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Wednesday, 10 November 2010

Amsterdam

Mi amiga P quería conocer Brujas, pero temía que la ciudad no diera para mucho, así que una opción era viajar a Bruselas. El problema era que, en su opinión, Bruselas no tiene mucho que ver. Yo soy más drástico: no se me ocurre ni una sola cosa interesante que ver en Bruselas.

Así que se le ocurrió una idea brillante: viajar a Amsterdam (le apasiona Van Gogh y visitar el museo era una prioridad) para, desde allí, hacer una escapada a Brujas.

WARNING: este post es largo. Y pesado. Quien avisa no es traidor. Debería haber colgado el post hace semanas, pero es que he andado pelín liado. Sorry.

 

Viernes, 8

El viaje de ida, la mar de plácido, salvo unos minutos de retraso en la salida del vuelo. El aeropuerto de Schiphol es enorme, pero está bien señalizado. La primera anécdota: estábamos buscando la taquilla para comprar los billetes de tren a Amsterdam y una persona que pasaba por allí nos indicó en inglés dónde estaba… ¡sin que le preguntáramos! Debíamos tener cara de despistados.

(Apunte: Trenes cada 10-15 minutos. Trayecto de 15 minutos hasta la estación central. Precio del billete: 4,20 €)

El hotel lo había escogido P, y la elección no pudo ser más acertada: Dikker en Thijs Fenice Hotel, en el Prinsengracht, a 100 metros de la Leidseplein y a menos de 15 minutos del Van Gogh Museum y Rijksmuseum. Habitación con vista al canal y parada de tranvía en la puerta.

Como era relativamente temprano aprovechamos para escaparnos al Van Gogh. Los museos y yo no nos llevamos precisamente bien, pero como no había mucha gente haciendo cola pensé que al menos mi fobia a las multitudes me haría un favor y se tomaría unas vacaciones.

El museo me gustó, la verdad. Eso de entrar y ver que estaban montando la sonorización de un cuarteto de jazz me sorprendió. Aquello se parecía más a un club de jazz (bar incluido) con sala de exposiciones, que a un museo. No tengo ni idea de pintura, pero me tomé mi tiempo para acostumbrarme al entorno y me sumergí en las sensaciones que me producían las obras colgadas. Además, ver a P entusiasmada y disfrutando como una niña en una tienda de chuches activó mi empatía y decidí que yo también quería gozar de la visita, aunque fuera de manera mucho más limitada.

(Apuntes: Precio de la entrada individual: 14€. Menores de 18 años: gratis. Servicio de guardarropía/consigna: gratis.)

Después de pasar por el hotel salimos a cenar en los aledaños de la Leidseplein. Restaurante brasileño regentado por hindúes con menús propios para turistas. La sorpresa es que la calidad de la comida era buena, la cantidad más que aceptable, el servicio fue correcto y el precio sorprendente por tratarse de un lugar concurrido.

 

Sábado, 9

Lo bueno/malo de viajar sin planificarlo todo previamente es que te llevas sorpresas. Para viajar a Brujas hay que tomar un tren hasta Amberes y allí hacer transbordo a otro que lleva a Brujas. Tiempo total, contando espera en Amberes: 4 horas. Lo bueno es que puedes comprar un billete para todo el viaje, ida y vuelta, y sale por 58€.

Brujas está bien, la verdad. Es una ciudad bien cuidada, bien promocionada y relativamente limpia, teniendo en cuenta que estaba atestada de turistas. Y no es un eufemismo, que conste. Algo más cara que Amsterdam y, definitivamente, mucho más seria; más “belga” (y no es peyorativo). Si vas con el tiempo justo, un paseo por los canales en una lancha es una opción recomendable. No recuerdo el precio, pero debía rondar los 6€. En unos 15-20 minutos te dan una vuelta y te señalan algunas de las curiosidades, lo que te puede ayudar para hacerte una idea y después profundizar un poco más en lo que te interese. Vamos, no es que haya muchísimo que ver. En un día, a poco que lo aproveches, te repasas lo más importante de la ciudad (entiéndase, el centro histórico)

Para quienes gusten de los encajes, dicen que los de Brujas son famosos. P tuvo el acierto de optar por otro activo del país: una especie de torta de cereales tostados cubiertos de chocolate. Delicioso, la verdad, pero enorme. Una buena idea si decides alimentarte sobre la marcha o, como fue mi caso, necesitas reponer fuerzas en las 4 horas de trayecto de vuelta a Amsterdam.

