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Thursday, 19 March 2009

Bocazas

 

En estas que, hace unos días, un señor (por llamarlo de alguna manera) de blanco decide irse de viaje a África, y allí suelta una lindeza parecida a esto: el preservativo no sólo no ayuda a combatir el sida sino que, además, lo agrava. Se llama Joseph Ratzinger, aunque es más conocido por su alias, Benedicto XVI.

Hace unos años, una señora (por llamarla de alguna manera) nacida en Albania, que vivía en la India y vestía una especie de sari en colores blanco y azul soltó una lindeza parecida. Vino a decir algo así como que el sida era una bendición de Dios. Se la conocía por Sor Teresa de Calcuta. Seguro que tenía un nombre, pero no me pienso tomar la molestia de buscarlo en Google. Como falleció hace ya unos años no haré más sangre de la imprescindible.

Esa pareja de bocazas, en sus manifestaciones, reflejan ser muy ignorantes o tener muy mala leche. Blanca leche, como sus ropajes. El ínclito Ratzinger tiene un buen pasado, y una trayectoria comprensible. Colega de estudios de Küng, ese teólogo crítico con la Iglesia católica, apostólica y romana, haciendo bueno el dicho aquel de que el cargo que se ocupa es inversamente proporcional a la competencia, ha acabado de Sumo Pontífice, es decir, de máximo gurú de su secta. En medio, fue el jefe de la Inquisición. Ya sé que ahora se llama Congregación para la Doctrina de la Fe, pero siguen siendo los mismos perros con diferente collar.

Vista la eficacia del preservativo a la hora de prevenir el contagio por sida, y conocidas por todos las cifras de muertos que ha dejado y deja esa epidemia, me pregunto si se podría acusar a ese tipejo de crímenes contra la humanidad. Dudo que ocurra. Más bien acabará en proceso de canonización (cuando palme), como Teresa de Calcuta.

Y dado que es el jefe de una secta que no pide perdón ni a tiros (y que, cuando lo hace, llega 300 años tarde), que tiene tendencia a apoyar regímenes totalitarios (siempre que no sean comunistas), que habla de solidaridad y de defensa de los pobres mientras acumula riquezas y que se muestra cada vez más apartada de aquello que dice defender, no seré yo quien practique la caridad cristiana. Si no se retracta, si no pide perdón por provocar tanto dolor a tanta gente víctima del sida, le deseo una larga enfermedad y una muerte horrible y dolorosa.

Podéis llamarme cruel o desalmado, o cosas peores, pero de lo que no me podréis acusar jamás es de ser hipócrita. Y no os quejéis, que el cuerpo me pedía usar palabras más malsonantes.