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Tuesday, 10 August 2010

De la autoridad

Prometí hace unas semanas hablar de José Luis Mayo y de la memoria que como Síndic de Greuges de la ciudad presentó ante el pleno del Ayuntamiento. Le pedí una copia del discurso y me la hizo llegar al día siguiente. Permitidme que os escriba un fragmento (traducido del original en catalán):

“No hemos de tener miedo a las palabras. Todos, como miembros de la polis, de la ciudad, como individuos, somos políticos, pero ustedes, regidores y regidoras, equipo de gobierno y oposición, lo son en mayor grado que los otros ciudadanos porque les hemos dado la responsabilidad de administrar y regir la ciudad; para eso tienen potestad pero se tienen que ganar la autoridad.

La autoridad (autoritas) se basa en la capacidad de la persona para convencer y persuadir a otra, y esto comporta prestigio y sabiduría y, en consecuencia, capacidad de liderazgo. La autoridad convence, no vence. La autoridad se ejerce con flexibilidad, diálogo y teniendo en cuenta las opiniones de los demás.

La potestad (potestas) es propia de la persona que tiene capacidad legal para hacer cumplir una decisión. Se basa y está relacionada con la fuerza y la implantación coercitiva. Está socialmente reconocida únicamente por el hecho de ostentar un cargo y no emana de la condición personal de quien la ejerce; implica, pues, una relación de subordinación entre quien manda y quien obedece. La potestad, el poder, vence pero no convence.”

En esos párrafos no hay sólo un discurso, sino un convencimiento profundo. Sin exagerar, podría decir que es el reflejo de una manera de hacer.

José Luis Mayo fue mi profesor (y el de la mitad de los actuales regidores del ayuntamiento) de Lengua y Literatura Castellanas en BUP y COU, allá por los 80, y director del centro en dos de los cuatro años que pasé allí. Era, pues, el poder.

Pero si es uno de mis referentes es porque, para mí, fue toda una autoridad. Como es público y notorio, no aprendí mucho en las clases de Lengua (de las de Literatura mejor no hablemos, ¿vale?) pero hay una frase que le escuché decir en el curso 82-83 y jamás la he vuelto a olvidar; más bien la recuerdo a menudo: “Señores, no olviden que, demasiado a menudo, lo urgente no deja ocuparse de lo importante”. Creo que esa frase me cautivó y el adolescente que era entonces (y sigo siendo ahora) decidió que aquella figura de poder tenía algo que decir, algo que muy probablemente me interesaba, fuera por el humor, por la fina ironía, por esa seguridad, por la ausencia de prepotencia,… Yo qué se. Algo me decía que aquel tipo tenía muchas cosas interesantes que enseñar, así que decidí escucharle.

Vale, seamos sinceros: iba a sus clases por exigencias del guión. La asignatura no es que me entusiasmara, pero el Sr. Mayo era un tipo con recursos. Y nos escuchaba a todos, aunque dijéramos sandeces grandes como los pinos que nos rodeaban. Y tenía golpes como el de sacarnos un día de finales de primavera a hacer clase bajo esos mismos pinos (aunque sospecho que el calor que hacía en las aulas tuvo algo que ver). Y siempre tenía un minuto, o dos o varios para sentarse si tenías algún problema. Y no escatimaba consejos, pero de los que valen de verdad: sin paternalismo, haciéndote sentir responsable de tu futuro, confiando en ti, creyendo en ti.

Fue mi profesor, y aprendí sus lecciones mejor o peor. Pero también fue mi maestro, y me gusta pensar que aprendí de su ejemplo, como lo aprendí de Mercedes Benito o de Juan Donaire. A la Sra. Benito la veo menos de lo que quisiera (mea máxima culpa), al Sr. Donaire le sigo recordando y añorando (siempre, siempre le deberé un café) y al Sr. Mayo, por su faceta más pública, le sigo siempre que puedo.

 

Ellos siempre me escucharon, tuvieron tiempo para mí, confiaron en mí, creyeron en mí, me empujaron cuando me apalancaba, me respetaron como persona, me levantaron cuando me caí y se esforzaron mucho para lanzar al mundo a alguien formado. Lo que haya pasado después es otra historia y mi responsabilidad.

Si tengo espíritu crítico (en ocasiones, demasiado) es gracias a ellos. Con ellos y, sobre todo, de ellos aprendí que el poder sin autoridad no es nada, absolutamente nada. Cuando el poder sin autoridad se ejerce sin escrúpulos, sin ética y sin respeto hay que combatirlo, y solamente se puede combatir con autoridad.

No tenerlos como referentes no solo sería una falta de respeto; sería un error.

 

O, si sic omnes, Magister!