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Friday, 29 August 2008

Tiempos "basura"

 

Extracto de una conversación real, os lo juro:

- Estoy buscando el último de Bustamante. ¿Lo tenéis?

- Pues no, lo siento. Los discos que nos quedan están en liquidación. No tenemos novedades.

- Ah, vale. No es "pa" mi. Yo oigo máquina.

- .....

- Oye, y esto que suena, ¿qué es?

- Pink Floyd

- ¡Buah, tio! Eso es muy viejo, ¿no? ¿Hay gente que escucha eso?

- Más o menos del año 1979, y aún se vende.

- ¡Pero si esa música tiene “mazo años”! Mis padres tienen un disco, creo. ¿Cómo puede haber peña que les guste y lo compren?

- Bueno, también se sigue escuchando a Bach, Mozart y Beethoven, por ejemplo.

- ¿Esos qué hacen?

Ese es el momento en el que uno se queda sin palabras, da media vuelta y se pregunta si no habría sido menos doloroso escoger una afición como la pesca con mosca, por ejemplo. Algo menos sujeto a las modas, más intemporal.

Me invade la tentación de tomarle el pelo y decirle: “Son un trío de DJ’s que están rompiendo en los clubs de Berlín, Copenhague y Moscú y que hace como 15 años que sacan recopilatorios de colaboraciones. Vamos, la caña. ¡Popper-house, techno-trip y Drum’n’Trash a tope! ¿No los conoces? Tío, bájate cualquier cosa de ellos. Por ejemplo: El Clave Bien Temperado, de Bach. ¡Alucinarás!”. Pero después pienso que tampoco es cuestión de hacer sangre. A la gente le gusta lo que le gusta, o lo que les dicen que les ha de gustar. Si no quieren descubrir cosas “nuevas”, es su opción.

Lo cierto es que vivimos “tiempos basura”, y no parece que las cosas vayan a ir a mejor. Se busca algo rápido, que satisfaga lo más primario, barato y que no te haga pensar. McDonald’s es un claro ejemplo. Tienes tu comida (es un decir) en menos de 5 minutos, te llena el estómago, no te arruinas y te lo sirven en bandeja (literalmente) ofreciéndote menús para que no tengas que escoger los complementos. Desde luego, olvídate de la calidad de la comida, o de que la relación calidad/precio sea penosa. No se trata de eso, no. Se trata de que pagues, comas y calles. Y en ese orden. Además, como todo el mundo va allí, pues no vas a ser tú el marginal. El resultado es que a los cinco minutos de haber abandonado el local, te has olvidado completamente de que has estado allí.

Con la televisión, tres cuartos de lo mismo. Programas de consumo rápido para mantener tus neuronas anestesiadas. Ha desbancado de largo a la religión como “opio del pueblo”. Si cambias el púlpito por un plató de televisión y al predicador por un presentador o presentadora, el resultado es el mismo. Al menos el predicador tenía el buen gusto de no señalar a nadie (aunque todo el mundo sabía a quién se refería cuando criticaba las costumbres de dudosa moral). Como en la comida, también se apunta a lo más visceral. Esa supuesta información “del corazón” más bien debería llamarse “del intestino”. Del final del intestino, concretamente.

Pues con la música, lo mismo. Productos de usar y tirar. Consumo rápido y más rápido aún olvido. Vamos a ver, ¿alguien guarda los CD de Operación Triunfo? Bueno, seguro que alguien habrá, pero es que también hay quien se come los mocos. Si a esto último no lo podemos llamar gastronomía, a lo primero no lo podemos llamar melomanía. Como mucho, fetichismo.

Sí, ya sé que estoy quedando como un pedante elitista. Ya sé que me diréis que voy de sobrado porque escucho Jethro Tull y que me las doy de listo por tener estudios de música. No, no van por ahí los tiros. Vale, quizás soy un pedante, pero no soy elitista. Sí, algo de música sé, pero tampoco es esa la razón. No creo que haga falta ser cocinero titulado para disfrutar de un buen cocido, de una paella bien cocinada, del sushi, del salmón marinado al estilo islandés, de un chucrut, del chimichurri sobre unas mollejas o de un simple caldo de los que hace mi madre, de esos que hierven durante 4 horas a fuego lento.

Creo que tiene más que ver con la cultura del esfuerzo y con las ganas de conocer cosas nuevas. Con la capacidad de afinarse con el conocimiento, en vez de embrutecerse. Tiene que ver con aprender que no todo es gratis y que no se puede tener todo lo que uno quiere. Tiene que ver con aprender a valorar las cosas en si mismas, no por su precio, ni por las modas, ni por el afán de tener, ni por pretender destacarse. Y tampoco tiene nada que ver con la edad ni con la condición social o económica. Tiene que ver, y mucho, con la educación, en sentido amplio.

