Pages

Sunday, 18 January 2009

Un año para olvidar

 

Un repaso rápido de cómo ha ido el año 2008.

El cambio de año me pilla en Islandia, cenando junto a un lago, con una vista fenomenal y muchos fuegos artificiales, brindando con champán francés y escuchando a diestro y siniestro que 2008 será un año fantástico. Bueno, con ver cómo está Islandia en estos momentos creo que no hace falta decir nada más.

A principios de febrero, la mudanza a casa de Joan. Le agradezco infinitamente el apoyo y el asilo, y no tuvo que ser fácil para él. Para mí fue complicado: 22 años viviendo solo dejan muchas huellas, muchas manías y costumbres que no siempre son fáciles de cambiar.

Hablando de costumbres, otra que cambiaba. En abril dejé la Agencia Tributaria después de casi 20 años y me fuí a la privada. No era muy inteligente, viendo cómo se ponía el tema de la crisis, pero necesitaba el cambio de aires urgentemente.

En verano llegó lo inevitable: la relación con Ana se agotó. Las respectivas circunstancias personales pasaron una factura muy grande. Probablemente alargamos la situación algo más de lo aconsejable, pero creo que tuvimos la suerte de no caer en el error de dejar morir la relación.

Casi simultáneamente, empiezan a sucederse situaciones complicadas en el trabajo. Trabajos que nada tienen que ver con las tareas para las que me contrataron, presión para realizarlas en unos plazos que después se ignorarán, compromisos que no se cumplen, demasiada gente dando órdenes y nadie asumiendo responsabilidades y un larguísimo etcétera que en aquel momento atribuí a problemas coyunturales.

A finales de septiembre, después de mucho batallar, consigo que se confirme mi puesto de trabajo en Barcelona. Mis amigos me encuentran una buena solución de vivienda y acepto. Apenas una semana antes de mudarme hay un pequeño cambio de planes y resulta que acabo compartiendo piso con Fernando, a quien me une una amistad de más de 30 años. Bueno, es más un hermano que un amigo. Tampoco ha sido fácil la convivencia. Mentiría si digo que es difícil, pero es evidente que tenemos costumbres radicalmente diferentes.

A finales de diciembre, se confirma que no me renovarán el contrato. Sinceramente, lo veía venir. Me duele tremendamente las maneras de mi jefe. Desde el principio le dije que sólo tenía que decirme que no me renovaría, por las razones que fuesen. No tenía ninguna necesidad de intentar ponerme en contra de mis amigos, y mucho menos de mentir. Sinceramente, yo creía que sólo era alguien que no sabía manejar los conflictos, pero ha resultado ser alguien cobarde, mezquino y ruín. Probablemente dar mi opinión no ha ayudado. Quizás si me hubiera quedado callado, me hubiera tapado la nariz y hubiera mirado hacia otro lado podría haber seguido. O si me hubiera subido al carro de muchos otros empleados de medrar a base de llorar mucho y de eludir las responsabilidades, pasando la mierda a otros. En cualquier caso, todas mis opiniones iban orientadas a mejorar el funcionamiento de la empresa, y ni una sola vez hice una crítica sin aportar a la vez una posible solución. Evidentemente, no soy un experto en empresas, pero después de muchos años en la pública he aprendido algo sobre como mejorar algunos procedimientos.

Vamos, que no ha sido precisamente un año para tirar cohetes, pero al menos le hemos sobrevivido. Si tengo que sacar algo positivo de todo esto, me quedo con una reflexión que me ayuda a seguir adelante. El día en que yo me guarde mi opinión será porque lo decida yo, no porque alguien pretenda comprar mi silencio. Hipotecaré mi silencio cuando yo lo crea necesario, oportuno o irremediable.

Tengo un precio, como todo el mundo. Me temo que tarde o temprano sabré cuál es. Si algún día tengo que venderme, prometo deciros la razón. También tengo principios, pero carezco de la sabiduría de Groucho para poder ofrecer otros si los mios no gustan.

 

 The price, Twisted Sisters