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Friday, 6 April 2012

Burn, bastard, burn!

 

29 de marzo. Huelga general con piquetes más o menos agresivos, amenazas más o menos veladas de ciertas empresas y bastante apoyo social en las manifestaciones. Lástima que los disturbios de los descontrolados de siempre deslucieran una jornada de protesta democrática.

Noooo. ¡Mentira! Ese párrafo es un ejemplo de la cultura de la transición (CT): se dice lo que se supone que se tiene que decir para que no moleste demasiado

Barcelona volvió a arder. Y poco, para mi gusto. Al día siguiente, mientras iba al trabajo, aún se percibía el olor a plástico quemado allí donde ardieron los contenedores.

Barcelona volvió a ser el grano en el culo de quienes no quieren que nada cambie. Volvió a ser portada de noticiarios, prensa y radio. Siempre por lo mismo, claro: los incontrolados que queman, pegan y amenazan a ciudadanos indefensos que ejercen su derecho a ir a trabajar. Lo que los medios de intoxicación no dicen para no molestar al poder es que muchas empresas han resucitado el pistolerismo en su versión más amable: amenazan a los trabajadores con echarles si hacen huelga. En la situación de crisis galopante, con el miedo en el cuerpo y con una reforma laboral recién salida del horno que les ha puesto casi gratis el despido, si eso no es violencia que alguien me explique qué lo es.

A la izquierda, esa cosa que quedó secuestrada por algunos partidos políticos que se bajaron los pantalones en la transición y no se los han vuelto a subir, ni está ni se la espera. Creyeron, pobres imbéciles, que éramos una democracia y que había que llevar las cosas por caminos plácidos. Así, los hijos y nietos de los que habían mangoneado durante 40 años de dictadura han seguido mangoneando por activa o por pasiva. Y muchos líderes de los supuestos partidos de izquierda se han ido acomodando a una vida plácida y sin sobresaltos.

La violencia es necesaria en estos momentos. La derecha ha hecho lo que la izquierda no ha osado nunca para no molestar: legislar ideológicamente. La reforma laboral es el último ejemplo, pero también lo fueron la ley de partidos, sin ir más lejos. Son ataques directos a una democracia que no existe. En democracia la violencia no tiene ningún sentido ni lleva a ninguna parte. Pero de democracia solo tenemos el nombre y algunas cosillas más, para que no se diga. Lo que hay es una dictadura de los partidos políticos, que incluso se atreven a hacer justo lo contrario de lo poco que habían prometido justo antes de las elecciones. Si ellos son buenos para saltarse la democracia, también lo somos el resto.

Ojalá fuera más valiente para salir a quemar contenedores, o colgarme el fusil y disparar contra esos perros que se creen por encima del bien y del mal por el mero hecho de llevar un uniforme y ampararse tras él, tras un pasamontañas y sin identificación.

Pero no lo soy. No soy tan valiente, porque 30 años de CT nos han hecho cobardes. Muchos de quienes cargan contra los “violentos” se avergüenzan de no tener los arrestos de estar en primera línea, defendiendo sus derechos si hace falta con violencia. Por eso, en un ejercicio de mezquindad sin parangón, cargan contra quienes sí se atreven.

Ya puestos, si realmente esos “violentos” no tienen nada que ver con la política, si, como dice el impresentable de Felip Puig, son profesionales de la violencia que llevan años entrenándose, ¿cómo es que la policía no ha hecho nada hasta ahora? Es más. Si, como se dice, esas actitudes no benefician a los ciudadanos de bien que quieren manifestarse pacíficamente, ¿cómo es que no se han preguntado a quién o quiénes beneficia? Cui prodest? ¿Cómo se financia esa gente? ¿Cómo es que siempre son los mismos o parecidos y nunca se les pilla, sino que acaban pringando los pardillos de siempre? Quizá es que la respuesta nos daría una jugosa sorpresa sobre quién esta realmente tras todo eso.

El mayor éxito del poder radica en convencernos de que es imposible cambiar nada. Y es mentira: todo se puede cambiar, absolutamente todo.

Si en vez de ser los “violentos de siempre", hubieran sido los ciudadanos cabreados, ¿qué se diría? Entiendo que no todos somos héroes ni locos, pero puede que haya otras maneras de ejercer la violencia. Si tu vecino es un mosso o mossa, quémale el uniforme cuando lo cuelgue a secar. Obliguemos a que se avergüencen de su comportamiento y el de sus compañeros, ya que ellos no les criticarán. Que sepan qué se siente cuando te miran con desprecio por ser compañeros de esos animales y callar con su silencio.

A los políticos, avergoncémosles en público. Abucheando, silbando, increpándoles por creer que están por encima del bien y del mal y por actuar convencidos de ello.

Es hora de que empiecen a sentir miedo, desprecio. Que sean ellos los apestados, los marginados.

Y, en la próxima protesta, recordemos quiénes han perdido la vista y quienes siguen escondiéndose en un uniforme y amparándose de manera fraudulenta en la ley.

Pedimos justicia y nos dan leyes. Démosles violencia, la misma que nos dan ellos a nosotros. Que no puedan vivir ni un solo día tranquilos.