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Friday, 22 August 2008

Et voilà qu'aujourd'hui...

 

Me llama alguien a quien quiero mucho para decirme que está embarazada y sale de cuentas en menos de un mes.

Me he quedado helado.

Los acontecimientos son la medida de la vida, del tiempo. Los días, las semanas o los meses poco importan si nada sucede. Quizás llevo tanto tiempo ocupado en levantar la cabeza que me he perdido todo lo importante que ha sucedido en mi vida y en las vidas de la gente a la que quiero. Me gustaría saber cuánto tiempo llevo así, pero soy incapaz de recordar cuándo fue la última vez que fuí consciente de lo que sucedía en mi vida. Me refiero a ser consciente de verdad. Es como navegar en un barco con vías de agua: o te dedicas a achicar agua e intentar tapar las vías o intentas mantener el rumbo. Pues eso, que llevo mucho tiempo achicando agua. Así no hay manera de decidir hacia dónde quiero ir, y mucho menos disfrutar de la travesía.

Están pasando muchas cosas a mi alrededor, en mi vida, y me las estoy perdiendo. Tampoco soy de los que quieren estar en todos los festejos, más bien es al contrario, pero me fastidia estar ausente. Creo que voy a tener que empezar a tomarme las cosas en serio, poner algo de orden (o lo que sea) en mi vida y dejarme estar de lo urgente. O me pongo serio o, a este paso, voy a acabar perdiendo el contacto con todas las personas que son importantes para mí.

Pero no todo es malo, afortunadamente. Alguien me enseñó hace tiempo a saber esperar sin dejar de ser impaciente. Alguien también me enseñó a estar de manera incondicional. Alguien me demostró que nunca está todo perdido, aún cuando lo parezca. Le daré una satisfacción a mi ego (pequeña, que si no se desboca y después no hay quien lo pare): creo que lo aprendí bien. Y ha tenido recompensa.

Aprender a vivir con la duda no es fácil. Mucho menos a convivir con preguntas sin respuesta. Pero a veces, sólo a veces, si te esfuerzas en no pensar en lo fácil, en no esperar que todo sea inmediato, si resistes la tentación de querer tenerlo todo (a pesar de saber que es imposible), tienes tu recompensa. Cuesta mucho. Cuesta aislarse del ruido del entorno, cuesta aguantar el dolor, cuesta no dejarse llevar por el odio. Pero vale la pena. Bueno, al menos a mí me ha funcionado. Y ni os imagináis el peso que me he sacado de encima. Es como si todo volviera a tener un cierto orden, como si las piezas encajaran, aunque el puzzle no sea del gusto de uno.

Aprendí que no siempre las preguntas tienen respuesta. No ha sido fácil, para que engañarnos, pero me enseñó (a mi y a mi ego infantil) a tolerar algo mejor la frustración. A lo mejor también me ha enseñado otras cosas que aún no he descubierto. Sea como sea, la mejor recompensa ha sido obtener la respuesta a las preguntas.

Porque si no te pierdes en el odio, si das una oportunidad a la gente para que se explique, acabas dándote cuenta de que lo que no hablamos, lo que damos por supuesto, es lo que nos acaba separando.

 

Somos capaces de sentarnos a hablar con nuestro mayor enemigo, con quien nada o muy poco nos une. Pero con demasiada frecuencia le negamos el mismo derecho a quienes amamos o hemos amado. Y no nos damos cuenta que somos nosotros quienes más perdemos.

 

 

L'encre de tes yeux, Francis Cabrel