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Monday, 13 October 2014

Papá


Mi padre es un tipo muy especial.
Quitando sus primeros años, la vida no le ha resultado precisamente fácil, pero jamás le he oído quejarse por ello. De hecho le he oído hablar muy poco sobre su vida, pero con los años he entendido que todo el mundo tiene derecho a guardar bajo llave su privacidad, su intimidad o lo que considere oportuno.
Ya puestos a sincerarse, el primero en no ponerle las cosas fáciles he sido yo. Mi referente durante muchos años fue mi abuelo, a quien siempre estuve muy unido. Cuando murió, mi rabia, mi incapacidad para elaborar un duelo en condiciones me mantuvo aislado y poco a poco me fui apartando de la familia en general y de mi padre en particular. Bueno, hubo muchas otras cosas, pero dejémoslo en que ni él ni yo supimos o pudimos hacerlo mejor.
Después llegó mi adolescencia, y con ella los enfrentamientos. Hoy me doy cuenta de que tuvo que ser un infierno para él que su hijo le mantuviera siempre a la sombra de su propio padre. Lo siento; no supe hacerlo mejor.
Con los años el distanciamiento fue mayor, y también el silencio, hasta que tres años de terapia (la mía) dieron sus frutos. Entonces nos encontramos de nuevo y tuvimos que aprender todo de nuevo, desde el principio.
Cuando le abrí su cuenta de twitter (@theoldblog) hace unas semanas le pregunté: Papá, ¿qué pongo en tu perfil? Y, sin inmutarse, me respondió: Jubilado. Sin más. A secas. Teniendo en cuenta que la prejubilación le cayó encima como una maldición divina (mi padre es un trabajador incansable, sea lo que sea que haya que hacer), el hecho de poner “jubilado” en su perfil me dio a entender que mi padre se había liberado de esa carga. Una carga más por la borda.
Nació en el 37, en Ceuta. Viniendo de familia de rojos represaliados y asesinados (él lo llamaba eufemísticamente “librepensadores” durante mucho tiempo) os podéis imaginar el resto. Creció en uno de esos eternos silencios familiares. En lo que Serrat llamaba “la llengua al cul”, casi literalmente. No le culpo de no haber querido hablar de según qué temas. Probablemente yo hubiera hecho lo mismo para proteger a mi familia.
Vivió en Barcelona y acabó yéndose a Inglaterra. Por amor. Eso va en el apellido, creo, porque mi abuelo también hizo algo parecido hace casi 100 años en Martorell y fue sonado. Yo estuve a punto de hacerlo también. Quizás algún día os lo cuente. Lo de mi abuelo, claro, no lo mío.
En los últimos años nos hemos acercado mucho, y he ido descubriendo a alguien cuyo mundo, casi todo aquello en lo que creía o le habían hecho creer, se va desmontando poco a poco. Él lo entiende, es consciente de que los vientos de cambio soplan muy fuerte. Hace años hubiera entrado en pánico, pero algo ha cambiado en él también.
Diversas personas que tienen más o menos mi edad me han hecho saber la suerte que tengo de tener un padre con quien se puede hablar de tantos temas, particularmente de política y de los cambios que se están sucediendo a nivel social. Y esas personas no se conocen entre ellas, lo cual aún lo hace mucho más interesante. No hablan como si fuera un referente, un erudito o un gurú, sino más bien como una ventana a otra generación a través de la cual pueden ver qué opina alguien que las ha visto de muchos colores, formas y tamaños.
La última discusión seria y pelín bestia que tuve con él fue hace unos 5-6 años, al mudarme a su casa. Me dijo que cómo era posible que buscara trabajo si me pasaba el día pegado al ordenador.  A mí me sentó mal (yo no estaba en mi mejor momento, la verdad) y, con muy malas maneras le dije que los tiempos en los que había que patearse fábrica por fábrica para conseguir trabajo habían pasado, y que podía hacer lo mismo desde mi portátil.
Las pasadas navidades le regalé ese mismo portátil, preparado para que pudiera utilizarlo e introducirse en el maravilloso mundo de la informática. A principios de septiembre, como os dije, le abrí su cuenta de twitter. Por supuesto que le falta mucha práctica en todo, pero os resumiré cómo está mi padre en palabras de mi prima de A Coruña: Está desatado. Tiene toda la razón: se liberó y se desató y ahora nada ni nadie puede pararle, salvo él mismo. Después de tragar muchos sapos por pura supervivencia y conseguir hacerlo sin perder jamás la dignidad y sin hacer jamás daño a nadie ahora puede disfrutar de esa libertad. La informática le ha abierto puertas y ventanas a alguien hambriento por conocer, por saber qué se está cociendo. A su ritmo y con sus limitaciones, pero sin descanso. De hecho, mi madre cree que mi padre se pasa muchas horas en el ordenador. Sí, yo también me reí cuando me lo dijo.
Supongo que eso es lo que siempre han visto en él los demás, y lo que yo ahora empiezo a ver: mi padre es un tipo que ha vivido siempre según sus convicciones y lo ha demostrado siempre con hechos, no con palabras. Sin grandes discursos, sin alardes y sin presumir; simplemente haciendo lo que creía. Quizás no será un referente, pero tiene una poderosa ascendencia sobre mucha gente y, por encima de todas las cosas, tiene el respeto de todas las personas que le conocen, les caiga bien o no.
Jamás le he visto mejor. Soy consciente de que no tiene todo lo que le gustaría y, como buen ansioso, se sigue preocupando por cosas que no puede controlar.
Ahora os contaré un secreto. Yo sé exactamente lo que le haría el hombre más feliz del mundo y, sin embargo, no he sido capaz de dárselo. Sería el mejor abuelo del mundo. Mejor incluso de lo que fue su padre para mí. Esa sería su alianza definitiva y su última lección. Pero me temo que ni mi hermano ni yo podremos darle esa alegría.
Y como no podré dársela, no quiero perderme la oportunidad de forjar esa última alianza con él, de exprimir su sabiduría, de ver cómo el mundo va cambiando poco a poco y compartir y disfrutar con él esos momentos.
Pero precisamente porque no podré darle esa alegría tampoco quiero acapararle, así que os invito a que, si os apetece, le conozcáis vosotros también.
Eso es todo. Ya lo he soltado.
Feliz septuagésimo séptimo cumpleaños, papá.