Afortunadamente para los productores de cualesquiera productos “rápidos”, siempre habrá público para ellos. Los de la comida rápida tienen suerte: aún no se puede descargar por internet. Los de la “industria” de la música ya han visto el riesgo que se corre cuando confundes el precio con el valor. Optaron por la mierda al grito de “¡Millones de moscas no pueden estar equivocadas!” y ahora lloran. Creyeron que podían engañar a todo el mundo durante todo el tiempo. ¿Recordáis los discos de los años 70 y 80? La mayoría tenían 10 temas: 5 eran buenos, 2 eran fabulosos, 1 era una obra de arte y otros dos eran de relleno, aunque no estaban del todo mal. Pues ahora, con los mismos 10 temas, tienes 1 que será el lanzamiento principal, otro que será el secundario y el resto son de relleno, pero de relleno de colchón de mascota. ¿Calidad, qué calidad? Hablamos de negocios.

Sí, todo eso ocurre cuando la “industria”, el “negocio”, pasa por encima del trabajo. Ya no digo del arte, porque eso puede llevar a un debate más intenso. Digo del trabajo, de la artesanía. De gente que se sienta horas y más horas a componer, a grabar. Que lo hacen muchas veces perdiendo dinero propio, robando horas de sueño. Y las sociedades de autores, editores y demás que tanto reclaman el canon de grabación, ¿dónde estaban cuando la industria se apoderó de todo? ¿Qué hicieron cuando les impusieron las normas y las condiciones a cambio de su libertad? Cuando les oigo reclamar sus “derechos” tengo la sensación de estar oyendo a unas prostitutas que se vendieron por poco dinero hace mucho tiempo, que ya no saben hacer nada más y que no pueden seguir viviendo de lo que hacían, y ahora pretenden erigirse en los líderes del sindicato de proxenetas.

En fin. Me parece que he largado demasiado, pero es que hoy estaba cabreado, muy cabreado. La suerte que tengo es que nadie se fija en un blog como este. Si no, seguro que la SGAE me interpone una de sus querellas.

Ya sé que siguen saliendo cosas de calidad, que sigue habiendo mucha gente que hace cosas muy decentes. No quiero quedar como un nostálgico, pero ya no es la norma. La cultura ha dejado de ser importante. Sólo importa el negocio, la rentabilidad.

 

No es nostalgia. Parafraseando a James Carville: “It’s the music, stupid!”

 

fucku

Not now John, Pink Floyd

Friday, 22 August 2008

Et voilà qu'aujourd'hui...

 

Me llama alguien a quien quiero mucho para decirme que está embarazada y sale de cuentas en menos de un mes.

Me he quedado helado.

Los acontecimientos son la medida de la vida, del tiempo. Los días, las semanas o los meses poco importan si nada sucede. Quizás llevo tanto tiempo ocupado en levantar la cabeza que me he perdido todo lo importante que ha sucedido en mi vida y en las vidas de la gente a la que quiero. Me gustaría saber cuánto tiempo llevo así, pero soy incapaz de recordar cuándo fue la última vez que fuí consciente de lo que sucedía en mi vida. Me refiero a ser consciente de verdad. Es como navegar en un barco con vías de agua: o te dedicas a achicar agua e intentar tapar las vías o intentas mantener el rumbo. Pues eso, que llevo mucho tiempo achicando agua. Así no hay manera de decidir hacia dónde quiero ir, y mucho menos disfrutar de la travesía.

Están pasando muchas cosas a mi alrededor, en mi vida, y me las estoy perdiendo. Tampoco soy de los que quieren estar en todos los festejos, más bien es al contrario, pero me fastidia estar ausente. Creo que voy a tener que empezar a tomarme las cosas en serio, poner algo de orden (o lo que sea) en mi vida y dejarme estar de lo urgente. O me pongo serio o, a este paso, voy a acabar perdiendo el contacto con todas las personas que son importantes para mí.

Pero no todo es malo, afortunadamente. Alguien me enseñó hace tiempo a saber esperar sin dejar de ser impaciente. Alguien también me enseñó a estar de manera incondicional. Alguien me demostró que nunca está todo perdido, aún cuando lo parezca. Le daré una satisfacción a mi ego (pequeña, que si no se desboca y después no hay quien lo pare): creo que lo aprendí bien. Y ha tenido recompensa.

