo visitan con regularidad (algunas incluso a la misma hora cada día), así que si ellas tienen esa constancia supongo que yo también debo tenerla.
Me he escapado al pueblo. Le debía una visita a Mercedes. No porque sea protocolario, sino porque realmente necesitaba verla, saber cómo estaba y decirle de corazón lo mucho que he sentido lo de Juan. También necesitaba darle las gracias por todo lo que hicieron por mí. Conviene no olvidar lo que fuimos una vez; si lo hacemos, corremos el riesgo de olvidar también quiénes somos.
He aprovechado también para tomarme algo con mi ahijada. Sí, tengo una, aunque soy muy mal padrino. Un desastre, en serio. No se puede esperar mucho de mí  cuando se trata de ser padrino de boda o de alguna criatura: soy como soy y no acabo comportándome como se espera o como se supone que debería hacerlo. Sea como sea, me ha encantado verla. Alba es una chica de casi catorce años, con las dudas propias de su edad pero con un corazón enorme, una gran sensibilidad, la cabeza bastante bien organizada y una sonrisa preciosa. Realmente, sus padres pueden estar muy orgullosos de ella.
También pude escaparme a cenar con una amiga de la familia a quien quiero muchísimo. Es quizás la única persona que me dedicó atención cuando murió mi abuelo, y quien tiene muchas cosas que contarme de mi infancia; esas pequeñas anécdotas que uno ha vivido pero no recuerda, y que tienen mucha importancia para entender cómo y por qué uno es como es, con sus filias y sus fobias. No sé qué hubiera sido de mí sin Pepita. Probablemente sería el mismo, pero no entendería muchas cosas. Ella, su padre y su hermano me abrían una ventana de aire fresco y me ofrecían un sitio donde escaparme para contar todo aquello que me agobiaba y no podía decir en ningún otro lugar. Si es bueno saber que te quieren y aún más sentirte querido, es fantástico recordarlo cuando algunas personas hace ya tiempo que se fueron. Me emociona rememorar ciertos detalles y descubrir muchos años después que, de una manera muy discreta, tuvieron muchísima importancia.
Hoy mi padre cumple 70 años. Creo que le hubiera gustado que estuviera con él para celebrarlo, pero soy un mal hijo, y además creo que cumplir 70 no es diferente a cumplir 69 o 71. Si mi vida hubiera sido diferente quizás ahora lo estaríamos celebrando con sus nietos y nos veríamos más a menudo, pero no es así. Me conformo con saber que goza de buena salud, que me quiere y que se siente orgulloso de lo que ha hecho en la vida. Tiene motivos sobrados, independientemente de los resultados. Si algún día llego a ser mayor, quiero ser como él.
Y una perla más. Después de muchísimos años, volví a oir a mi madre cantar. El viernes, justo al levantarme, mi madre estaba preparando algo en la cocina… ¡Cantando! Me devolvió a mi infancia. Estuve a punto de pedirle que cantara “La Zarzamora”, o alguna de las canciones que le recuerdo de cuando era pequeño, pero preferí no decir nada y escucharla mientras sonreía. Sólo faltaba el olor a croquetas recién hechas, de vuelta de la peluquería un sábado por la mañana y viendo la televisión en blanco y negro para completar el recuerdo sensorial de mi infancia. Es curioso, pero durante muchos años las coplas me parecieron insoportables. No podía con las folclóricas de turno, dándose golpes en el pecho y gritando como si se les desgarrara el corazón. Puro teatro. Sigo sin aguantarlas, pero cuando descubrí a Carlos Cano y le escuché cantar, casi susurrando, las mismas canciones, mi opinión cambió. Quizás Quintero, León y Quiroga no ganarán jamás un premio de literatura, pero hay algo en esas canciones y, sobretodo, en la manera como las canta Carlos Cano, que me conmueve profundamente. Mi madre las canta a su manera, más parecida a la de Cano que a la de las folclóricas, afortunadamente. Quizás sea lo más parecido a una nana que recuerdo.
 
Por unas horas volví a los años de mi infancia. Esos que no recordaba. Vuelvo a la ciudad sin nostalgia, pero con una sonrisa enorme. Y conociéndome un poco más.