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Tuesday, 18 May 2010

The Last in Line

There’s no sign of the morning coming
You've been left on your own
Like a Rainbow in the Dark

 

El domingo por la noche la alegría por la liga ganada por el Barça se esfumó en un santiamén. Buscando información en la red me enteré de que Ronnie James Dio había muerto por la mañana. A la mayor parte de vosotros no os sonará de nada, pero para la comunidad del heavy metal se ha ido algo más que un cantante.

No soy dado a idolatrar a nadie, pero hay recuerdos con los que creces y se quedan grabados a fuego.

Me apasiona la música, de muchos tipos, y el heavy metal tiene un gran espacio no solo en mi discoteca particular, sino en la banda sonora de mi vida, indisolublemente unida a algunos de mis recuerdos más intensos.

Con Dio aprendí a soñar con templos, reyes, bestias, leyendas, unicornios, caballeros. Aprendí que no hay luz sin oscuridad, bien sin mal o paz sin lucha. Supongo que habré perdido muchas de esas cosas con el paso de los años, pero algo queda siempre.

Sí, parte de mi corazón es de metal, como cantaban los Accept. Y esa parte se sigue emocionando cuando oigo cantar a Ronnie, ese tipo bajito, con pinta de duende, que seguía manteniendo la vitalidad, la actitud, el pelo largo y casi la misma voz con 68 años. Seguía en la carretera y sobre los escenarios, con sus plataformas y su atuendo entre gótico y medieval.

¿Te acuerdas? El famoso video con aquella estética ochentera de la que ahora nos cachondearíamos: The Last in line. Aquellos acordes de guitarra suaves y su voz aterciopelada que nos acunaba como en una nana:

We're a ship without a storm
The cold without the warm
Light inside the darkness that it needs, yeah
We're a laugh without a tear
The hope without the fear
We are comin’… home

Y después el grito desgarrador y toda la fuerza del mundo para hablarnos del bien, del mal y de todo lo que hay en medio. Sin tomar partido, sin acusar; solo diciéndonos que algún día lo sabríamos.

 

Pero mucho antes de eso ya nos había cantado otras muchas cosas. Nos había hablado de la Dama del Lago, a la que profesaba devoción:

I know she waits below
Only to rise on command
When she comes for me
She's got my life in her hands

 

Nos había explicado lo que había sucedido hace mucho tiempo, en el año del zorro:

There in the middle of the people he stands,
Seeing, feeling.
With just a wave of the strong right hand, he's gone
To the temple of the king.

 

Incluso nos contó lo peligroso que resulta dormir con el diablo:

Move closer to me
I can make you anyone
I think you're ready to see
The Gates of Babylon

 

 

¿Sabes? Creo que nos enseñó muchas cosas. Nos dijo que seríamos la oveja negra de la familia, que podían existir mundos mejores, que podíamos amar y ser amados, que podíamos luchar, que algunas veces ganaríamos y otras perderíamos. Nos enseñó a soñar. Quizá nosotros éramos jóvenes y despistados y no lo aprendimos bien, pero nos lo enseñó para que algún día pudiéramos recordarlo. No fuimos los únicos, porque otros consagrados como Lars Ullrich, de Metallica, también cayeron bajo el embrujo del duende.

No, no ha muerto solamente un cantante de metal. No solo introdujo aire nuevo en el género con su registro agudo o sus letras; también nos dio un gesto que hoy en día todos conocen: los cuernos. Sí, la famosa mano cornuda la empezó a usar él como gesto en sus actuaciones y se ha convertido en un símbolo universal, en el saludo que todos los metaleros reconocemos. Puede parecer anecdótico, pero si a eso le sumas su particular voz, su influencia y su paso por algunas de las mejores bandas de heavy metal entonces tienes no sólo a uno de los padres del género, sino también a una leyenda. Insufló vida en el metal… y el metal en nuestras vidas.

Pero, independientemente de todo eso, como si no fuera suficiente, me dejó un recuerdo con el que moriré. Hay miles de canciones, cientos de miles. Muchas me traen recuerdos especiales, como a todo el mundo: con la que diste el primer beso, la que sonaba aquella vez que hiciste el amor mientras llovía a cántaros en primavera, aquella con la que te emborrachaste hasta olvidar tu nombre, esa con la que te encanta despertarte, la que te pones cuando estás triste para abrirte las venas del todo,…

Sí, todos tenemos de esas, pero yo tengo una que sobrepasa todo eso. La letra consigue que se me suicide una lágrima por la mejilla mientras conservo una sonrisa serena en mi boca; musicalmente me parece de lo mejor que he oído en mi vida y me da una sensación de paz que no he sentido con nada más (sobretodo la letanía final). Y la voz… Bueno las armonías vocales me colman los oídos, pero el final de la canción, justo al final del tercer estribillo (a partir de 5’02’’), me llena el pecho de aire, me eleva, satura mis sentidos hasta tal punto que creo haber alcanzado una suerte de equilibrio con el universo, ingrávido, suspendido. Es el final perfecto para una obra sublime. Creo que si pudiera elegir un momento para morir sería ese:

 

 

 

Lo siento, me he enrollado demasiado, y a la mayor parte de quienes entráis aquí no creo que os guste en absoluto ni Dio, ni el heavy ni nada que se le parezca. Lo más probable es que os parezca todo una inmensa tontería más propia de un adolescente que de un cuarentón. Quizá ese sea el problema: que sigo siendo un adolescente. Solo quería compartir con vosotros algo que me ha entristecido, porque ayer murió alguien que, sin saberlo, cambió mi vida, aunque solo fuera en un aspecto muy pequeño.

 

Quizá también necesitaba escribir sobre alguien o algo que me hiciera sentir vivo, aunque triste. He escrito demasiado últimamente sobre gilipolleces y sobre gente que, si no fuera por el alcance de sus actos, no merecería ni un minuto de atención. Necesitaba dejar lo urgente y volver a lo importante, a cambiar la bilis por la sangre, a sentir que vuelve a fluir por donde debe.

 

Necesitaba volver a lo básico; a sentir los latidos de mi corazón.

 

Long live Rock ‘n’ Roll!

Horns up!

dio

Let us dream, let us sing
for tomorrow we shall die