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Wednesday, 7 October 2009

Cómo enamorarse en plena crisis vital.

Era el tema que proponía Enma hace unos días, y que, de una manera muy elegante a la par que contundente, me recuerda. Añadía lo de “Estudio pormenorizado sobre un enamoradizo irredento, o sea, tú” (entendiéndose por “tú” al autor de este escrito, o sea, yo). A riesgo de extenderme en demasía, me gustaría dividir este estudio en dos fases. La primera dirigida a aclarar que no soy un enamoradizo irredento, y la segunda a la cuestión de cómo enamorarse en plena crisis vital.

¿Soy un enamoradizo irredento? ¿Soy enamoradizo? En caso afirmativo, ¿soy irredento?

La RAE define enamoradizo o enamoradiza como “propenso a enamorarse”; enamorarse como “prendarse de amor de alguien”; y amor como (entre otras acepciones) “1.- Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.|2.- Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.|3.- Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo.”

De las acepciones de amor anteriormente citadas me gustaría extraer y comentar ciertas frases:

- “Partiendo de la propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”. Dejando de lado que esa definición también podría ser aplicable a una relación simbiótica o parasitaria, yo añadiría: “u otros seres”. Hay muchos tipos de amor, no sólo el romántico. Pero, aún en ese caso, uno puede enamorarse de dos personas a la vez. Y, como dice el bolero, no necesariamente estar loco. Aviso: no suele salir bien. De todos modos, me interesa especialmente la expresión “Partiendo de la propia insuficiencia”.

- “Sentimiento hacia otra persona que (…) nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.” ¿Es la persona quien nos completa, alegra, etc.? No. Es el sentimiento lo que nos completa, alegra y demás. De hecho, la persona puede estar en la más absoluta inopia, o puede conocer nuestro sentimiento y no correspondernos. Mientras el sentimiento exista, nos sentiremos completos, alegres y tendremos energía para convivir, comunicarnos y crear. Curiosamente, puede que lo de convivir y comunicarnos sea con nosotros mismos. A veces, enamorarse nos abre ventanas, permite puntos de vista que no siempre somos capaces de asumir, y nos permite entendernos y asumirnos mejor como personas. Aunque también es cierto, como explicaré más tarde, que, para que se enamoren de nosotros, hemos de “manifestar” que nuestras ventanas están abiertas.

- “(…) afecto, inclinación y entrega a alguien o algo”. Aquí me detengo en el concepto de entrega. Si os habéis fijado, en la parte derecha de este blog, justo debajo de la cabecera, hay una frase: “And it’s only the giving that makes you what you are”, que puede traducirse como “Eres lo que das”, aunque yo preferiría una forma más literal como “Es sólo la entrega lo que te convierte en lo que eres”. Para quienes gustéis de la poesía en inglés, me permito recomendaros la canción que me inspiró este blog: Wond’ring aloud (con los comentarios sobre la canción aquí)

Así pues, tomando los conceptos en negrita, podría definir enamorarse como un sentimiento de entrega ante la propia insuficiencia. Esto lo retomaré en la segunda parte de este estudio.

En cierta ocasión, un amigo me definió como un “individuo de los afectos”, indicando así que, de alguna manera, me mueve más la emoción que la razón. No ha mucho, un maestro me regaló una enseñanza que procuro compartir siempre que puedo: No escogemos en quién depositamos nuestros afectos. Asumo ambas afirmaciones: soy un individuo de los afectos y no escojo en quién los deposito. No estoy afirmando en modo alguno que el destino escoja por mí, sino que no lo hago de manera consciente, como algo muchísimo más primitivo, más intuitivo, más inconsciente, si se me permite tal expresión. Pero añado algo más: no lucho contra mis afectos. Puede parecer una afirmación gratuita, pero, ¿quién no ha pretendido alguna vez no amar a alguien, o no ha intentado luchar contra sus sentimientos? Bien sea porque no es la persona “adecuada”, porque no es la situación “adecuada” o porque no es el momento “adecuado”. Desde hace ya unos años, asumo que la persona es la que es, con sus particularidades, que la situación es esta y el momento es ahora. Quizá la persona está casada, vive en la otra punta del país y resulta que estoy en pleno proceso de irme a vivir a otro continente. Nada de todo eso hará menor mi afecto. Podré decidir dejarlo todo y cambiar mis planes, esperándola, si es que veo alguna posibilidad. O podré seguir con mis planes y marcharme como tenía previsto. Sea como sea, mi afecto, mi amor, seguirá siendo el mismo. De nada me sirve argumentar en contra, porque, de acuerdo con Blaise Pascal, “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. Aún a diez mil kilómetros de distancia, mi afecto seguirá existiendo, y se extinguirá a su propio ritmo.

