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Thursday, 26 November 2009

¿España?¿Qué España?

Soy independentista.
Quizá después de la explicación habrá quien crea que lo que he definido es nacionalismo encubierto, catalanismo disfrazado o lo que sea, así que mejor reformulo la frase.
Me siento independentista. ¿Mejor así? Pues vamos a la explicación.
Nací en Catalunya. Un accidente como otro cualquiera. Podría haber nacido perfectamente en Guildford, Surrey, Inglaterra, que era donde vivían mis padres poco tiempo antes de nacer yo. O podría haber nacido en Galicia, de donde es mi madre, o en Andalucía, de donde es gran parte de la familia de mi padre. Pero no, nací en Barcelona, ciudad ciclotímica donde las haya.
Crecí en un pueblo de la Costa Brava. Mi lengua materna es el castellano, que es la que se habla en casa, pero desde muy pequeño me pusieron a estudiar inglés y, en la calle, hablaba o intentaba hablar en catalán. Confundía los nombres del rojo y del amarillo (en catalán) cuando era pequeño, pero ya se me ha pasado. Por mi primer apellido me libré de que me llamaran “charnego”, un epíteto usado por los niños (¿de dónde lo aprenderían?) para insultar a otros niños que no tenían “raíces” o apellidos catalanes. Pero lo era. Yo era, y soy, un “charnego”.
Con los años asumí como mi primera lengua el catalán, y lo mantengo. También soy de los que, cuando conocen a alguien en una determinada lengua, la mantienen siempre. Vamos, que las reuniones de amigos son de lo más divertidas: estás explicando algo, miras a alguien con quien hablas en catalán y lo cuentas en catalán; te pregunta alguien con quien te has conocido en castellano y respondes en castellano. Supongo que ese chip lo tengo desarrollado desde pequeño. Este aspecto cuesta mucho que lo entiendan quienes no lo han vivido, pero con un poco de paciencia y si les brindas la posibilidad de vivirlo, lo entienden.
A medida que han pasado los años me he ido cansando progresivamente de la relación Catalunya-España. Tengo familia repartida por muchos sitios de la península, y no tengo problema alguno en visitarlos. Me gusta conocer sitios diferentes y disfruto de la diferencia de culturas, aunque a menudo choque por mi manera de ver las cosas. Respeto las lenguas diferentes. Una lengua no sólo es un medio de comunicación, como se pretende hacer ver; es también una manera de ver el mundo, de concebirlo.
Cuando digo que no me considero español me molesta profundamente que me digan, a modo de argumento, que vea lo que pone en mi pasaporte o mi DNI. En mi DNI pone muchas cosas, entre ellas un número, y no me considero un número. En mi pasaporte pone que mi nacionalidad es la española, pero eso es porque nací en Barcelona y siempre he vivido aquí. Si viviera los suficientes años en otro país probablemente podría optar a otra, así que eso no me supone ningún argumento, sino la consecuencia de un accidente.
No bailo sardanas. Tampoco sevillanas, jotas o muñeiras. Ni me marco un aurresku cuando tengo invitados. No por nada, es que no me gusta bailar.
Hace años, cuando me preguntaban si me sentía catalán o español, decía que catalán. Hoy en día no me siento nada de eso. Ahora no soltaré lo de ser ciudadano del mundo. Eso me queda grande y lo dejo para quienes tienen amplias miras. Yo soy miope, aunque operado, así que mis miras han sido más bien cortas. Quizás por eso me siento apátrida. Ahora vendrían mis amigos entendidos en la cosa de las leyes y me dirán que la apatridia es una situación altamente irregular. Desde el punto de vista legal, quizá. Desde mi punto de vista es lo más cómodo (en el sentido de confortable) que conozco. Además, no entiendo por qué puedo ser ateo y no puedo ser apátrida. En las cosas realmente importantes de la vida (comer, dormir, reír, llorar, amar,…) no necesito para nada ni dios ni patria. En cambio, han sido las razones esgrimidas para los mayores desastres provocados por la humanidad.
Sí, soy apátrida. Ya sé que me diréis que no lo soy, que tengo una nacionalidad y unos derechos y que, por tanto, no puedo considerarme apátrida. Pues vale. No desobedezco ninguna ley, pero ninguna ley me va a decir cómo me debo sentir. Y, al fin y al cabo, uno acaba actuando en función de cómo se siente.
Pues eso, que soy apátrida. Eso no significa que no siga defendiendo mis ideas. Creo que Catalunya estaría muchísimo mejor si fuera independiente. Es más fácil organizar un país con 7 millones de habitantes que con 45, sobretodo si el país de 45 es España. Esa España que no son dos, no. Es una, porque a la otra se la cargaron entre todos y ella sola se murió. Esa España que señala con el dedo acusando de nacionalistas a los demás, mientras confunde el castellano con el español. Es como si yo me planto en el centro de Edimburgo y le pregunto a un amable escocés: “Excuse me, sir. Do you speak british?” Las carcajadas se oirían en Gales (y sin traducción al gaélico).