La anécdota tonta fue la propia estación de Amberes. Resulta que tiene como 4 niveles (pisos) de vías, por lo que tomar una foto desde arriba resulta espectacular. Por otro lado, en el intermezzo de vuelta y llevado por mi friquismo, creí que era uno de los escenarios de un juego de PC, así que se lo comenté a P y allí que nos fuimos a ver el hall y la fachada. Espectacular, oye. Impresionante de verdad, aunque estuvieran de reformas. Además casi podía ver el mismo escenario que en el juego. Bueno, pues a la vuelta voy y compruebo que la estación del juego era la de Anhalter, en Berlín, y no la de Amberes. A veces los errores te dan satisfacciones.

 

Domingo, 10

El plan original era visitar el Rijksmuseum, pero nos dicen en la recepción del hotel que los domingos cierran porque están haciendo obras. El plan B consiste en escaparnos al mercado de flores. Yo creí que sería una especie de Mercaflor o algo por el estilo, pero donde nos mandaron había unas paradas de flores y plantas de lo más normalitas. Bueno, normalitas del todo, no. Mucha variedad, muy bien presentadas y todo un espectáculo de colores y formas, pero supongo que yo esperaba algo más “industrial”, estilo naves llenas de flores. Hordas de turistas haciendo fotos y comprando en las tiendas de souvenirs aledañas. Claro, es lo que tiene ser guiri.

El paseo hasta la plaza Dam es una gozada. Al principio cuesta un poco acostumbrarse al caos ordenado de bicicletas y tranvías, pero es un placer pasear en una ciudad donde no se oyen frenazos bruscos, ni acelerones. Ni siquiera un claxon. Claro, es Europa. Para bien y para mejor. Después, un paseo hasta la casa de Anne Frank. Supimos enseguida cuál era, porque la cola de gente esperando para entrar era de impresión. Teníamos hambre y pocas ganas de esperar, así que con un vistazo por encima nos dimos por satisfechos.

Comimos al sol, en una terraza al lado del Palacio Real (en obras por fuera, una lástima por lo de las fotos). La plaza llena de gente, pero sin la sensación de agobio ni de ser un lugar muy turístico.

Lo siguiente estaba casi cantado: el Barrio Rojo se extiende a partir de la plaza Dam, así que nos aventuramos a pasear por él y, de paso, ver la Oude Kerk (iglesia vieja). Es diferente, por llamarlo de alguna manera, eso de ver monumentos rodeado de un perfume a marihuana o hachís (que haya un coffeeshop frente a la entrada de la iglesia es un punto, sí). Confieso que, como novedad, lo de ver prostitutas en escaparates me parece curioso, pero no me hizo especial ilusión. Vale, es una de las peculiaridades locales y no puedes hablar sin conocer, pero no creo que sea un sitio que vuelva a visitar. No le encontré nada interesante.

Por la noche, cena en el De Blauwe Hollander. Cocina holandesa en un local de estética minimalista. P pidió salmón con guarnición de espárragos y yo me incliné por la gastronomía local: Hotchpotch con ternera. No es para comerlo todos los días, pero me apetecía conocer los platos típicos. Manías que tengo.

El remate fue en el Bulldog, un coffeeshop que nos recomendaron en el hotel. Creo que no fue una elección acertada, porque según parece es el más frecuentado por los turistas, pero P quería visitar uno fuera como fuera y ese nos quedaba muy cerca del hotel, detalle crucial que después agradecimos. Como P no había probado jamás el hachís elegí el más suave de todos. Aún así, la experiencia fue definitiva: P ha jurado no volver a probarlo. Cosas que pasan. La calidad del hachís era buena y, aparentemente, no tenía “aditivos”. De hecho, casi se deshacía con los dedos y no hizo falta más que calentarlo un poco. Los 200 metros hasta el hotel se hicieron más largos que el viaje a Brujas.