Aprender a vivir con la duda no es fácil. Mucho menos a convivir con preguntas sin respuesta. Pero a veces, sólo a veces, si te esfuerzas en no pensar en lo fácil, en no esperar que todo sea inmediato, si resistes la tentación de querer tenerlo todo (a pesar de saber que es imposible), tienes tu recompensa. Cuesta mucho. Cuesta aislarse del ruido del entorno, cuesta aguantar el dolor, cuesta no dejarse llevar por el odio. Pero vale la pena. Bueno, al menos a mí me ha funcionado. Y ni os imagináis el peso que me he sacado de encima. Es como si todo volviera a tener un cierto orden, como si las piezas encajaran, aunque el puzzle no sea del gusto de uno.

Aprendí que no siempre las preguntas tienen respuesta. No ha sido fácil, para que engañarnos, pero me enseñó (a mi y a mi ego infantil) a tolerar algo mejor la frustración. A lo mejor también me ha enseñado otras cosas que aún no he descubierto. Sea como sea, la mejor recompensa ha sido obtener la respuesta a las preguntas.

Porque si no te pierdes en el odio, si das una oportunidad a la gente para que se explique, acabas dándote cuenta de que lo que no hablamos, lo que damos por supuesto, es lo que nos acaba separando.

 

Somos capaces de sentarnos a hablar con nuestro mayor enemigo, con quien nada o muy poco nos une. Pero con demasiada frecuencia le negamos el mismo derecho a quienes amamos o hemos amado. Y no nos damos cuenta que somos nosotros quienes más perdemos.

 

 

L'encre de tes yeux, Francis Cabrel

Wednesday, 13 August 2008

Res, non verba

 

Hola de nuevo.

Sé que no me estoy portando nada bien con quienes seguís entrando de vez en cuando. Sé que debería escribir más a menudo, aunque fueran cuatro ideas poco elaboradas. Y debería hacerlo por mí. Si no, a este paso, acabaré por no escribir jamás, me cansaré y cerraré el blog. Estoy seguro que no será ninguna gran pérdida para la humanidad, ni siquiera para la literatura, ni mucho menos para el pensamiento filosófico, pero sé que acabaría arrepintiéndome de haber permitido que la desidia acabara con esto. Ya se sabe: lo que no se cuida se acaba perdiendo.

A todo esto, algo que se ha perdido es mi relación con Ana. Supongo que ninguno de los dos hizo lo que debía hacer. Y así, claro está, no es posible llegar a buen puerto en nada. No me arrepiento de nada, pero tampoco estoy orgulloso. Debí haberme portado mejor. Con ella y conmigo mismo. Llevo días pensando si debía ponerlo en el blog, planteándome cómo enfocarlo si lo hacía. He decidido que valía la pena expresarlo. Al fin y al cabo, es una parte de mi vida, y muy importante. Los detalles me los ahorro, claro. Eso queda para cada cual.

Las palabras están muy bien. Hablar ayuda a estructurar el pensamiento, te obliga a tener claro lo que quieres decir, para hacerte entender. De paso, esa estructuración te ayuda a ordenar las ideas y es una ayuda más para entenderte a ti mismo, sobretodo cuando la situación te desborda. Sí, hablar está muy bien, pero está mejor saber escuchar. Te ayuda a entender el mundo de la otra persona. Si es que quieres entenderlo, claro.

Pero las palabras no bastan. Se necesitan hechos. Aún más, gestos. Los hechos dotan de cotidianidad, ofrecen seguridad, constancia; la certidumbre de que todo funciona con una cierta regularidad. A veces, empero, tampoco bastan. En ocasiones puntuales se requieren gestos, que no dejan de ser hechos cargados simbólicamente. Cuando la situación es crítica son esenciales para rebajar tensión y para acercar posiciones.

¿Que puede decirle un mudo a un sordo? No, no es un chiste, lamentablemente. Sucede más a menudo de lo que creemos. A veces no queremos o no podemos expresarnos, y la otra parte no puede o no quiere escuchar. Hay un refrán inglés que me parece fantástico: Puedes llevar al caballo al agua, pero no puedes hacer que beba.

Quizás no haga falta que el mudo le diga nada al sordo. Quizás sea suficiente con que le sonría, le abrace y se pongan a remar en la misma dirección.

 

Esta vez tampoco había agua en la piscina. Hemos sido víctimas de la sequía... emocional. Por fortuna, el trampolín no era el más alto: no hubo tiempo, ni fuerzas, ni hechos, ni gestos... para subir más arriba.

 

Come talk to me, Peter Gabriel