Pages

Saturday, 14 August 2010

Calentando motores

 

Pues sí, habrá que irse entrenando porque en Catalunya nos viene una temporadita de agárrate y no te menees. No, no me refiero a los rumores de que a Pilar Rahola le van a dar un programa de monólogos en horario de máxima audiencia (en principio se hablaba de un talk show, pero como solo habla ella pues se ahorrarían un dinerillo). No. Me refiero a que tocan elecciones al Parlament en otoño (más o menos) y municipales en primavera (también, más o menos). Y eso, niños y niñas, es pernicioso para vuestras tiernas mentes, así que desde finales de este verano hasta principios el siguiente nada de leer periódicos, ni escuchar la radio, ni ver la televisión. Tampoco el Disney Channel. Caca. Tele caca.

Ya han empezado las primeras embestidas. Claro, a falta de corridas (de toros, quiero decir), todos pican y todos entran al trapo. De nuevo, nos toman por imbéciles. La llamada a las urnas que van a soltar ya la comenté hace poco más de un año, con motivo de las elecciones “uropeas”, por lo que no me repetiré (o quizá sí, no sé; soy de los indecisos). Hoy os vengo a hablar de cómo se gastan la pasta (nuestra) en las campañas (suyas) y en las brillantes políticas de propaganda de los partidos políticos.

Vamos “p’allá”:

  • El partido X monta un mitin en el territorio A para decir que harán “blanco”. El partido Y contraataca diciendo “negro”. Y el partido Z dice, por supuesto, “gris”. Los de X señalan con el dedo: “¡Mirad, los de Y, que dicen negro!”. Los de Y saltan con lo de: “¡El blanco es un despropósito!¡Los de X no saben lo que dicen!”. Y los de Z: “Desde luego, con estos de X e Y es imposible entenderse”.
  • Entonces van al territorio B, pero como allí lo del blanco y negro es un tema espinoso, el partido X dice: “Lo que hace falta es amarillo limón”. Los de Y: “El amarillo limón es un tremendo error, lo que necesitamos es azul cobalto”. Evidentemente, los de Z tienen otra opinión: “Con el amarillo limón y el azul cobalto no vamos a ninguna parte; la mejor opción es el verde pistacho”.
  • Y, así, un día tras otro hasta las elecciones. Eso es todo, en serio; no hay nada más. Bueno, sí. Hay más partidos, más ciudades y más colores, pero eso es todo.

¿Habéis entendido algo? Yo tampoco, pero de eso se trata, según ellos: llamarse de todo los unos a los otros y marear la perdiz todo lo posible.

No tocarán temas importantes porque no les interesa meter la pata. Es más importante no decir algo inconveniente que decir algo interesante, así que mejor no arriesgar. Van al trazo grueso, al eslogan y al discursito de marras en el que sueltan lo que más enardece a la multitud asistente (ya convencida y convenientemente adiestrada por regidores) justo en el momento en el que los asesores les dicen que les está pinchando en directo tal o cual televisión, para que se vean los aplausos y el ondear de banderitas con el logo del partido.

En cada campaña, precampaña y anteprecampaña se gastan una pasta. Pero una pasta indecente, de verdad. Una parte les viene del erario público (por una ley que se apañan ellos con los representantes que sacan) y otra de los créditos que piden a los bancos. Curiosamente nadie sabe de verdad lo que deben los partidos a los bancos y no hay manera de que se pongan de acuerdo en establecer unas normas de financiación de partidos políticos. Y no se ponen de acuerdo porque si lo hicieran se verían las concesiones que hacen los políticos a los grandes bancos/grandes corporaciones a quienes deben (o tienen previsto pedirles, es decir, a todos) dinero sus partidos. Por supuesto, con una ley (y un país) en condiciones tampoco podrían tener otra parte de la pasta (3% según Maragall, pero vaya usted a saber) que les viene de financiaciones irregulares/ilegales/”creativas”: caso Filesa, caso Gürtel, caso Pallerols, caso Palau,…

Los que lleguen a gobernar, de todo lo hablado, incluso de lo escrito en los programas de cada partido, no harán nada (o casi nada). Lo que implique un mayor riesgo electoral cara a las siguientes elecciones ni siquiera lo intentarán. El porcentaje de votantes que usan el programa electoral de un partido político es similar al de futbolistas que usan pañuelo.

Si de verdad nos quieren ayudar, hágannos unos favorcillos:

  • No impriman programas electorales ni publicidad; solo sirven para acumular un montón de papeletas y sobres que también están disponibles en los colegios electorales. Ahorrarán papel.
  • No impriman banderolas; ver las caras de los cabezas de lista colgados de las farolas puede dar una mala idea a más de uno. Ahorrarán plástico.
  • No hagan viajes, tampoco los que organizan para llenar los lugares de los mítines. Ahorrarán combustible.
  • No limiten el tiempo de información por motivos electorales en los medios públicos. Ahórrense el bochorno de cada campaña.

Así que con unas grabaciones en vídeo y cuatro cuñas publicitarias (que valen para cualquier campaña y cualquier año, ya que siempre es más de lo mismo), una página web que parezca chula (no hace falta ni que lo sea) y el proselitismo de toda la vida se apañan. De sobra, vamos. Les aseguro que gastarán mucho menos y, a lo mejor, incluso ganarán algo de credibilidad (lo cual no es muy difícil: cualquier cosa es más que cero). Probablemente podrán empezar a devolver los préstamos que tienen con los bancos y así podrán legislar libres de ataduras y clientelismo. Por mí que no quede: súbanse las asignaciones públicas para campañas electorales. Con moderación, que ya nos conocemos.

 

Lo que dicen los asesores de campaña y las encuestas (cuidadosamente sesgadas por los asesores de campaña) es mentira: no hay indecisos. Los únicos que conozco son los que el día de las elecciones, a la hora de comer, dudan entre carne y pescado. Los concienciados en esto del voto, los militantes o los simpatizantes ya saben a qué partido votarán (o si votarán en blanco). A los que les importa un pito no les convencerán, porque no siguen nada de la campaña. Y a los que nos abstenemos porque somos unos descreídos no nos harán ver la luz en dos semanas por mucho que nos metan una linterna en la cara.

Las campañas electorales no nos sirven absolutamente de nada a los votantes, excepto para gastar nuestro dinero y aumentar nuestro desencanto. Los votantes críticos (los de verdad, a los que supuestamente van dirigidas esas campañas, no los que votan con orejeras) forman su criterio a lo largo del tiempo, observando la coherencia y las contradicciones de los políticos durante los cuatro años que duran los mandatos y sacando conclusiones cada día. Que los políticos crean que la campaña sirve de algo nos da una idea de cómo nos ven: nos toman por idiotas que se tragan lo que les echen en quince días.

Lo que me temo de verdad es que las campañas no van dirigidas a ganar el voto, sino a no perder el de los que votan con orejeras. Por eso todos dicen que han ganado las elecciones: para mantener la moral de la tropa. Por eso cada día es más raro ver a un político que admita una derrota electoral sin paliativos ni excusas.

No se dan cuenta de que después de cada campaña y de cada elección son más y más a quienes se les caen las orejeras. Las campañas, tal como las tienen montadas, no convencen a los críticos, los pasotas no les hacen ni caso y los fieles no necesitan ser convertidos. Su concepción de la política es una pérdida de tiempo y dinero, pero también de confianza y de paciencia.

 

Por cierto. He decidido votar en las próximas elecciones al Parlament. A lo peor un día de estos os digo a quién y por qué.