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Saturday, 2 February 2008

Quemando naves

 

Siempre fue una casa fría, muy fría.

Anteayer entré por última vez en mi antiguo domicilio. El portazo resonó por todo el piso, absolutamente vacío. Apenas dejé unos cacharros de cocina viejos. Recogí lo que había ido a buscar y volví a salir. Mientras cerraba era consciente que no sólo cerraba una puerta, sino toda una etapa. Algo más de 21 años. Había vivido más en ese piso que en la casa de mis padres. 21 años viviendo solo. 21 años de intentar convivir con mis manías, mis filias, mis fobias, mis silencios y mis fantasmas. Desde el año 65, exceptuando un breve período, había vivido en ese piso un Alemany.

Ha sido mi casa durante 21 años. En ella he vivido posiblemente los momentos más intensos de mi vida, para bien o para mal: he amado y he sido amado, he perdido y ganado amores, he pasado noches en vela y días de vino y rosas, me enfrenté a mis demonios y gané, me resistí a mis pasiones y fui vencido, he perdido y encontrado amigos…

Pero jamás pasó de ser eso: una casa. Tenía una cama donde dormir, una cocina donde calentar algo para comer en invierno y un lavabo donde asearme. Cuatro paredes y un techo. Con los años cambié una decoración sesentera por algo más impersonal: me dejé varios sueldos en Ikea, colgué cuatro estanterías en la pared y poco más. Ni una sola concesión a la estética: si tiene utilidad se queda; si no, a la basura.

Era una casa; no un hogar.

Joan me ha dado asilo en su casa. Me siento extraño, raro. Todos esos años viviendo solo me han convertido en un ser un tanto huraño y tengo la sensación de estar robándole el espacio personal a mi amigo. Como si estuviera invadiendo su intimidad. Le agradezco infinitamente que me proporcione refugio, pero espero que sea lo más transitorio posible.

Ahora queda buscar un nuevo trabajo y empezar de nuevo a vivir. Pero antes he de resolver unas cuantas dudas. Y la primera es saber si quiero, si puedo formar un hogar o si seguiré viviendo durante unos años en esta especie de provisionalidad que ya dura demasiado.

Todo va demasiado lento para mi gusto, pero por otro lado casi mejor que sea así. Si tengo que volver a darme otro trompazo es preferible que me pille con algo más de fuerzas.

No sé por qué he escrito esto en el blog. Al fin y al cabo tampoco me hace ninguna ilusión seguir escribiendo, ni creo que sirva ya para mucho.

 

Mi casa, Los Suaves