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Thursday, 12 June 2008

Los años perdidos

 

Vestía camisa rosa y llevaba puestas unas gafas de color azul metálico que no escondían del todo unos ojos pequeños pero aún muy vivos. Quizás era influencia de los hijos/hijas o nietos/nietas. Sea como sea, le quedaba bien. Calculo que debería tener unos 80 años cumplidos con creces. Leía tranquilamente el periódico mientras tomaba un café y respondía a las preguntas que le lanzaba su nieto, de unos 8 o 9 años. Pasaba las hojas con pasmosa lentitud, casi deleitándose, con una leve sonrisa. Esa languidez en una persona de su edad tenía un punto de provocación.

Cuando hablaba con su nieto le miraba a los ojos, sin desviar la mirada hacia la lectura, prestándole toda su atención.

Me ha recordado muchísimo a mi abuelo. Por un momento he vuelto más de 30 años atrás, cuando el mundo era, simplemente, una sucesión de acontecimientos aparentemente sin sentido, y yo un crío dispuesto a fijarme mucho, a ver si conseguía entender algo.

El péndulo de los recuerdos me visita regularmente. A veces me pilla de buenas; otras, no tanto. Esta vez no le he visto venir y me ha dado de lleno en los morros.

Cada cierto tiempo recuerdo mi niñez. Mejor dicho, mi falta de niñez. Recuerdo las visitas de mi abuelo, cuando se instalaban con mi abuela durante cierto tiempo en casa de mis padres. Esa era la época más feliz de mi vida. Mi abuelo era todo mi mundo para mí, y yo otro tanto para él. Murió el otoño de 1977, poco después de que yo empezase a estudiar música. No sé si tuvo algo que ver, pero recuerdo que siempre me cantaba una canción, relativa a las notas musicales. La canción se la llevó consigo, pero me dejó la música.

Durante años aborrecí Bach. Seis años estudiando sus malditas partituras, encallándome una y otra vez, escuchando a mi profesora de piano decir: "No repitas; si te encallas, sigue tocando". Acabé odiándolo. Con Mozart me llevaba mejor. Tengo que reconocer que no estudiaba mucho. Apenas un par de ojeadas a la lección antes de ir a clase. Supongo que Mozart me inspiraba más. Bach era demasiado "mecánico" para mi. Tardé años en descubrir su magia.

Todo eso sucedió después de la muerte de mi abuelo. Todos esos años estudiando: música, dibujo, inglés. No recuerdo haber tenido tiempo para jugar. No sé si tenía pocos amigos porque era un chico solitario o si era al revés. El caso es que todos esos años están perdidos. No los recuerdo. Son años olvidados, como canicas en una bolsa. De vez en cuando aparecen por algún cajón, abres la bolsa, las esparces sobre la cama e intentas recordar como ponías la mano para lanzarlas. Pero también lo has olvidado. Entonces vuelves a guardar las canicas en la bolsa, y ésta en un cajón, hasta que la encuentres de nuevo dentro de unos años. Y así una y otra vez, hasta que un buen día, en algún traslado o porque alguien las encuentra y las tira, pierdes definitivamente las canicas.

Así son esos años: canicas dentro de una bolsa dentro de un cajón. Si me esforzara, seguramente recordaría que nunca jugué en el colegio con las canicas. Lo hacía en casa, en la sala, sobre la moqueta. Solo.

Ahora que mi padre se va haciendo mayor, que le noto algo más viejo cada vez que le veo, echo mucho de menos esos años. Ojalá hubiera jugado más conmigo. No es un reproche. Es simplemente un lamento.

El péndulo me ha dado más fuerte de lo que pensaba. Es como un metrónomo: a veces marca un largo; otras un presto. Quizás hoy tocaba un adagio en Mi bemol menor.

Me he reconciliado con Bach, pero añoro muchísimo a mi abuelo.

 

 

Another christmas song, Jethro Tull