 

Lunes, 11

Rijksmuseum. De cabeza. P tiene debilidad por Van Gogh, pero no le llamaba demasiado la atención otro museo. Mi incultura militante, sin embargo, me insistía en ir a ver algunas obras de la pintura flamenca. Supongo que, comparado con otros museos como el Louvre o el Prado, el Rijksmuseum es de segunda división, pero mi cultura también lo es. Disfruté, la verdad. Sigo siendo un inculto pero me impactaron algunas de las obras que vi. Y otras que sufrí, como el matrimonio con hijo que teníamos justo detrás nuestro, en la cola. El chaval tendría unos 10 u 11 años, maleducado, consentido, pesado. Creyó que el jardín del museo era el patio de su casa y, como se aburría, se sentó en un banco y se dedicaba a tirar piedrecitas por todos lados. Lo peor fue que el padre se le unió, para que no se aburriera solo, pobrecito. La conversación posterior mejor me la callo, pero os dejo una perla: el padre le pide al hijo que le diga el nombre de un pintor español, el niño dice “Miró” y el padre le responde que “ese era escritor”. Así, sin titubear y con toda la confianza del mundo. De verdad, si es que hay gente que no debería abrir la boca, que después se quejarán de la educación que reciben sus hijos en la escuela.

Como no teníamos prisa ninguna, nos dedicamos a pasear por la parte este del centro histórico: más apartado, más tranquilo, menos atiborrado de turistas, plazas pequeñas… Y, de pronto, ¡sorpresa! Un puesto de haring: arenque crudo con cebolla picada y pepinillo en vinagre. P no se atrevió ni a probarlo, pero a mí se me iluminó la cara, porque llevaba buscando un puesto de esos desde que llegamos. Solo puedo decir que estaba delicioso, de verdad. Si os gusta el pescado crudo no dejéis pasar la oportunidad de probarlo.

Volvimos a la zona de Leidseplein y comimos en The Pantry, justo enfrente del De Blauwe Hollander (son los únicos que hacen cocina holandesa en toda esa zona). Nada complicado: ensalada y mejillones al vapor al estilo holandés (con verduritas). Me encantó. Nos trataron como si fuéramos conocidos de toda la vida. Cuando vuelva creo que repetiré varias veces, para degustar a fondo la cocina nativa.

Decidimos descansar por la tarde; P aún acusaba los excesos de la noche anterior y se tumbó. Yo opté por degustar con calma el hachís sobrante mientras daba un paseo. Resultado: asalté una tienda de chucherías y volví lleno de dulces al hotel, donde rematé con siesta de una hora.

Como era la última noche, escogimos un local “trendy” para cenar: el Blinq. Sinceramente, tenía toda la pinta del local pijo “o sea, ¿no?”, pero resultó que tenían una carta de cositas para picar (“bites”, para los mas “cool”) que no estaban nada mal. De hecho, la cena fue un accidente, porque nos sentamos fuera para tomar algo (dentro no dejaban fumar), pero nos entró hambre. Tuvieron un detalle: cuando les pedimos la carta la amable camarera nos dijo que, si queríamos, podíamos fumar dentro, que hacían la vista gorda. Dicho y hecho. La cena, más que correcta; el ambiente, pelín fashion; el servicio, agradable. Estuvo muy bien, aunque no es de los sitios que frecuentaría.

 

Martes, 12

Hora de hacer las maletas y volver. En el aeropuerto vivimos, problemas porque algunos viajan con el baúl de la Piquer y pretenden colarlo como equipaje de mano. En el avión, problemas porque nuestra compañera de asiento parecía que no había pisado una ducha en semanas (ese sudor era Gran Reserva, al menos). Problemas porque el avión llegó tarde, los controladores aéreos franceses estaban de huelga y habíamos perdido el slot o lo que sea. Más problemas porque la mencionada compañera aprovechaba para levantarse a buscar algo en el bolso cada dos por tres (con el consecuente movimiento de brazos). Y más problemas porque parecía que no habían puesto el aire acondicionado.

Aún así, llegamos a Barcelona sin perder el equipaje.

 

Resumiendo. Amsterdam vale la pena vivirla, más que visitarla. Brujas vale la pena visitarla una vez, pero nada más. Tuvimos sol todos los días, lo cual ya es decir.

Cosas que no hay que perderse: sentarse con los pies colgando en un canal tranquilo y disfrutar de la tarde, el haring (aunque sea una vez) y los variados modelos de bicicleta que circulan.

Cosas que hay que evitar a toda costa: sólo una. Si oís a alguien hablando en español en voz alta, salid corriendo. Lo mejor que os puede pasar es que os entre vergüenza ajena.