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Wednesday, 17 December 2008

No va más.

 

Confirmado: me he quedado sin trabajo. Mi jefe me ha dicho que no me renovarán, pero me parece que ha optado por una vía más fácil que la de despedirme directamente. Si nos atenemos a los resultados, las ventas on-line se han estrellado estrepitosamente y yo no he podido hacer nada por evitarlo. Los resultados mandan.

Pero me temo mucho que no es por los resultados. De hecho, he estado haciendo en la empresa de casi todo. Muchas veces apagando fuegos menores, a sabiendas que no era lo que me correspondía, que no era eso para lo que me habían contratado. Al menos mi jefe tiene la honestidad de reconocer que así era imposible dedicarme a lo que me tenía que dedicar. De ahí mi duda de que sean los resultados la razón de mi despido (dejémonos ya de eufemismos: dudo mucho que mi jefe aguante hasta el final de contrato sin decirme que no vuelva más). Más bien creo que soy un peón en una partida. Ese peón que se sacrifica para ganarla.

La verdad, me duele más la forma que el fondo. Ya sabía que si las cosas no iban bien esto podía pasar, pero me jode soberanamente que me vengan con mentiras y que utilicen a mis amigos para estas cosas. Mi jefe sabe que podía haberme despedido sin más razones que decirme que no soy necesario o que hay recorte de plantilla, pero ha preferido el juego sucio y la cizaña.

Siempre me han disgustado los cobardes, pero entiendo por qué hay tantos: sale muy barato serlo. Y ser cobarde sale barato por que ser valiente sale muy caro. Lo que suele pasar cuando das la cara es que te la parten. Sale muchísimo más a cuenta ir por detrás, soltar cuatro o cinco puñaladas traperas, sembrar la discordia y dejar que la duda haga el resto. Mientras, limitarte a mirar.

Bueno, me queda el consuelo de que, al menos, esta vez el cobarde haya tenido que dar la cara. Espero que no le salga gratis total; no por dar la cara, sino por esconderla tanto tiempo.

Y ahora a seguir luchando, que el mundo no se para.

 

Estoy seguro que entenderéis que no tenga muchas ganas de sonreír, pero prometo dedicaros mi primera sonrisa tan pronto como recupere las ganas.

 

¡Qué desilusión!, Leño