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Tuesday, 23 November 2010

Vergüenza.

Os mentí.

Mejor dicho, me mentí a mí mismo.

Creí que esta vez iría a votar. Lo creía de verdad, os lo prometo.

Supongo que me lo pedía el cuerpo.

Pero no.

Este va a ser un post de mucha mala leche, porque estoy dolido, frustrado, avergonzado. Voy a mezclar muchas cosas, probablemente mearé fuera de tiesto y seré populista, demagogo o lo que sea. Así que si no lo queréis leer mejor que lo dejéis ahora. Si seguís no me vengáis después con quejas, por favor.

Me he cansado de decir que vivimos en un país de nuevos ricos, que todos nos hemos subido a un gatito al que hemos ido alimentando, que ha crecido y resulta que se ha convertido en un tigre del cual no nos podemos bajar, so pena de que nos devore, porque ya no nos queda nada con lo que alimentarlo.

Alguno decidió bajarse. O no le quedó otro remedio. Yo qué sé. Podéis ver la noticia aquí o aquí, entre otros sitios. Pero, claro, con el mundial de F1 en juego, el inicio de la campaña electoral y demás, eso era menor.

No sé si M.P. vivió por encima de sus posibilidades. Tampoco sé si realmente acudió a los servicios sociales para solicitar ayuda. Ni lo sé ni me importa, sinceramente.

Lo que sé es que no he visto a ningún político hacer una reflexión al respecto y compartirla con los demás.

Estoy dolido porque un tipo decidió que no podía seguir más. Dolido porque su mujer y su hija muy probablemente seguirán desamparadas por el Estado que todos mantenemos.

Estoy frustrado por ser miembro de una sociedad que aún no ha tenido el valor de tirar al mar a unos cuantos políticos, banqueros, brokers, tiburones de finanzas y de mercados y vividores varios. Y no hemos tenido ese valor porque, nos guste o no, todos tenemos algún conocido que ha especulado con la vivienda, o algún familiar que ha procurado comprar para después vender a un precio muy superior o alquilar a precios desorbitados y vivir de rentas. A ver quién es el guapo ahora que les llama especuladores a la cara cuando se quejan de que no hay quien alquile o que les han dejado de pagar. Y, lo que es peor aún, a ver quién es el guapo que, teniendo la oportunidad de aprovecharse, no lo haría, o no justificaría que sus hijos lo hicieran si pudieran.

Y estoy avergonzado porque he tardado once días en ver la noticia, ¡once! Quizá no estaba en primera plana, pero estaba ahí; y yo no me di cuenta.

Hace unas semanas hacía cola para tramitar el paro. La cola pasaba por delante de una cafetería con amplios ventanales. Unas compañeras de espera comentaban que la gente sentada en la cafetería nos miraba con condescendencia y cierto desprecio, como diciendo “míralos, pasando frío y esperando para cobrar”. Me permití interrumpirlas y decirles que yo no creía eso. Creía, y sigo creyendo, que no había desprecio en sus miradas, sino temor: el temor de quien no sabe si la semana siguiente estará en nuestro sitio en la cola.

Quería ir a votar, os lo juro. Pero no puedo hacerlo, porque sea a quien sea que vote, el sistema se acabará plegando a las condiciones que impongan el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, unos hijos de puta que no nos conocen, a quienes no hemos votado ni votaremos jamás y a quienes nada ni nadie les importa una mierda, salvo su sueldo y su estatus. Si ellos dicen “mierda”, el gobierno de turno dirá “Amén” y entonces nos harán más pobres, o más falsamente ricos, a mayor beneficio de los “mercados”, que tampoco sabe nadie quiénes son.

Creo que los políticos no son una raza aparte, sino que representan lo que realmente existe en una sociedad. No nacen por generación espontánea, como los champiñones, sino que surgen en un tiempo y un lugar con unas condiciones determinadas: sociales, políticas, económicas… y culturales. Beben del mismo aljibe que el resto de la sociedad y solo el exceso de poder y su autismo les hacen peores de lo que ya eran. Un exceso de poder y un autismo propiciados por la misma sociedad que después les critica. Es, más o menos, como los programas de telebasura: muchos los ponen a parir, pero los siguen viendo… para ponerlos a parir. No se les ocurre dejar de verlos, que sería la solución.

 

Si todos, como sociedad, hemos llegado a este punto, es que no nos merecemos políticos mejores. En el fondo sabemos que no somos mejores que ellos.

 

No le conocí. Incluso es probable que M.P. no me hubiera caído bien si le hubiera conocido. Pero el Estado le dejó tirado, lo que equivale a decir que todos nosotros le dejamos tirado. TODOS. Y su muerte no ha pasado de una noticia aislada en los periódicos, sepultada por la campaña, el rescate de Irlanda, la F1 y demás temas insustanciales.

Somos una sociedad enferma, de verdad. Me hace sentir fatal. Y no veo otro modo para liberar mi frustración que abstenerme en las elecciones. Porque me asquea el sistema, porque no se me ocurren alternativas al sistema, porque me repugna y avergüenza la sociedad a la que pertenezco. Y porque quiero sentirme un poco menos dolido, frustrado y avergonzado, y no se me ocurre otra manera para sentirme mejor.

Seguramente M.P. no podía votar, porque no estaba censado o por lo que fuera. Pero ese era el menor de sus problemas, porque no creo que le preocupara su derecho al voto cuando le habían vulnerado su derecho a un trabajo digno. Y cuando se procuró una vivienda digna (a la cual también tenía derecho) para él y su familia, vino el Estado y cargó contra ellos.

Yo tengo un techo (aunque no sea mío), me interesa la política y puedo votar. Pero no me da la gana hacerlo.

Que les/nos jodan. No merecemos otra cosa.