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Thursday, 11 December 2008

El olor del dinero

 

Mi moto ya me ha dado la primera sorpresa. Era de esperar que tuviera algo tocado, teniendo en cuenta que era de segunda mano y ya tenía 3 años. La batería se ha sumado a la crisis y se ha muerto. La broma me ha salido por 70 euros, porque no la cubre la garantía. Como detalle, no me han cobrado la mano de obra. Algo es algo, aunque mi economía ha quedado bastante tocada. Cosas de tener un sueldo bajo.

De camino a casa el tiempo ha decidido darme otra sorpresa, y me ha obsequiado con una granizada espectacular en medio de una lluvia torrencial, así que ya me tenéis parado en un túnel de la Ronda Litoral, vistiéndome con el pantalon y la chaqueta impermeables. Total, para que al salir del túnel apenas cayeran cuatro gotas. Del granizo, ni rastro. He llegado a casa empapado, pero muy calentito dentro de mi impermeable de dos piezas.

La verdad, menudencias con las que está cayendo. Camino del taller, cuando iba a "asaltar" el cajero automático me encuentro con el siguiente rótulo en la puerta: "Aquest caixer romandrà tancat fora de l'horari d'oficina. Si us plau, feu servir el caixer situat a l'exterior". La entidad es la Caixa de Catalunya. Hace algún tiempo corría el rumor que "La Caixa", esa que sale tan bien parada en temas de ética bancaria, imagen y no sé cuantas cosas más, tenía detectores de calor en los cajeros. Si se mantenía la temperatura elevada fuera de horario oficina, especialmente de noche, era porque alguien estaba durmiendo en su interior. Insisto, era un rumor; quizás una leyenda urbana, aunque tengo que reconocer que me parece más que verosímil. No consigo encontrar una explicación respecto al cartelito de marras, si no es que quieren evitar que los menos afortunados pernocten en los cajeros.

Sinceramente, me parece una actitud asquerosa. Ya sé que los cajeros tienen una función que no es la de ser precisamente un albergue, pero sigue habiendo mucha gente en la calle. Cada vez más, al paso que vamos. Bueno, al paso que van las hipotecas. Y en estas fechas hace frío como para dormir en la calle. En varias ocasiones he entrado en algún cajero "ocupado". A veces el inquilino era un joven que se había bebido hasta el agua de los floreros, pero la mayoría eran personas sin hogar. Sí, muchas veces el lugar apestaba a humanidad, pero yo solamente había entrado a sacar dinero, no a quedarme. Mi gestión me lleva apenas unos minutos, así que es cuestión de tomarlo con resignación... o de seguir entrenando para batir el récord familiar de apnea cuando llegue el verano.

Sí, el lugar apesta. Nada que no pueda arreglar el jabón o la lejía. La pregunta que me hago es: ¿cómo se consigue disipar el hedor que desprende el origen de cierta parte del dinero que los bancos mueven? ¿Acaso no huelen muy mal también sus políticas de inversión (léase, especulación) que han llevado a una de las mayores crisis a nivel mundial?

Me jode que mi ciudad se haya convertido en un escaparate, que seamos un país de nuevos ricos, que seamos tan cretinos que hayamos confundido el valor con el precio. Pero nada me jode más que ver gente abandonada a su suerte en la calle. Gente sin recursos y, lo que es peor, sin esperanzas. Me jode enormemente que mi gobierno no haga nada, absolutamente nada, por desterrar el cuarto mundo de las calles del estado que gobierna. Y que no me diga nadie que mucha gente está en la calle porque quiere. Acepto que haya una parte de eremitas o anacoretas "modernos", pero dudo muchísimo que sean mayoría. Tiene cojones que el gobierno disponga de una cantidad de millones para los bancos para "paliar la crisis"... y que los bancos no se acojan a ellas para evitar la "mala imagen", según dicen los mentideros. La imagen de los bancos la tengo clara: ordeñar la vaca hasta la extenuación, sin darle de comer, hasta que muera de inanición, después vender la carne pútrida a bajo precio a quien está desesperado por comer, y con ese dinero comprar otra vaca a quien tenga la imperiosa necesidad de venderla.

 

A veces, vivir produce náuseas. Si a los banqueros les molesta el olor en los cajeros, que se jodan y destinen parte de los beneficios obtenidos por las hipotecas y por los créditos (obscenos beneficios, todo sea dicho) a comprar ambientadores de esos con forma de pino.