Así pues, no puedo considerarme enamoradizo en el sentido de la propensión al sentimiento, pero sí en la medida que no lo oculto ni pretendo hacer como si no existiera. Cuando surge lo vivo, para bien o para mal, procuro disfrutar lo bueno que me aporta y asumir que también habrá una cierta dosis de dolor.

Lo de irredento será más breve de argumentar. No se trata de una postura en la cual me enroque. No creo que tenga que redimirme, en la medida que no es ninguna culpa ni, mucho menos, un pecado. Es, simplemente, mi naturaleza. Cada uno es como es y yo soy así.

Cómo enamorarse en plena crisis vital.

Retomo mi definición (hecha a base de retales) de enamorarse: sentimiento de entrega ante la propia insuficiencia.

Sí, es cierto que estoy en plena crisis vital. He tenido seis meses para pensar en lo que quiero ser cuando sea mayor. Quizá en los últimos años había caído en una dinámica de “hacer cosas” para “ser algo”, y el planteamiento ha de ser al revés: soy alguien, y ese alguien hace cosas. Lo que sea, mientras no deje de ser ese alguien. Y si, por esas cosas de la vida, dejo de ser ese alguien para convertirme en otro alguien por la simple razón de que me gusto más de otra manera, pues ese nuevo alguien hará otras cosas. Evidentemente, todo eso tiene un precio, pero a estas alturas creo que ya lo he asumido. Hay quien asume que pagará una hipoteca toda su vida porque su ilusión es tener una casa. Hay quien asume que vivirá toda su vida con alguien porque teme estar solo (en ocasiones, solo consigo mismo). Yo he asumido que nunca seré nada porque… porque soy como soy. Soy incompleto, insatisfactorio, insuficiente, contradictorio,… Pero también me ilusiono, y esa ilusión me “completa, alegra y me da energía para convivir, comunicarme y crear”. ¿Os suena?

Sabes que me he tirado a muchas piscinas, sin preguntarme si había agua o no. Me ha costado más o menos salir de ellas, pero he salido. Casi siempre ayudado por mis amigos, eso sí. Lo que he descubierto en todas esas veces es que no hay nada que me haga sentir más vivo que el momento de coger carrerilla y saltar desde el trampolín. Vale que te puedes dar una leche de impresión, pero digo yo que, por pura estadística, algún día habrá algo más que un palmo de agua. Y si no la hay al menos seguiré saltando.

Entonces, ¿cómo enamorarse en plena crisis vital? Pues, sencillamente, dejando que suceda. Es tan buen momento como otro cualquiera. A la sensación de provisionalidad, de fragilidad, se le añade ese “sentimiento de entrega”. Nada tienes que perder, pues, de hecho, sientes que nada tienes. Y en esa nada todo cabe. Qué mejor que sentirte lleno de esa sensación de abandono, de entrega, de rendición. Te hace sentir muy libre y, curiosamente, te proporciona una cierta clarividencia alejada del miedo a la pérdida.

La cuestión realmente enigmática, mi querida amiga, es cómo alguien puede enamorarse de una persona que está inmersa en plena crisis vital. Pues quizá al no obstinarnos en cerrar unas ventanas que airean el ambiente y oxigenan los pensamientos, que nos proporcionan empuje para atrevernos a hacer todo eso que no haríamos en otras circunstancias, permitimos que otros miren en nuestro interior. Los momentos de crisis son momentos de cambio; no se ven las cosas igual cuando uno está escondido tras las cortinas de la autosuficiencia y los visillos del conservadurismo. Si permitimos que esas ventanas permanezcan abiertas estaremos mandando una clara señal de que no nos atenaza el miedo. Y esa señal es tremendamente atractiva. Quizá no lo sea para quienes “hacen cosas” para “ser algo”, pero sí para quienes se atreven a lanzarse a una piscina.

Lo que no puedo decirte es por qué ella se ha enamorado de mí, Enma: no lo sé. Se lo tendrás que preguntar tú misma.