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Saturday, 17 July 2010

Aquellos maravillosos años

 

Manifestaciones y otros desfiles

 

Quienes me conocen ya saben de mi gusto por desfilar tras una bandera: sólo si va en forma de falda plisada. Pero a veces hay que hacer excepciones. Si he sido capaz de votar ebrio, incluso tapándome la nariz y mirando hacia otro lado, supuse que sería capaz de asumir el “trágala” del PSC (ah, quién te ha visto y quién te ve) e ir a la mani, aunque fuera con bandera.

No estuvo nada mal, la verdad. A ojo de buen cubero yo diría que había entre treinta y un millón y medio de personas, según como se quiera mirar. Mucho lema independentista, alguna que otra pancarta graciosa y mucho comentario en castellano. Y es que el independentismo ya no es lo que era, no. Ya no es el “nacionalismo extremo” que querrían algunos (los mismos que practican el nacionalismo español extremo, por cierto). El independentismo catalán actual habla muchas lenguas, entiende muchos puntos de vista y se ha adaptado a los tiempos modernos, es decir, se ha vuelto pragmático. Para los que aún practican el nacionalismo decimonónico quedan los mensajes excluyentes, los grandes símbolos patrios, la lengua como arma y el “pal de paller i barretina”.

El independentismo sigue creciendo cada vez que Aznar o alguno de sus acólitos abren la boca, cada vez que a un socialista le sale la vena jacobina, cada vez que un tribunal politizado y partidista emite una sentencia en contra de la opinión mayoritaria de un pueblo, y cada día que pasa sin que se invierta lo que se ha de invertir. Curiosamente, la vía económica está acercando a mucha gente a un independentismo que no te exige lealtad a la bandera, pero que te pide respeto para esta tierra; que no te exige que hables en catalán, pero reclama el respeto debido a una lengua milenaria propia que se resiste a desaparecer; que no exige que se nos trate como al rey de la casa, pero que no tolera que seamos cornudos y apaleados. En definitiva, que no pretende ser mejor o peor que nadie, pero que exige que se nos acepte como somos. Porque si no aceptas a alguien tal como es es que no le quieres, y no tiene sentido seguir junto a alguien que no te quiere.

España no nos quiere, eso está claro. Nos necesitan, sí, pero no nos quieren tal y como somos. Nos quieren domesticados, callados, trabajando, serios, con “seny” (que no tienen ni puta idea de lo que es, ni saben que va unido a la “rauxa”) y tacaños (para poder seguir contando chistes estereotípicos que no tienen ninguna gracia). Ah, y “solidarios”, que es el eufemismo para decir que sigamos pagando y callando.

Hace muchos tuve algo parecido a una novia. Ella intentaba cambiarme a mí y yo intentaba cambiarla a ella, porque no nos gustaba casi nada del otro. ¿Por qué estábamos juntos? Pues porque sexualmente nos lo pasábamos muy bien. Hasta que llegó el día en el que un buen polvo ya no compensaba las broncas, el malhumor y el desencanto permanente. Decidimos dejarlo, y desde entonces nos va muy bien como amigos.

Bueno, sí, también dejamos el sexo. No se puede tener todo.

 

Nostalgia a raudales (o no)

 

Hace un mes, día arriba o abajo, asistí a la primera cena de ex-alumnos de EGB… después de 28 años. Así, a bote pronto, las chicas se conservan mucho mejor que los chicos. Claro, ellas no se quedan calvas ni tienen barriga cervecera. Lo cierto es que había quienes estaban muy bien, escandalosamente bien. Y también quienes estaban muy perjudicados. Supongo que la vida no trata a todo el mundo por igual. Una amiga me decía que a esas cenas vas a ver cómo le ha ido a cada cual, a ver si se han cumplido las profecías de juventud. Si el guaperas lo sigue siendo, si las nenas monas siguen tan estupendas, si el que se llevaba las collejas se las sigue llevando, si los perdedores han salido del pozo,…

No pasa nada de eso, ni hablar.

Te encuentras con personas que tienen tu misma edad, de las que recuerdas el nombre pero no la cara o al revés. Perfectos desconocidos con los que no tienes nada en común, porque vuestros caminos se separaron hace años o porque no se cruzaron nunca salvo para coincidir en el espacio y en el tiempo.

Te encuentras con ese largo tiempo amigo, con quien tanto compartiste, con quien tanto aprendiste y constatas que vuestros caminos se separaron en algún momento, pero no sabrías decir cuándo exactamente. La vida, simplemente, os ha ido alejando: diferentes maneras de pensar, de hacer, de sentir, de vivir, que se han distanciado de forma imperceptible, con cada vez menos frecuentes visitas, llamadas, conversaciones. Vuelves a casa con un ligero sabor amargo, el que tienen las pérdidas. Pero también consciente de lo mucho que representó en tu vida, y agradeces haberle conocido.

Te encuentras con tu pasado,  con todo aquello que vivías, con lo que pensabas, lo que sentías. Con quien soñabas ser y no fuiste. Te abruma tener que aceptar lo que pudiste ser y no quisiste. Pero lo que realmente te duele es ser consciente de lo que quisiste ser y no pudiste. Porque no te atreviste, no supiste o porque no diste más de ti.

Y te encuentras con tu primer amor. Ese que no olvidas jamás. Porque esa sensación la has sentido otras veces, pero jamás con tanta carga de miedo, ilusión, esperanza. Porque fue tu universo por un tiempo interminable. Porque te lanza al mundo a seguir buscando esa sensación. Porque buscas encontrar a alguien que sienta lo mismo por ti.

Bueno, y porque jamás se lo dijiste.

 

En el fondo, buscamos sentirnos amados. Todos. Algunos darán más, otros menos. A veces nos sentiremos miserables, otras dichosos. A veces seremos injustos, y otras generosos. Buscaremos que nos amen como personas, como pueblo, como cultura, como país, como profesional, como progenitor. Otra cosa será que sepamos amar, pero ansiamos sentirnos amados.

 

Volviendo a casa, esa misma noche, me di cuenta de lo mucho que echo de menos los momentos de ternura en pareja. Momentos a veces muy sutiles y otras muy evidentes. Compartir el desayuno y la prensa un domingo por la mañana, una leve caricia en la cola interminable del supermercado el sábado por la mañana, un beso fugaz acompañado de una sonrisa mientras cocinas a medias, que vayas al baño y se te adelante gritando que no aguanta más y que los chicos tenemos la vejiga más grande, un roce mientras doblas las sábanas, un silencio compartido sentados en la playa, caminar de la mano entre la multitud el día de St. Jordi (con lo que me gustan las muchedumbres…), el susurro en público para hacerle saber lo mucho que la deseas y que tienes unas ganas locas de volver a casa, los diez segundos que tarda en despedirse para irnos a casa, la delicadeza con la que te hace saber que no tiene ganas de sexo esta noche…

Sorprenderla mirándote con una sonrisa. Sorprenderte admirándola embelesado.

Sí, añoro mucho las minúsculas dosis de ternura cotidianas, imperceptibles, involuntarias, inesperadas, sutiles.

 

Bueno, y el sexo cotidiano también, para qué lo voy a negar.

 

 

“And girl it looks so pretty to me like it always did

Like the Spanish City to me when we were kids”

 

 

 

 

Tunnel of Love – Dire Straits