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Thursday, 16 July 2009

Saber (y poder) despedirse

 

Sir Edward Downes y su esposa decidieron suicidarse juntos en una ya famosa clínica suiza. Sería hipócrita si dijera que lo siento. Me alegro por ellos, de verdad. Parece claro que era lo que querían, morir juntos. Él estaba casi ciego y sordo, algo bastante duro en un director de orquesta. Ella tenía un cáncer terminal. En esas circunstancias tomaron su decisión.

Más allá del supuesto romanticismo del final, me quedo con capacidad de elegir. Corre un dicho por ahí que dice que nadie te recuerda por cómo llegas, sino por cómo te vas. Ellos decidieron irse juntos, elegir el momento y la situación. Supongo que, de haber sido posible, lo habrían hecho en su casa en vez de una clínica de otro país, como quien se esconde. pero así es la legislación británica. La británica y muchas otras, que confunden la protección de la vida del individuo incluso por encima de su propia voluntad.

Decía que me alegraba por ellos. Ojalá cuando me llegue el momento tenga la fuerza y la determinación de acabar mis días por mí mismo. Y si soy físicamente incapaz, que alguien me eche una mano sin tener que pagar por ello.

Ese es para mí el mayor de los derechos: el derecho a elegir. Ante una enfermedad incurable hay quien toma la decisión de luchar contra ella, quien se pone en manos de el dios correspondiente y quien decide que se levanta de la mesa y da por concluída la partida. Todas me parecen decisiones muy respetables. Lamentablemente, el derecho no recoge la posibilidad de acogerse a cualquiera de ellas en igualdad de condiciones. Es injusto, aunque no debería sorprendernos. Muchas veces, cuando alguien pide Justicia lo único que le dan es Derecho.

Habrá quien lo comprenda, dada la situación médica y de salud de ambos. ¿Lo comprenderían igual si su salud fuera buena, achaque más o menos, y decidieran que han tenido una vida plena y que quieren acabarla a su manera? Pues ese es el derecho a elegir. No como salida a un mal incurable, sino como digno colofón. Tengas 100, 80, 40 o 30 años.

Nadie nos pide la opinión para traernos a este mundo pero, una vez aquí, somos dueños de nuestra vida. Me parece muy bien que haya quien crea que su vida pertenece a un supuesto creador. Se lo respeto. Yo no le pido a nadie que se suicide, pero espero que llegue el momento en que nadie se atreva a impedírselo a otros.

 

Y encima esos salvaalmas son como los curas en el 99% de los funerales: hablan de quien no conocen.

 

Someone’s final song – Elton John