Esa España es la que no ha aprendido aún que hay lenguas, culturas y maneras de vivir diferentes. Y no lo piensa aprender. Resistencias las hay en todas partes. Sin ir más lejos, yo también las viví de pequeño, con lo de “charnego”. Bien, pues hoy la más alta autoridad en Catalunya es un “charnego” y, aunque no le voté ni lo haré nunca, me parece un elemento de normalización muy importante. Si fuera una “charnega” aún lo consideraría más importante, pero a eso aún no hemos llegado.
Pero no es solamente ese desprecio a todo lo que no sea “español” lo que me molesta. Me molesta que la tierra en la que he crecido, donde he convivido con gentes venidas de muchas partes de esa España, sea vilipendiada un día tras otro. Nos llaman insolidarios, que es la versión pulida del estereotipo de tacaños. No se dan cuenta de que están llamando insolidarios no solo a los que ellos consideran catalanes, sino a mucha gente que siguen sin considerarse catalanes, que vinieron de Murcia, Andalucía, Galicia, Aragón, y que ven como se les agravia y se les insulta. Esos sin cuyo concurso Catalunya no sería el motor que ha sido todo este tiempo. Esos que vinieron porque no podían sobrevivir en su tierra y se trasladaron para encontrarse bajo el techo de una barraca o, en el mejor de los casos, en unas viviendas creadas como “ghettos” para que no se mezclaran con los autóctonos. Esos mismos que, cuando vuelven al pueblo de vacaciones, se encuentran con que les hablan allí de una Catalunya que sólo existe en su imaginación o en las páginas de algunos diarios o en las bocas de algunos vociferantes comunicadores de radio o televisión. “En Catalunya (bueno, ellos lo pronuncian con ñ, que es más español) insultan y odian a los españoles (entiéndase andaluz, o aragonés, o gallego… ¡y después no se consideran nacionalistas!)”. Pues no, mire usted, básicamente porque hay muy pocas personas en Catalunya que no tenga vínculos con alguien “español”, bien sea por familia directa, bien sea por matrimonio, o bien por patrimonio, que de todo hay. Y, todo sea dicho, porque cada día aprendemos un poco más que para definirse no es necesario negar o menospreciar a nadie. ¿Que hay tarados? Sí, como en todas partes.
¿Por dónde iba? Ah, sí. Probablemente a estas alturas os preguntaréis, ¿cómo puede alguien declararse apátrida e independentista? Bueno, pues porque en algún sitio ha de vivir uno que se considera apátrida, y se da la circunstancia de que vivo en Catalunya. Y estoy harto de pagar peajes en autopistas, de sufrir unas infraestructuras ferroviarias deficientes, que el aeropuerto de Barcelona no pueda ser transoceánico, que la lengua autóctona se menosprecie, que un gobierno central tras otro no inviertan lo que han de invertir… mientras se me pide que siga pagando mis impuestos y me llaman egoísta. Da igual si me considero catalán, español, apátrida, ciudadano del mundo, hámster u hortensia de color azul: me toca, y mucho, las gónadas. En sentido figurado, se entiende.
No me gusta quedarme donde no soy bienvenido y mucho menos donde se me insulta, pero tampoco me da la gana irme y dejarlo todo. Hubo un tiempo en el que creí que la pedagogía era importante, pero me he cansado. No necesito acudir a la historia, ni blandir la lengua como un arma, ni apelar a la testosterona. Si tengo oportunidad, me iré a vivir a cualquier otro sitio donde me pueda sentir más a gusto (o menos a disgusto, como se quiera ver). Pero mientras viva aquí, seguiré pensando que Catalunya, en este momento, tiene un serio problema con eso que viene a llamarse España, esa España que tan bien definió Rubianes. Por supuesto que en Catalunya también tenemos mucha mierda por barrer, pero precisamente por eso no necesitamos que nadie nos tire la suya mientras barremos la nuestra. Si me queda tiempo, fuerza y ganas, no tendré ningún problema en ayudar al vecino a arreglar su casa, pero no tiene ningún derecho a exigírmelo. La solidaridad no se impone; es una iniciativa personal e intransferible.
Además, si yo tuviera un vecino que me cae mal y que quiere irse del edificio, sinceramente, le pondría todas las facilidades para que se fuera. A menos, claro está, de que mis intereses sean otros.
Creo que ese Estatut cuya constitucionalidad se discute es algo descafeinado, y nada tiene que ver con lo que salió del Parlament de Catalunya. Tampoco creo que la Constitución sea algo inmutable, ni tan sacrosanta como la quieren vender, pero es un fruto más de una transición hecha con y desde el miedo, y quienes menos dispuestos estaban a los cambios son ahora quienes más se aferran a ella.
No sé si la dignidad de Catalunya está en juego, la verdad, pero estoy firmemente convencido de que hay que dar un puñetazo encima de la mesa de una vez y prepararnos para decir “adiós, y gracias por todo (o por nada)”. Con el diálogo lo único que hemos conseguido es que nos gritaran y, en el mejor de los casos, nos mintieran y nos volvieran a acusar de insolidarios. Eso sí, jamás se han olvidado de pasar la factura.

Probablemente si hubiera nacido en Escocia sería independentista escocés… y apátrida. Pero mientras viva en Catalunya y mientras siga triunfando ese concepto de España que desprecia y envidia cuanto ignora seguiré defendiendo que la mejor opción política para Catalunya es la independencia.

Sin acritud.